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Full text of "La república de las letras, cuadros de costumbres literarias"

AMORIO Y ]J3eRNARD. 



LA 



REPÜBLICA DE LAS LETRAS 



CUADROS DE COSTUMBRES LITERARIAS. 




MADRID: 

ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO DE E. CUESTA, 

calle del Rollo, núra. 6. 
1377. 



REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 



l_A 

REPUBLICA DE LIS LETRAS 

CUADROS DE COSTUMBRES LITERARIAS 

copiados á la pluma 

POR 

MANUEL 0SS0RI0 I BERNARD. 



MADRID. 

ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO DE E. CUESTA, 

calle del Eolio, núm. 6. 
1877. 




Desde el momento en que los humildes guar- 
dianes de nuestras casas se permiten poner en 
ocasiones el imperativo nadie pase sin hablar al 
portero, ha de tolerárseme que al frente de este li- 
bro estampe la orden de que nadie pase sin leer 
estos párrafos. 

Seré en ellos muy breve, porque según mi 
creencia — expuesta al frente de otra publicación 
mia —cuando una obra es aceptable no necesita 
prólogos, y cuando es mala no la salvan. 

Obligado por inclinación y necesidad á cono- 
cer las interioridades de la vida literaria , me he 
preguntado muchas veces si seria prudente dar- 
las publicidad ó convendría ocultarlas , haciéndo- 
me cómplice en este caso de las desdichas que pu- 
dieran experimentar en lo sucesivo los que , des- 
conociendo la actual organización de la república 
de las letras , pretendieran ó lograran ingreso en 
la misma , arrastrados por sus aficiones poéticas. 



Mi conciencia de hombre honrado me ha he- 
cho optar por lo primero , á pesar de cuantas ra- 
zones parecían abogar por io segundo. Resuelto, 
pues , á romper el silencio ; pero deseoso de evitar 
torcidas interpretaciones , muy posibles por parte 
de los que no me conozcan , me apresuro á con- 
signar al frente de mi libro que en él he procura- 
do únicamente trazar algunos cuadros humorísti- 
cos ; pero sin ánimo de lastimar en lo mas míni- 
mo á individuos ni colectividades respetables. No 
puede entrañar ofensa alguna para los que cons- 
tituyen el gremio literario un librejo festivo de 
quien, profesando fraternal cariño á cuantos cul- 
tivan las letras, no cambiaría por los títulos ú 
honores mas eminentes el dictado de escritor pú- 
blico, honrosísimo blasón que aspira á merecer 
como la mejor herencia que legar puede á sus 
hijos. 

Hecha esta salvedad que mi conciencia recla- 
maba, solo me resta pedir perdón á los lectores, 
tanto por haberles obligado á detenerse un mo- 
mento en la portería , como por las incomodidades 
que puedan experimentar recorriendo conmigo la 
desorganizada y extraña república de las letras. 



EL PRIMER PERIÓDICO. 



Luis Reibaud , en su intencionada y punzante his- 
toria de Jerónimo Paturot, ha trazado con brillantes 
colores lo que son ciertos periódicos literarios , naci- 
dos al calor del entusiasmo juvenil de los poetas. Su 
pintura es acabada, por mas que solo constituya un 
incidente de la fábula en que está incluida. 

i Cuántas veces he creido ver en nuestra patria el 
célebre Aspid del honrado comerciante en gorros de 
algodón! 

¿Quién no ha fundado un periódico á los veinte 
años? 

La historia del aprendiz de literato es siempre aná- 
loga : se ha aficionado por diversas causas al cultivo 
de las letras; se ha medido con Quintana y Espron- 
ceda y les ha visto muy pequeños á su lado; ha pa- 
sado desapercibido entre la muchedumbre ; pero siem- 



8 LA REPÚBLICA DE LkS LETRAS. 

pre lia creído que no habían de trascurrir muchos 
meses sin que los indiferentes transeúntes fueran pa- 
rándose al encontrarle en la calle para correr de unos 
en otros esta voz : 

— i Ese es Retana, el poeta mas eminente de España 
y de sus Indias! 

Y Retana se alimenta con un préstamo continuo 
sobre su futura celebridad ; se consagra por entero á 
las musas sin pedir permiso á dichas señoras , y tra- 
baja desesperadamente para allegar materiales con 
que tejer la corona de laureles que ha de ceñir su 
frente. 

Su poesía es eminentemente subjetiva , y sus quin- 
ce ó veinte composiciones primeras constituyen la 
auto-biografía del literato. 

Canta primero á Villaconejos, lug'ar de su naci- 
miento , para que todos los demás pueblos de España 
no se disputen mas tarde la gloria de haber sido su 
cuna; y exclama entusiasmado: 

Y del sol á los pálidos reflejos, 
lo mismo que ante el claro de la luna, 
sonriente se ve á Villaconejos, 
donde nació este vate sin fortuna. 

Porque eso de clamar contra la fortuna, es también 
achaque común de mas de un poeta Retana. 

Cumplido el deber de cantar á la patria, canta á 
su madre , que murió antes de presenciar los triunfos 
del poeta , quien nos hace ver en suavísimas estrofas 
que la quería mucho— cosa bastante g'eneral en poe- 
tas y profanos á la poesía — y recuerda que la autora 
de sus días le daba para merendar pan y manteca: 



LA REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 9 

con otros alimentos excitantes, 

que no entran fácilmente 

en sus lucubraciones consonantes. 

Respecto al padre de Retana , no existen en sus 
versos g-randes recuerdos del mismo , acaso porque no 
le daba pan y manteca ; pero en cambio sabemos que 
el picarillo poeta burlaba la vigilancia de su familia, 

cuando la nocturna diosa 
iluminaba las eras 
argentando las techumbres 
y perdie'ndose en las selvas, 

y que se encaminaba á una calleja apartada , paraba - 
se ante una reja , silbaba como una serpiente , y poco 
después entablaba tiernísimo coloquio con una mu- 
chacha, 

cuyos ojos azulados 
hacen pensar en el cielo, 
porque están haciendo falta 
junto al sol tales luceros. 

En este capítulo el poeta se desata , y tan pronto 
canta sus celos , por si lia visto que su muchacha mira 
ó deja de mirar al nuevo médico del pueblo , como 
publica favores , cuya sola enunciación haria brotar 
el rubor á las estatuas de los reyes que adornan la 
Plaza de Oriente. 

Pero Retana, que no puede limitar su gioria á las 
exíg-uas proporciones del pueblo de Villaconejos , 

busca afanoso nuevos horizontes, 
vuela á la capital de España entera, 
cruza mares y montes 
y encuentra al fin mas dilatada esfera. 



10 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

Todo esto de los mares y los montes es una mera 
ficción poética; porque en materia de mares solo ha 
visto desde lejos el de Ontíg-ola en Aran juez y respec- 
to á los montes , como no aluda al que le ha enseñado 
la baraja, desconozco á cuáles otros puede hacer re- 
ferencia. 

De todas maneras , Retana está ya en Madrid, y 
después de copiar sus versos en letra bien clara , los 
lleva de redacción en redacción, deseoso de verlos 
multiplicados por el sublime invento de Guttenberg-. 



La inutilidad de sus paseos le hace formar la idea 
mas] triste que puede darse de lo que es el hombre; 
cree que la envidia de los escritores le imposibilita 
darse á conocer , y lo único que siente de veras es ha- 
ber perdido algunas de las copias de sus producciones, 
por la evidencia que tiene de que el mejor dia los 
va á ver publicados con la firma de Hartzenbusch ó 
de García Gutiérrez. 



LA. república de las letras. 11 

Para obviar este y otros inconvenientes , Retana, 
olvidando sus estudios y después de perder algunos 
años , traba estrecha amistad con cuatro ó cinco estu- 
diantes de leyes , que como él tributan culto á la bella 
poesía , y como él son genios desconocidos ¡ á quienes 
la envidia mantenia en la oscuridad , y deciden en 
unión salir al encuentro de la fama, abreviar su 
aprendizaje y resolver el árduo problema de dar los 
primeros pasos. 

¿Quiénes son sus principales enemigos? ¿Los pe- 
riodistas ? Pues hacerles la competencia ; fundar un 
periódico que prive á todos los demás de sus suscrito- 
res ; entrar por el camino de la prensa en el templo 
de la inmortalidad. 

Lo difícil para eso es un mes , el primer mes de la 
publicación; porque después, las manos de todos no 
darán abasto para apuntar los nombres de los suscri- 
tores. ¿Y quién, teniendo asegurado semejante éxito, 
no ha de atreverse á exponer algo? ¿Por ventura no 
tienen Retana y sus compañeros unos cuantos duros, 
que debieran aplicar al pago de sus matrículas? ¿No 
puede esperar la Universidad? 

Nada : están decididos á jugar el todo por el todo. 

Resuelta en principio la publicación, falta solo fijar 
su índole y su título. Respecto á la primera, á pesar 
de la opinión de uno de los empresarios , de que el 
periódico debe ser satírico , domina la tendencia de 
que es preferible que sea científico y literario , y por 
la misma causa se rechaza el título de El Cuerno, que 
desearía ponerle el disidente. Después de prolongadas 
discusiones se acepta el título de El Espíritu, alta- 
mente simpático y significativo, con el aditamento de 
semanario científico, literario, industrial y econó- 
mico , para que los lectores no puedan llamarse á en- 



12 LA REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 

gaño respecto á las verdaderas tendencias del nuevo 
semanario. 

Como los fundadores no gustan de preferencias, 
resuelven que sus nombres figuren á la cabeza del 
periódico, y para que no pueda sospecharse la existen- 
cia de privilegios ni prioridades , ni que el nombre de 
uno esté media línea mas elevado que los de sus com- 
pañeros , tienen la salvadora idea de colocarlos for- 
mando un círculo. Después tratan la cuestión eco- 
nómica; el capital social lo forman cinco segundos 
plazos de matrícula y las familias y relaciones de los 
asociados, que han de contribuir al sostenimiento del 
periódico. Para reintegrarse del fondo metálico, la 
suscricion del público dará con creces todo lo in- 
vertido. 

A fin de facilitar la marcha administrativa y que 
no se aglomere el públieo en una sola librería, expo- 
nen los autores en el prospecto que se reciben las 
suscriciones en todas las de Madrid , Provincias , Ul- 
tramar y capitales mas importantes del extranjero; 
en la casa de huéspedes de la calle del Tribuí ete; en 
el café del Pasaje de Murga— dirigiéndose al camare- 
ro Pipí; — en la litografía de Alvarez, en la lotería 
de la calle del Nuncio ; en el estanco de la de Emba- 
jadores y en todas las tiendas de objetos de escritorio. 

Lanzado el prospecto , se presenta el negocio tan 
bien , que antes de tirar el primer número ya figuran 
en la lista de suscritores unos trescientos nombres 
de parientes , amigos y condiscípulos de los noveles 
periodistas. Verdad es, que al intentar cobrarles sus 
respectivos recibos se dan de baja los doscientos; pero 
ellos nada temen , teniendo como tienen la seguridad 
de que el público, el verdadero público, ha de gol- 
pearse para disputar la posesión de El Espíritu. 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 13 

Por fin sale el primer número , después de grandí- 
simos disgustos y contrariedades que les proporciona 
la imprenta. 

Hé aquí el sumario : 

A nuestros lectores, por La Redacción. 

Advertencia. (En esta advertencia se dice que 
agradecida la empresa al favor del público, ha resuel- 
to aumentar el tamaño del periódico , á contar desde 
el seg-undo mes.) 

Otra. (En esta segnnda advertencia se da á la pos- 
teridad la interesante noticia de que han entrado á 
formar parte de la redacción de El Espíritu , los no- 
tables publicistas D. N. Re tana y demás compa- 
ñeros.) 

Sección científica. — La anatomía en sus relaciones 
con la mnemotecnia y la arquitectura ojival, por don 
Juan Gutiérrez. 

Sección artística. — ¿Ha existido Goya? Estudio 
del Sr. D. Juan Pérez. 

Sección literaria. — / Villaconejos! poema heroico 
por D. N. Retana. 

A unos ojos, por D. Juan Gutiérrez. 

Mi amor , por D. Juan Pérez. 

La luna en las eras, por D. N. Retana. 

El médico de partido, epigrama, por el mismo. 

¡Celos! por idem idem. 

Sección económica. — Los empréstitos y el trabajo 
mineral. 

Correspondencia con los suscritores. 

Advertencia. (Esta última advertencia se encami- 
na á solicitar que los suscritores no demoren el pag-o.) 

i Con qué emoción leen los autores sus artículos 
respectivos ! ¡ Con qué prolijo esmero deletrean sus 
nombres ! El periódico es ya un hecho; ya no son des- 



14 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

conocidos ; un repartidor ha llevado á cien casas los 
frutos de su ingenio. 

Solo Retana está triste por una desdichada coinci- 
dencia. En uno de sus versos habia estampado el si- 
guiente concepto 

pues con el alma lucho ; 

pero dócil á las indicaciones de un amigo , y con el 
fin de dar mayor sonoridad al disfrazado endecasíla- 
bo , habia sustituido la palabra ánima á la de alma, 
resultando mucho mejor el verso 

pues con el ánima lucho. 

Ahora bien , algún cajista mal intencionado habia 
unido las dos últimas palabras , y los lectores veian 
en una poesía sentimental — la de La luna en las 
eras — un concepto extraño , la existencia de un ani- 
malucho que para nada venia á cuento. Otras erratas 
de menor cuantía esmaltaban la sección poética, tales 
como la de poner : 

victima de cal y untura, 

por 

victima de calentura; 

y la de decir: 

i la sociedad es un fandango, 

en lugar de 

la sociedad es un fango. 

Verdad es que semejantes erratas pueden salvarse 
fácilmente en el segundo número, y que así lo hacen 
nuestros jóvenes, que después de corregirlas á mano, 
van de café en café enseñando el número primero de 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 15 

El Espíritu. Pero, á pesar de la aureola que juzgan 
haber conquistado, comprenden que están en el caso 
de conservarla, y preparan un segundo número mas 
interesante aun que el primero. 

En él examina Gutiérrez las relaciones de la quí- 
mica con la obstetricia y el Sanskrit; Pérez defiende la 
tésis de que Murillo fué un menguado, cuyos cuadros 
no hubieran podido figurar en las modernas exposi- 
ciones, y Retana, en tres bellísimos cantos titulados 
/ Venga la lira ! La orgia de amor y Nuevos horizon- 
tes, refiere al pormenor toda su vida y milagros. 

Pero como no está entre estos el de imprimir gra- 
tis, los fundadores de El Espíritu acuden á todos los 
puntos de suscricion para recoger fondos, y reciben 
un terrible desencanto al saber que solo un desdichado 
se suscribió* al leer el prospecto, creyendo que El Es- 
piritu seria un periódico espiritista, y al convencerse 
de lo contrario, ha reclamado enérgicamente que le 
devuelvan su dinero; el repartidor, que se perdió des- 
de que se le dieron los cien números con sus corres- 
pondientes recibos, se presenta á Retana y compañía, 
manifestándoles que nadie quiere el periódico , y que 
hasta algún suscritor le ha preguntado si era él el 
animalucho de que hablaba en su composición el 
poeta. 

Resulta, pues, que las esperanzas de los escritores 
se han visto defraudadas, y que el tercer número está 
muy próximo á salir. El escritor economista aconseja 
la contratación de un empréstito; pero Retana prefiere 
empeñar el reló, y aconseja igual sacrificio á sus com- 
pañeros. Estos se niegan; dirígense mutuas reconven- 
ciones por si los suscritores de Pérez no pagan ó los 
de Retana se burlan , y en resúmen, la composición 
del tercer número se queda hecha en la imprenta, sus 



16 LA. REPUBLICA DE LAS LETRAS. 

redactores pierden la amistad, y acaso el año , mien- 
tras que el partidario de la prensa festiva acaba de 
hacerles que pierdan la paciencia, diciéndoles con 
sorna : 

— ¿Veis cómo no está el tiempo para periódicos como 
El Espíritu? Otro hubiera sido indudablemente el éxi- 
to de El Cuerno 



¿Qué escritor no ha intervenido mas ó menos en se- 
mejantes escenas? ¿Qué estudiante no ha intentado 
empresas análogas? 

Por fortuna para las letras, la inmensa mayoría de 
los Pérez, Gutiérrez y Retana, se quedan en su pri- 
mera probatura, y los que se lanzan nuevamente á la 
lucha, es porque sin duda están destinados á seguir, 
con mayor ó menor éxito, la espinosa senda de la vida 
literaria. 



LA TERTULIA DE LA LIBRERÍA. 



Las costumbres , en sus continuas reformas, han 
quitado gran parte de oportunidad á este articulo. Ya 
no es la librería el habitual punto de reunión en que 
nuestros padres comentaban las interesantes noticias 
de Rusia publicadas en la Gaceta con tres meses de 
retraso á lo sumo, la tribuna en que se debatia la eter- 
na cuestión de los chorizos y polacos, y el observato- 
rio en que se pasaba revista á las nuevas publicacio- 
nes, sin perjuicio de conspirar cuando llegaba la oca- 
sión contra los Gobiernos, que este ha sido vicio arrai- 
gado lo mismo en las costumbres de nuestros padres 
que en las nuestras. Los ateneos, los casinos, y mas 
principalmente los cafés , han triunfado de las libre- 
rías, y los antiguos concurrentes á estas las han aban- 
donado, permitiendo á los libreros consagrarse mas á 
su comercio y menos á la murmuración política, lite- 
raria y social. 

Aun hay, no obstante, quien lucha por la conser- 

LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 2 



18 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

vacion de la costumbre tradicional de pasar una hora 
como testigo de las transacciones bibliográficas, y 
observar lo que pasa por la calle, gracias á los mo- 
dernos escaparates, que causarian profundo horror á 
nuestros abuelos si pudieran verlos. 

En dicha hora de tertulia ¡cuántas y cuán intere- 
santes observaciones pueden hacerse! ¡Qué de pre- 
guntas impertinentes ! ¡ Qué diversidad de tipos! 

Ya es un lugareño que con la frase de santas y 
Menas noches en la boca, y con dos duros en la mano, 
pretende que se los den de comedias. En vano será 
que se le pregunte cuáles quiere, ni siquiera el géne- 
ro de las mismas; el hombre ha recibido el encargo de 
llevar á Móstoles 40 rs. de comedias, y el librero tiene 
que dárselos. 

Siempre recordaré á un individuo que entró á com- 
prar en casa de un amigo un libro ; á todas las pre- 
guntas que le fueron hechas, no añadió mas detalle 
que el de que fuera un libro que tuviera letras y que 
sirviera 'para leer. No tengo presente el titulo de la 
alhaja de que se desprendió el librero , pero segura- 
mente que seria notable. 

Una mujer del pueblo entra en la librería y llama 
aparte al encargado del despacho. 

— Yo quisiera, le dice, un libro como el que tiene la 
Ramona. 

— ¿Cómo se llama? 

— ¡No le digo á Vd. que Ramona! 

— No digo eso; pregunto por el título del libro. 

— El título ¿Pues qué tienen los libros nombres 

como las personas? 

—Seguramente., y sin saberlo no es posible.... 

— Pero, como yo le diré lo que pone.... Usté se sa- 
brá todos los libros que vende.... 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 19 

— No alcanza á tanto mi memoria. Pero, en fin, de 
qué trata? 

—La verdá, es que me da empacho decirlo.... En 
fin, como veo que no lo adivina usté, tendré que pa- 
sarme la mano por la cara. 

— Hace rato que debiera usté haberlo hecho. 

— Pues bien; es uno que explica los sueños.... 

— Acabáramos.... Aquí tiene usté el libro.... que 
vale cuatro reales. 

— Eso luego. 

— ¿Cómo luego? 

Pues clarito: voy á leerlo para ver si dice algo del 
sueño que tuve anoche. Mirusté, soñé que me apreta- 
ban aquí, salva la parte, unos diablos y que me deja- 
ban sin respiración; y que luego arrojaban á un 
pozo á mi Miguel.... ¿Dirá el libro algo de mi Mi- 
guel"? 

—No señora — interrumpe por fin el librero— el 
libro igual al de la Ramona que habla de su Miguel, 
no se vende en esta librería. Se han concluido los 
ejemplares. 

— Pues mirusté, lo siento, porque si lo dijera, pue- 
de que nos hubiéramos arreglado con el libro, si me 
lo dejaba en doce cuartos. 

Esta escena, reproducida veinte veces al dia en 
análogas circunstancias, explica el mal humor de al- 
gunos libreros y la ligereza de sus contestaciones. 
Hace pocos dias que una actriz se asomó á la puerta 
de una librería y preguntó rápidamente: 

— ¿Tiene Vd. Cadenas de oro? 

— Esta no es platería, contestó el encargado, olvi- 
dándose de que hay una zarzuela de dicho título. 

Otras veces es un bromista el que pregunta: 

— ¿Tiene Vd. Malas tentaciones? 



20 LA REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 

Y cuando el librero se dispone á sacar la comedia 
de aquel título, sigue diciendo el parroquiano: 

— No se moleste Vd. ; pero creo que debe Vd. evi- 
tarlas, si desea conservar la salud de su alma. 

La cualidad de editor, que suele acompañar á la 
de librero, le pone en contacto con todos los genios 
desconocidos que pasean sus manuscritos de extremo 
á extremo de Madrid, buscando inútilmente quien se 
atreva con ellos. 

— ¿Usted es editor? le pregunta el aspirante á li- 
terato. 

— Sí, señor, responde el librero; editor soy, aun 
cuando publico muy poco, en razón á los malos 
tiempos. 

— Precisamente los malos tiempos me obligan á 
molestar á Vd. Yo, según dicen mis amigos, tengo 
mucho talento. 

— ¡Hola! ¡hola! ¡no es malo eso! 

— No, lo malo no es eso, sino lo otro. 

— ¿Y cuál es lo otro? 

— Que solo me conocen mis amigos; pero Vd. pue- 
de ser mi padre. 

— Hombre, no sé qué tenga que ver.... 

— Sí señor; Vd. puede ser mi padre publicándome 
el poema que he terminado y mediante el cual pasa- 
ré de la oscuridad á la gloria y de la estrechez á la 
opulencia. Mire Vd. : el poema se titula El Hombre, 
yes eminentemente filosófico y profundo... Yo soy 
muy fuerte en todo lo filosófico... Demuestro en mi 
poema que el hombre no es el rey, sino la vergüen- 
za de la creación; hago observaciones muy atina- 
das respecto á los desaciertos del Omnipotente en 
un canto en seguidillas que es una verdadera nove- 
dad, y proclamo el suicidio colectivo de la humani- 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 21 

dad como el fin eminentemente humano de mi libro. 

— Siento repetir á Vd. que publico muy poco, y 
que no puedo.... 

—Sin embargo, cuando le traigo una fortuna. 

— Yo se la agradezco; pero no puedo aceptarla. 

— ¿Y no habría medio de que Vd. lo recomendara 
á otro editor?... 

— Tal vez los que se consagran á las publicacio- 
nes filosóficas.... 

— No, señor; solo uno consiente en publicarlo y 
con cierta condición. 

— ¿Que le regale Vd. algunos miles de duros? 

—No; que apruebe mi manuscrito la autoridad 
eclesiástica. 

— Pues eso, dado el carácter de su obra.... 

— No es muy fácil, no; por eso preferiría que Vd. 
la imprimiera. 

— Gracias; no acostumbro á publicar versos. 

— Entonces me tomará Vd. seguramente un estu- 
dio en prosa sobre los crímenes de los emperadores. 

—No hago libros políticos, sino industriales y 
agronómicos. 

— Pues ya veré de traerle á Vd. alguna cosita: mi 
discurso sobre la negación de Dios mediante los tres 
reinos de la naturaleza. 

— No, señor; veo que no podemos entendernos.... 
Vd. debe imprimir por cuenta propia. 

— ¡Buena idea! Así como así, yo profeso la máxi- 
ma de que todos los editores son unos miserables.... 

—Oiga Vd.... 

—Y yo me rebajaba ofreciendo mis obras.... ¡Sin 
duda estoy loco! 

— No, señor; todavía no se ha dado el caso de que 
un tonto se vuelva loco. 



22 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

— ¡Vd. me injuria! 

— Y Vd. me está haciendo perder un tiempo pre- 
cioso.... ¿Qué deseaba Vd. , caballero? pregunta á un 
nuevo parroquiano. 

— ¿Vd. tendrá el Quijote reproducido foto-litográ- 
ficamente? 

— Sí, señor; un ejemplar me queda. Véalo Vd. 

— ¿Y la Biblioteca de Autores españoles* 

—-¿Unos cincuenta tomos? 

— ¿Puede Vd. enseñármelos? 

— En seguida : muchacho , coge la escalera y baja 
esos cincuenta tomos. 

— Mientras lo hace, ¿Vd. podrá enseñarme la His- 
toria de España de Lafuente? 

— Sí, señor. 

— ¿Y la Universal de César Cantú? 
— También la tengo. 

— Muy bien ; creo que al fin y al cabo me queda- 
ré con todos estos libros.... Por el pronto llevaré el 
último tomo de real y medio de la Biblioteca de Mur- 
cia y Martí. 

— ¿ Lo va Vd. á llevar de veras ? 

— Sí ; por ahora me lo dejará Vd. apartado y vol- 
veré por él mas tarde. 

Los asiduos concurrentes á la librería comentan 
en voz baja todas las escenas referidas, y conforme 
van saliendo de la tienda los respectivos parroquianos 
se entretienen en buscar explicaciones al sueño de la 
amiga de Ramona, añaden capítulos imaginarios al 
poema del vate desconocido , ó dan broma al dueño 
de la librería con el comprador que le hace perder dos 
horas revolviendo toda la tienda para llevarse al cabo 
el saínete El Viudo ó Los perfumes de Barcelona. 

Pero así como el casino y el café han dado muerte 



LA REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 23 

á la tertulia de la librería, esta á su vez ha concluido 
con los gabinetes de lectura , y los periódicos y revis- 
tas que se conservan sobre el mostrador sirven para 
entretener los ocios de los tertulianos que en aquella 
atmósfera puramente literaria y comercial discuten 
abstractamente los problemas mas difíciles de la polí- 
tica ó los resuelven de plano con una seg-uridad emi- 
nentemente española. Donde la política sienta sus 
reales , la murmuración reclama sus fueros , y á poca 
oposición que exista entre los pareceres, no hay hom- 
bre público á quien no se corte alg*un vestido , poco ó 
nada compatible con su honra. Pero si en medio de la 
discusión mas acalorada cruza por delante de la puer- 
ta ó penetra en la librería una mujer de verdadero 
mérito personal , las discusiones cesan como por en- 
canto y todas las opiniones coinciden en un elogio. 
Tal es el privilegio que encierra la hermosura de la 
mujer. 

Durante las horas que he pasado en mi tertulia 
librera he oido pedir el Código penal con láminas, La 
Historia de Roma y demás pueblos del Asia, Las La- 
mentáosles de Poncio Pílalos y otra multitud de li- 
bros cuya indicación bibliográfica volvería loco al 
investig-ador mas cachazudo. 

Pero como el librero es hombre y está sujeto por 
lo tanto á todas las exigencias de la flaca naturaleza, 
es intransigente con la amistad en cuanto la hora de 
la cena se aproxima , y con la ordinaria indirecta de 
á ustedes les esperarán en el café ú otras análogas, 
declara cerrada la sesión, mientras los dependien- 
tes de la tienda se disponen á cerrar la misma. 



UN... POETA. 



¿Qué es la poesía lírica? 

Si dejamos que á la anterior pregunta conteste 
Manolito Guedeja, el lector obligado en todas las so- 
lemnidades teatrales, el que hace las delicias de todas 
las tertulias y, en una palabra , el poeta á la moda, la 
poesía lírica es el arte de llenar volúmenes con pala- 
bras que nada dicen y conceptos huecos, y de forrar 
de talco y oropel los mas pobres conceptos. 

Por supuesto que esta contestación la dará en el 
caso de que sea su conciencia la que responda , no de 
otra manera. 

Pues ¡ bonito genio tiene Manolito Guedeja para 
hacer voluntariamente semejantes concesiones ! 

Y del pobre muchacho no es toda la culpa : si la 
vez primera que hizo versos le hubieran dejado sin 
comer ; si en lugar de aplaudirle le hubieran encerra- 
do en, un cuarto oscuro, otra hubiera sido la suerte de 
Manolito ; pero, ya se ve, su padre, que era un honra- 
dísimo farmacéutico, sabia bastante poco de achaques 
literarios ; su buena madre lloró á lágrima viva escu- 
chando las gracias del chico y hasta el maestro de 



LA. REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 25 

escuela del pueblo declaró paladinamente, que él no 
hubiera escrito versos mejores. 

La madre los conserva aun, entre la fe de bautis- 
mo del muchacho y su propia partida de casamiento. 

Hé aquí su principio : 

Rutilando fantásticos loores 
en nítido vapor fragantes flores 
el prado inmenso su verdura exalta 
y el arroyuelo entre las peñas salta 
con trinos, como el cielo, arrobadores. 

Los dulces trovadores 
himnos célicos mandan al ambiente 
y el sol que brinda expléndida corona 
orla del vale la inspirada frente 
poco antes de morir en otra zona. 

Todo esto es muy bello, y el triunfo de Manolito se 
justifica plenamente. 

También se explica con él el inmediato abandono 
del botámen de la farmacia paterna y la marcha del 
vate á Madrid, donde muy pronto encontró mas vasto 
círculo á su actividad. 

Verdad es que Manolito no sabia una palabra de 
nada, absolutamente de nada; pero el periodismo no 
investiga las procedencias ni las aptitudes y el poeta 
pudo entregarse en brazos de las musas, únicas enti- 
dades femeninas que no le negaban sus favores; por- 
que en asuntos amorosos fué siempre poco afortuna- 
do. Así se explica el prodigioso número de composi- 
ciones A una ingrata , que encierra su primer tomo 
de poesías , en todas los cuales habla de 

el triste pecho para amar nacido 
en cuyas fibras el cansancio mora; 

luego compara el de la ingrata, 



26 LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

á incandescente monte , cuyo fuego 
apagóse ante el soplo de la vida, 
para que el niño ciego 
herir no pueda el mármol, ni la herida 
de la chiprina aljaba le entre luego. 

La madre del poeta, leyendo las penas del hijo de 
sus entrañas, no pudo menos de recordarle que la hija 
del tio Mantalhombro , primer contribuyente del pue- 
blo, no seria tan ingrata como la Clori de quien estaba 
enamorado , y que ni aun por el nombre tenia trazas 
de ser cristiana rancia; pero Manolito , que tiene una 
voluntad de hierro , siguió cantando á la 

selvática belleza 

en quien el mundo admira 

á veces la torpeza, 

y á veces la mentira, 

con otra multitud de conceptos igualmente lisonjeros 
para Clori, de cuya existencia misma se ha llegado á 
dudar. Verdad es también que no siempre la cantó 
furioso y que en ocasiones fué hasta benévolo con 
ella. 

Esto coincidia con la moda de la poesía de con- 
trastes y Manolito hizo sus cuarenta ó cincuenta com- 
posiciones sobre este conocido tema: 

Tú eres la dicha, yo soy la pena, 
yo el navegante, tú la sirena, 
yo noche oscura, tú claro dia, 
yo prosa humilde, tú poesía, 
tú diva hermosa, yo Belcebú, 
yo sol que muere y aurora tú. 

De esta índole , repito , escribió Manolito multitud 
de composiciones, todas igualmente inspiradas , todas 
bellísimas según sus compañeros en la prensa, que le 



LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 27 

colocaron desde luego muy por encima de todos los 
poetas líricos, desde Fray Luis de León hasta Zorrilla 
inclusive. 

Y aquí debo repetir que no es suya toda la culpa. 
Si algún escritor se hubiera negado á elogiarle en la 
prensa , y antes bien le hubiera aconsejado lo que de- 
bía, tal vez Monolito habría reflexionado oportuna- 
mente y evitado su desdicha: «Desengáñese Vd. — 
debió decirle la crítica — la travesura con que coordi- 
na Vd. las palabras no tiene nada del genio sublime 
que han hecho creer á Vd. que es su patrimonio. Us- 
ted escribe , por la mismísima razón que habla el loro; 
tiene bastante habilidad para ensamblar palabras que 
rabian de verse juntas, pero ni es Vd. poeta ni ese es 
el camino. Vuelva Vd. á su abandonada carrera de 
farmacia , ya que en la botica de su padre tiene abun- 
dante pozo , que puede ser un manantial de riqueza; 
cásese Vd. con la hija del tio Mantalhombro , que es 
una chica honesta, rolliza y muy á propósito para 
darle sucesión , y no haga Vd. que las prensas giman 
con razón multiplicando sus dislates. Mire que la au- 
reola que parece rodearle es efímera y falsa ; que los 
que aplauden sus travesuras lingüísticas no son capa- 
ces de recordar uno solo de sus conceptos , y que to- 
davía no ha logrado Vd. arrancar una lágrima ni una 
sonrisa á sus oyentes ni lectores. No sea Vd. terco, 
Manolito , y ya que todavía es jóven , arrepiéntase, 
haga penitencia y vuélvase á su lugar.» 

Pero el poeta no tuvo la suerte de encontrar un 
consejero y sí muchos aduladores , y continuó culti- 
vando el género de suspirillos germánicos, según la 
feliz expresión de Nuñez de Arce , y haciendo compo- 
siciones patrióticas , en que llevaba su atrevimiento 
hasta un extremo inconcebible. 



28 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

Manolito es hoy una necesidad de la sociedad mo- 
derna. Habituada esta á sentir poco , pero sin renun- 
ciar por eso á que se le supongan aficiones literarias, 
agasaja al escritor , para que este á su vez lea en sus 
reuniones alguna de sus composiciones poéticas ; en- 
mascara al infeliz con los dictados de eminente , ins- 
pirado y sublime , y Manolito hace ya versos como su 
padre pildoras y ungüentos. Ha logrado tal facilidad, 
que no tendría inconveniente en pasarse hablando en 
endecasílabos toda una semana , y no falta quien le 
suponga con aptitudes académicas. 

¡Infeliz Manolito! Si llega á experimentar esta 
última desgracia ; si los inmortales de la calle de Val- 
verde le llaman á su seno — que todo es posible — Ma- 
nolito se habrá perdido irremisiblemente , y perderá á 
otros muchos con su ejemplo. 

Entonces , ante la gravedad de las circunstancias, 
todos tendremos que oponer un dique al torrente del mal 
gusto, y repetir dia y noche con Antonio de Trueba: 

« ¡ Atrás , impostores , que porque tenéis mas ó me- 
nos páginas del Diccionario en la memoria y vuestro 
oido distingue una frase de ocho sílabas, de una frase 
de nueve , os dais el nombre de poetas ! ¡ Atrás los que 
os llamáis poetas y no sentís calor en el corazón ni 
lágrimas en los ojos cuando un niño tirita de frió ó 
desfallece de hambre , ó cuando el sol desciende al 
ocaso , ó cuando las campanas recuerdan á í)ios y á 
los muertos, ó cuando glorifica la patria el heroísmo 
de sus hijos, ó cuando la virtud resplandece en la vida 
pública ó en la vida del hogar ! ¡ Atrás , y dejad el 
nombre de poetas á los que sienten así , ya sepan ex- 
presarlo con cadenciosos versos ó pulida prosa , ó ya 
solo con rudas y balbucientes frases! » 



POETAS DE CIRCUNSTANCIAS. 



De poeta, músico y loco, todos tenemos un poco, 
según consigna un dicho popular; pero, aun cuando 
el pueblo en su refrán no lo consignara, lo demostra- 
rían los hechos que un dia y otro se suceden á nues- 
tra vista. Hay que advertir, no obstante, en cuanto á 
la afición musical, que muchos individuos se limitan 
á tocar el violón; y en cuanto á lo de la locura, que 
otros muchos la suplen con la tontería; pero en lo de 
poetas, sí, que el refrán es verdadero. 

Desde Homero á González Estrada , la gerarquía 
de los poetas comprende infinitos grados, no siendo 
los poetas de circunstancias los que menos atención 
merecen del que se consagra á pintar costumbres lite- 
rarias. Por ellos prospera el comercio de tarjetas cala- 
das; por ellos tienen trabajo largo los marmolistas; 
por ellos, en fin, se señalan todos los nacimientos, bo- 
das y entierros, triunfos, proclamaciones, rebeliones, 
motines y algaradas. 

Fuerza me es decir, en honor de la verdad, que los 
poetas de circunstancias no son tan abundantes en la 
Península como en nuestras posesiones ultramarinas, 
donde abusan lamentablemente de la plana de anun- 
cios de los diarios; pero, en cambio, son admirables 
por su fecundidad. 

El tio Zorongo, respetable labrador de Mediavilla, 
es tipo perfecto de poetas de ocasión. El se basta y se 



30 LA. REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 

sobra para sacar de apuros á todo el pueblo, y mas de 
una vez ha sido una verdadera Providencia para el 
Municipio. Aun recuerdo el entusiasmo con que cantó 
la revolución de Setiembre, en una felicitación dirigi- 
da al Gobierno Provisional, y que decia así: 

En la heroica Mediavilla 
todos liberales sernos 
y es justo que saludemos 
al nuevo sol que mas brilla. 

No faltó quien censurase á Zorongo, suponiendo 
que pudiera existir sinonimia entre el sol que mas 
brilla y el sol quemas calienta, y acaso influyó la 
maledicencia en que no se publicara la felicitación; 
pero el poeta no se desanimó, y al ser votado el duque 
de Aosta para ocupar el trono de España, consiguió 
que en la sala del Concejo se pusiera el siguiente 
dístico : 

A tí te aclama el general deseo 
de los mediavillanos , Amadeo. 

Caida aquella frágil monarquía, el tio Zorongo en- 
mudeció por algún tiempo , según todas las señales, 
no siendo de presumir que fueran suyas las coplas que 
contra Dios y los ricos cantaban los mediavillanos 
durante la federal; pero, así que se verificó la restau- 
ración, volvió á pulsar la lira, teniendo todavía en 
cartera unas seguidillas, que se ha negado á mandar 
á los periódicos de Madrid, por si una vez se le burla- 
ron ó no. Pero el tio Zorongo no se limita á la poesía 
política; por el contrario, su inspiración está siempre 
al servicio de los tristes y de los alegres , para poner 
inscripciones en el cementerio y entonar epitalamios 
al son de la clásica guitarra. El cementerio de Media- 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 31 

villa es un magnífico álbum en que su genio se osten- 
ta; tengo presentes algunas de sus inscripciones: 

Sargento de la milicia, 
buen padre, excelente esposo, 
aquí yace en gran reposo 
uno que fué de justicia. 

Por un feroz garrotillo , 
mi primer hijo Marcelo 
desde el mundo subió hasta el cielo. 

Luchó por la buena causa, 
pero la muerte traidora 
hizo en su vida una pausa. 
A Hipólito Gil su esposa que le llora. 

Rezad los buenos por mí , 
que hoy soy polvo miserable, 
cuando ayer alcalde fui. 

Todas estas y otras muchísimas inscripciones han 
conquistado á Zorongo renombre inmortal entre sus 
convecinos y diez pueblos á la redonda, de donde acu- 
den á verle para que componga una copla que haga 
rabiar á la sacristana, ó un anónimo para el boticario 
que por dar quina dió estrignina á un enfermo, ó con- 
tra los mismos poderes constituidos , simbolizados en 
la persona del alcalde, que un dia destituyó, según su 
frase, al gobernador de la provincia, y amenazó al 
mismo Gobierno central. Y todo lo hace por afición, 
sin el menor asomo de interés ; los Zorongos no com- 
prenden que el hacer versos produzca dinero, y can- 
tan por la misma razón que los grillos, ya que hemos 
convenido en conceder que los grillos cantan, punto 
muy discutible y ajeno a mi propósito. 



32 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

Cuando estos poetas habitan en Madrid, se llaman 
de otra manera, y al cantar en el aniversario de Cer- 
vantes , le apellidan 

ilustrado poeta consonante 

ó 

escritor de los mas sand ungüentos (1). 

Si residen en Málaga , truenan contra la guerra 
civil en estrofas tan admirables oomo la que copio: 

Tiempo es ya que la azada 
reemplace en los campos al fusil; 
tranquilidad , ventura, paz deseada; 
el martillo, el escoplo, el mandil 
se cambien por el horrísono cañón, 
las fábricas, los talleres y el estudiantil 
brillen y florezcan en esta desventurada nación, 
y concluya para siempre la guerra civil. 

Tal vez en algún pueblo de Asturias brilla el estro 
de otro poeta, que canta los triunfos del carlismo, ó 
dedicándose á la poesía clásica, levanta á Ovidio el 
siguiente falso testimonio: 

Antes de la sangre del desdichado 
niño Lacedemon, de Apolo herido 
mortalmente de un modo inopinado. 
Letras comunes al niño querido 
de Apolo, y á este varón enojado 
escritas en medio sus hojas sido 
han: la una de este niño el nombre indica 
la otra del varón la queja predica. 



(1) Tanto esta cita como las que siguen son autenticas y se han publi- 
cado con las firmas de sus autores, cuyos nombres omito, sin embargo, 
para quitar á mis artículos todo carácter personal. 



LA. REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 33 

Pero cuando madrileños , andaluces , valencianos 
y astures encuentran ocasión de lucir sus galas poéti- 
cas, es al realizarse los grandes acontecimientos polí- 
ticos que tanto abundan en España. Si fuera posible 
citar los grandes dislates que ha producido, entre 
otras cosas, la pacificación venturosa del pais; si no 
constituyera un abuso de la benévola atención ele los 
lectores amontonar citas y reproducir sonetos de tre- 
ce versos, endecasílabos de diez y ocho sílabas, piés 
quebrados , estrofas de arte mayor y menor, himnos, 
loas y otros excesos que el entusiasmo por la paz ha 
producido, no es dudoso que todo el mundo repetiría 
con un queridísimo amigo mió: 

— Empiezo á sospechar si hubiera sido preferible 
á la producción de tantos versos á la paz, la continua- 
ción de la gnerra civil. 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS 



3 



¡POBRES POETAS! 



A buen seguro que habrá muy pocas cosas en el 
mundo capaces de producir mayor extrañeza á un 
industrial de Sevilla ó Jerez , que recibir una carta 
concebida en los siguientes ó parecidos términos: 

Muy señor mió: Deseando surtir mi casa de los me- 
jores vinos, para crearme con su venta una riqueza, y 
sabiendo que Yd. los tiene excelentes, le suplico que 
me remita gratis una pipa. Su admirador, que no tie- 
ne la honra de conocerle, — Fulano. 

El asombro del agricultor andaluz estaria muy 
justificado y todos cuantos leyeran la carta dirian las 
mayores infamias de Fulano, de su atrevimiento, des- 
cortesía, etc. 

Pero, vuélvase la oración por pasiva. 

ün industrial de provincias, de Sevilla, por ejem- 
plo, cog'e la pluma y escribe á una poeta de Madrid: 



LA REPUBLICA DE LAS LETRAS. 35 

Muy señor mió: Voy á publicar un libro de poesías 
de los mejores escritores contemporáneos, que supon- 
go se venderá admirablemente y me producirá gran- 
des beneficios. Por lo tanto, espero que me mande us- 
ted gratis alguna que sea buena. Suyo,— Mengano. 

Y la gente que se hubiera hecho cruces leyendo la 
primera carta, dirá al ver la segunda, que la petición 
es muy natural. 

Esto debe consistir en que la producción literaria 
es un robo, de que todos tienen derecho á despojar al 
autor, según demostraré en otro artículo. Algún filán- 
tropo dirá á lo sumo: 

— Si fuera prosa loque se pide; pero versos.... 
¿Acaso deben pagarse los versos? 



Sea Vd. poeta; sienta arder en su alma el fuego de 
la inspiración ; traduzca Vd. en conceptos sonoros y 
profundos sus penas y sus goces, las glorias y los 
horrores , el bien y el mal; enseñe , ilustre, haga lloa- 
rar á sus lectores , sea Vd. un hombre privilegiado 
que levante con sus cantos á un pueblo, haciéndole 
acaso conquistar su independencia. 

El aplauso de la muchedumbre será su patrimo- 
nio; pero dinero.... ¿Con qué derecho lo pide un hol- 
gazán f ¿ Qué callo le ha salido en las manos por in- 
ventar sus versos? ¿Qué quebradura tiene por ello? 
¡Vaya, que son exigentes los señores poetas....' 
¡ Si fueran tan respetables como el industrial que 
les pide ó les toma los frutos de su inspiración , los 
multiplica por la imprenta y los vende luego por 
tomos I 



36 LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

Y si las peticiones de versos fueran un caso excep- 
cional, menos malo; pero nada de eso. 

Aquí, por una ú otra causa, no hay dia en que el 
poeta deje de verse acosado, y aun cuando se resigne 
á escribir prosa, por si tiene mejor salida y llega á 
darle para comer, le interrumpirán cien veces en su 
trabajo para que haga 

Versos para álbums, 

Versos para abanicos, 

Versos para inauguraciones, 

Versos epitalámicos, 

Versos para coronas fúnebres, 

Versos para epitafios, 

Versos para proclamaciones y victorias ; triunfos 
dramáticos, líricos, históricos y científicos. 
Versos para remitir libros. 

Versos para corresponder á convites, y versos para 
felicitaciones de todas clases. 

De propósito he omitido los pedidos de versos para 
calendarios: desde que estos se publican en Julio y 
en vez de encargarse á los astrónomos se encargan á 
los periodistas, no hay año en que baje de doce el nú- 
mero de composiciones poéticas que hay necesidad de 
regalar. 

Decididamente, los poetas son la única excepción 
dentro de la lógica y respetable regla general, que 
manda retribuir todos los trabajos que se encargan. 

El mundo, que tanto dificulta la vida del poeta, 
llega á ser con él ingrato y despiadado. Le explota, 
y luego se burla de él. 

Haga Vd. jugadas de Bolsa, pasteles, curaciones 
milagrosas, pronunciamientos, revoluciones: haga 



LA REPÚBLICA. DR LAS LETRAS. 37 

usted aunque solo sea zapatos y será Vd. respetable 
y Respetado. 

Pero haga Vd. versos: atrévase á ello y todos aco- 
gerán la noticia con desdeñosa sonrisa y gráfico en- 
cogimiento de hombros. 

* * 

Quedamos, pues, en que el industrial de provincias 
que nos pide versos gratis para publicar con ellos un 
libro, todavía nos hace un favor, y que debemos guar- 
darle eterna gratitud porque no nos haya exigido que 
le mandemos juntamente con la poesía una moneda 
de cinco duros ó un corte de pantalón. 

¡Pobres poetas! 



TALLERES LITERARIOS. 



I. 

(Á CARLOS FRONTAURA.) 

Para los que sin ser criminales vivimos sujetos á 
trabajos forzados, ó lo que es igual, obligados á una 
producción continua y abundante, que nos autorice á 
consumir en igual proporción en el mercado del mun- 
do, la época que hemos alcanzado tiene bien poco de 
tranquilizadora y risueña. 

Aquí, donde tan fácilmente se crean fortunas y po- 
siciones, con solo explotar el gran filón, de que no há 
mucho nos puso en autos Rubí; aquí donde vivimos 
en perpétuo equilibrio, gracias unas veces al cantona- 
lismo, otras al carlismo y siempre á las luchas políti- 
cas, la misión del escritor tiene algo de milagrosa, 



LA. REPÚBLICA DE L\S LETRAS. 39 

pues necesita regularmente descifrar cada veinticua- 
tro horas los tres sig-uientes problemas, dignos de los 
mas eminentes matemáticos: 

Primero, dónde ha de almorzar. 

Seg-undo, dónde ha de comer. 

Tercero, dónde ha de dormir. 

Y en vista de que son muchos los que logran re- 
solverlos, queda demostrado que el tiempo de los mi- 
lagros no ha desaparecido, como afirman los incré- 
dulos. 

No es menos cierto que la resolución de los citados 
problemas cuesta sudores de muerte, y que el desdi- 
chado que sale á la calle llevando en la mano un ar- 
ticulo ó una comedia, tiene adelantado muchísimo 
camino para acabar en el hospital ó en la prevención. 

Yo creo que los mismos escritores tienen mucha 
culpa de lo que les sucede, y que en vez de alimentar 
vanas esperanzas debieran pensar en alimentar su in- 
dividuo, facilitando para ello los medios de conse- 
guirlo. Uno de los recursos indicados por la experien- 
cia es rebajar su noble profesión á la categ-oría de 
oficio, con lo cual seria indudablemente mucho mas 
productiva. 

Yo, al menos, fundo mi bello ideal en poder pin- 
tar una muestra que señale á los transeúntes mi do- 
micilio, en esta forma: 

Fulano, escritor público por mayor y menor. Se 
hacen y componen comedias para toda clase de gustos. 
Especialidad en reclamos, bombos y biografías d pre- 
cios convencionales. 

.Pero, como quiera que la asociación es uno de los 
caractéres mas salientes de la vida moderna, aun seria 
de mucho mas efecto y también mas productivo, el 
establecimiento de talleres literarios, en los que se hi- 



40 LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

cieratoda clase de obra con prontitud y aseo. No creo 
equivocarme si auguro un gran éxito al taller que se 
estableciese en la habitación de Vd. , cuyos prospec- 
tos podrian decir á la letra: 

«Carlos Frontaura y Compañía ofrecen al respe- 
table público el nuevo taller que han abierto en esta 
corte, y en el cual se hace todo género de trabajos li- 
terarios, á los precios de la siguiente económica tarifa: 



Artículos políticos, de los que uo dicen 

nada 8 rs. pieza. 

Artículos recogibles 16 — 

Idem para alcanzar la suspensión de un 

diario 20 — 

Revistas de modas, sin ñrmar 2 — 

Idem con la firma de poetisas eminentes.. 4 — 

Epitafios para los hombres públicos */« — 

Epitalamios, á precios convencionales. 
Improvisaciones, pidiéndolas con un mes 

de anticipación ]0 — 

Idem al minuto 20 — 

Epigramas sangrientos 1 — 

Sonetos 14 cuartos. 

Arreglo de comedias, que hayan sido ar- 
regladas ya anteriormente 100 reales. 

. Idem que lo sean por primera vez 200 — 

Novelas de costumbres, originales, á 60 rs. la libra 

Idem traducidas, á 100 rs. arroba. 



Idilios y églogas, versos amorosos, felicitaciones para 
dias de santo y otras menudencias, por lo que quieran de- 
positar los parroquianos en la bandeja que ha de ponerse 
en el taller.» 

Tal vez el establecimiento de los talleres en cues- 
tión, no fuera muy del agrado del zapatero que escri- 
be actualmente los romances de ciego, por la compe- 
tencia que le harian; tal vez, perdiendo el poeta su 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 41 

personalidad, no hiciera ilustre su nombre ; pero en 
cambio viviríamos, y hasta seria posible aspirar á 
que la comida no fuera un episodio raro en la exis- 
tencia de los escritores. 

¡Y quién sabe, si llegarían los talleres á constituir 
una industria lucrativa como la que mas! i Quién sabe 
si alguno de los muchos individuos que aspiran siem- 
pre á ingresar en la Academia de la lengua, haria la 
fortuna de algunos infelices , encargándoles quince ó 
veinte tomos de las obras poéticas que habían de 
abrirle á él las puertas de la casa en que se limpia, 
fija y da explendor al lenguaje! 

Nada, amigo Frontaura: lancémonos á la empre- 
sa, y si algunos severos escritores de los que nos 
honran hoy con su amistad nos niegan entonces su 
apoyo, pongamos á la puerta ó en las rejas de la casa 
un cartelito en que diga: hacen falta oficiales, ó bien: 
se necesita un aprendiz de literato. 

Esto habia de constituir al propio tiempo un pode- 
roso elemento para El Cascabel, por los cuadros de 
costumbres que proporcionaría. 

Ya me figuro ver á Vd. imponiendo silencio á su 
perro, para que sea mas comedido con un ciudadano 
de pelo á la sevillana y pantalón ceñido, que entra 
en su casa, y aun creo escuchar el diálogo que sostie- 
ne Vd. con él. 
— ¿Es aquí el taller? 

— Efectivamente: puede Vd. decir lo que quiera. 

—Pues yo quería que me hiciera Vd. unos versos 
bien insultantes para la ruMa. 

— ¡Hola! ¿Y quién es esa señora? 

— Pues hombre , la cuña del Chato , la que dicen si 
tuvo ó no tuvo con uno de policía. 

— Bueno, ¿y qué quiere Vd. que diga yo?... 



42 LA. REPUBLICA DE LaS LKTRaS. 

— Miste , maestro , á mí poco me importa lo que 
haya tenido; pero lo que me emperra es lo que tiene... 
— ¡Ya! esa señora tiene.... 

— Hombre, yo no lie dicho tanto; pero en los versos 
hay que dárselo á entender , para que vea que yo no 
me chupo el dedo. 

— ¿Pero Vd. quiere una carta, un anónimo ó qué? 

— Yo quisiera una copla , para cantársela á la gui- 
tarra, en la taberna donde va su proporción. 

— ¿Y esa proporción?... 

— Es un torero de invierno , á quien llamamos por 
mal nombre Meleno. 

— Pues descuide Vd., que la rubia y el Sr. Meleno 
quedarán servidos. 

Y acto continuo escribirá Vd. por encargo de aquel 
amante quejoso : 

Dicen que tiene la rubia 
quebraderos de cabeza, 
y que el Meleno la ronda 
y un polizonte la cela. 

Dicen que el Meleno tiene 
mucha fachenda en la plaza, 
pero yo con él no tengo 
ni para tres bofetadas. 

Escritas las anteriores coplas, consultará Vd. la 
tarifa ; pero como el parroquiano no sabe leer , solo 
consentirá en pagarle las dos pesetas de tasación, 
cuando haya aprendido las coplas de memoria. 

Y después que este las aprenda y se vaya, recibirá 
Vd. á un pollo que quiere una declaración en regla 
para la diosa de sus pensamientos , y se despachará 
Vd. á su antojo comparando la estatura de la novia 
con la palmera , el talle con el tallo de una flor , los 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 43 

labios con la fresa y los ojos con el carbón de pie- 
dra. Después hará Vd. una solicitud en verso para un 
cesante de Hacienda y se verá negro para rimar la 
siguiente conclusión : 

Por lo cual ahora espero 
que en vista de razones tan galanas 
me dé la plaza de oficial tercero 
del cuerpo de Aduanas. 

Y Dios guarde á V. E. muchos años 
para dicha de propios y de extraños. 

Mas tarde recibirá Vd. la visita de una enlutada 
riuda , que quiere un epitafio para su difunto , y sin # 
pararse en barras satisfará Vd. su anhelo en esta 
forma : 

Aquí yace D. Juan Gil y Pavía 
federal consecuente : 
cuando se restauró la monarquía 
murióse de repente. 

Antes de que los nuevos esponsales 
le borren de su viuda en la memoria 
le consagra estos versos sepulcrales : 

¡ Dios tenga á D. Juan Gil en santa Gloria ! 

Creo que no debo esforzarme en demostrar las ven- 
tajas de la idea del taller. 

Si Vd. se decide , puede contar desde luego con un 
oficial de córte , acostumbrado á velar, y acreditado 
en todo género de costuras y remiendos. 

Si no se resuelve , dé publicidad al proyecto , que 
no faltará quien lo realice. 

II. 

No incurriré en la vulgaridad de suponer que todo 
el mundo plagia mis pensamientos; pero sí ha de 



14 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

serme lícito consignar que el de los talleres literarios 
debe ser de gran importancia cuando la prensa tras- 
pirenaica da cuenta de la formación de una empresa — 
M. Vilain et Comp.e — establecida con un objeto aná- 
logo al que recomendaba en mi carta á Frontaura 
en Enero de 1875. 

Un diario de provincias ha traducido la primera 
circular de dicha empresa, que decia así: 

«Muy señor mió: 

»E1 amor es la vida de la humanidad; el hombre 
cuyo corazón no late precipitadamente en presencia 
# de una señora cualquiera, siempre y cuando que sea 
bonita, es un vegetal, es una piedra, es un fósil. 
Arroyuelo sin rumor ni reflejos, cuadro sin claro os- 
curo, diamante sin facetas, flor sin aroma, pulmón 
sin aire , maestro de escuela sin paga , ministro sin 
cesantía, es el hombre que no ama. 

Amar es vivir. Amar es cobrar. 

»La poesía es el lenguaje natural del amor. Un 
cochero, mas ó menos Simón, siente retozar dentro de 
su cuerpo el alma de Víctor Hugo; para hacer versos, 
para expresar armónica y métricamente lo que pasa 
en su corazón, le falta solamente saberse de corrido 
la epístola de Horacio á los Pisones. Enseñadle esa 
epístola y tendréis un poeta. 

»Pero no todos poseen las reglas necesarias para 
poder confeccionar una poesía ó dos ; no todos saben 
hacer versitos. ¿Y habrá alguno que no los necesite"? 
¿Quién no escribe una composición á la elegida de su 
alma? ¡Oh! ¡ Cuántas veces consiguen unas quintillas 
lo que no puede conseguir una prosáica carta de vein- 
te ó treinta caras! 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 45 

»¡Ay, cuan grande es la influencia de los renglo- 
nes cortos! 

»A vosotros, enamorados platónicos, corazones 
atravesados por las flecliitas del dios ciego y niño , es 
á quien principalmente se dirige la casa de M. Vilain 
et Compagnie. 

»Los precios á que esta Agencia expende sus ar- 
tículos j nada dejan que desear , si se tiene en cuenta 
la bondad de sus géneros. 

PRECIOS. 

»Pareados octosílabos, 50 céntimos de franco el 
par. 

Idem endecasílabos, 60 id. id. de id. el id. 

Tercetos, 70 id. de id. cada uno. 

Cuartetas, 80 id. de id. cada una. 

Quintillas, 90 id. de id. id. id. 

Octavas reales, un franco pieza. 

Epigramas, dos francos uno con otro. 

Sonetos, 2 á 4 francos, según clase. 

»Entiéndase que las mismas clases confeccionadas 
en versos de arte mayor se pondrán un 25 por 100 mas 
caras. Los romances, baladas, idilios, odas, silvas, 
epitalamios , poemas y demás poesías de dimensiones 
indeterminadas, se harán á precios convencionales 
por línea , teniéndose siempre en cuenta la magnitud 
de la composición y la calidad de los versos. Los pa- 
gos adelantados ; remítase en sellos de franqueo el 
valor de la ó de las poesías encargadas. El comprador 
adquiere el derecho de propiedad, y puede perseguir 
ante la ley al que, sin su permiso, las copie ó imprima 
ó se valga de ellas para otro uso cualquiera. 



lo 



LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 



MATERIAL DE OPERACIONES. 

»Cuenta la empresa para dar cumplimiento á los 
pedidos, con la colaboración de nuestros primeros 
poetas. 

» Juzgúese por la lista siguiente: 

»M. Fantaisie; poeta melenudo, de bigote y perilla, 
puro sentimentalismo, estilo incomprensible. Es una 
especialidad en la confección rápida de poesías senti- 
mentales ; siempre está muñéndose de amor. A este 
poeta le dedica la casa á la série titulada: Declara- 
ciones. 

»M. Vorace: poeta realista, estilo llano, hombre 
que antepone el fondo á la forma ; no tiene precio en 
cuantos asuntos toquen mas ó menos á viudas ricas. 

»M. Calembourg, poeta picante y atrevido, sin pelo 
de barba, sin pelo en la ropa, y sin pizca de vergüen- 
za; maneja bien el retruécano, y es muy dado á los 
pensamientos epigramáticos. Este poeta se pinta solo 
para entusiasmar á^las grisetas. 

»La casa tiene y pone á disposición del público una 
colección de composiciones poéticas que conserva ar- 
chivadas para casos de apuro; el aficionado encuentra 
en ella un surtido variado y elegante. 

»M. Vilain et Compagnie esperan de su amabilidad 
se sirva honrarlos con.... su buena fe, que ellos no 
tienen. 

»M. Vilain et Compagnie.» 
III. 

De la broma francesa, como de la mia, quisiera yo 
que resultase algo práctico y provechoso para los po- 



LA REPUBLICA DE LAS LETRAS. 47 

bres escritores; pero ya verán ustedes cómo nada re- 
sulta. 

Los médicos seguirán cobrando por tomar el pulso; 
los boticarios explotarán la fórmula de la piedra filo- 
sofal que han encontrado en el fondo del pozo; los in- 
genieros cobrarán sus trazados y los arquitectos sus 
proyectos.... Unicamente los escritores seguiremos 
surtiendo los álbums y abanicos con acaloradas im- 
provisaciones, sin atrevernos á poner al pié de nuestra 
firma el siguiente apéndice : 

Derechos, cinco reales y medio. 

O : Qra tis por ser po Iré . 



LA PROPIEDAD ES UN ROBO. 



El derecho de propiedad.... corres- 
ponde á los autores durante su vida, 
y se trasmite á sus herederos legíti- 
mos ó testamentarios por el término 
de cincuenta años. 

(Ley de 10 de Junio de 1847, art.2.°) 



Eminentes políticos , sabios legisladores, varones 
esclarecidos que con incesante afán dedicáis vuestros 
desvelos á que sea un hecho el imperio de la justicia; 
vosotros, los que habéis consagrado los derechos del 
hombre, consignando en todos los códigos el respeto 
á la propiedad, permitid, á pesar de la modestia que 
os adorna, que haga pública vuestra alta previsión, 
vuestra notoria justicia, y hasta vuestro claro inge- 
nio, exceptuando á los escritores públicos de la lej 
común, y relevándoles de los cuidados que toda pro- 
piedad lleva consigo. Vosotros, que tanto habéis cla- 
mado contra las teorías de Proudhon, habéis conclui- 
do por practicar sus consejos al establecer los dere- 
chos que engendra la producción de una obra litera- 
ria; y al propio tiempo que defendíais la propiedad 
adquirida por el tendero de comestibles , hija en mu- 
chas ocasiones de la facultad prestidigitadora con que 
hace descender uno de los platillos de la balanza, des- 
heredabais á los que incautamente se consagraban á 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 49 

la producción intelectual, juzgando que sus obras 
pudieran, después de la muerte de los mismos, ser 
una defensa de sus huérfanos contra la miseria y el 
hambre. 

A la sombra de vuestra discreta ley, y utilizando 
sus paternales disposiciones, los naturales enemigos 
del escritor se han confabulado para que su transito- 
ria propiedad tuviera menor aprecio, y la riqueza mas 
respetable, la producción hija del alma, y que consti- 
tuye un privilegio concedido por el mismo Dios, se ha 
vendido en el mercado del mundo con igual deprecia- 
ción que la que sufren los efectos que han sido ro- 
bados. 

La propiedad.... literaria deber ser un robo, cuan- 
do la habéis negado vuestra protección , y ya que no 
os habéis atrevido á aplicar un grillete al escritor , le 
castigáis en sus hijos , permitiendo que se mueran de 
hambre. Y para que sea mas absurda vuestra conduc- 
ta, hacéis que la propiedad pase al dominio común, 
precisamente cuando ha logrado valor con la muerte 
del que la instituyó, porque las obras del ingenio no 
suelen apreciarse debidamente mientras funciona la 
fábrica. Algunos años después, cuando la posteridad 
empieza á aquilatar su mérito , cuando los naturales 
herederos del escritor podrían explotar sus obras con- 
tratando en buenas condiciones su reimpresión , en- 
tonces la ley les desampara y consiente que todos los 
explotadores puedan enriquecerse , á costa *de la mi- 
seria de unos huérfanos, cuyo único delito es haber 
tenido por padre á un hombre, honra acaso del pais en 
que nació. 

La propiedad literaria es un robo: por una conce- 
sión graciosa se respeta durante la vida y pocos años 
después de la muerte de un autor; pero después cual- 

LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 4 



50 LA REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 

quier ciudadano se apodera de ella sin que nadie se 
escandalice. 

Si en un período revolucionario los braceros ata- 
can un cortijo ó tratan de repartirse una dehesa, los 
elementos conservadores se escandalizan, la fuerza 
armada castiga á los repartidores, la sociedad se con- 
sidera avocada á un cataclismo i y la voz de todos los 
hombres honrados, confundida en una común protes- 
ta, truena contra los excesos demagógicos. 

Si un discípulo de Caco, utilizando el descuido del 
transeúnte, le sustrae su reló, pronto se escucha repe- 
tido el grito de ¡Á ese ! ¡Á ese! Y las cárceles abren 
solemnemente, sus puertas para recibir al raptor; los 
tribunales de justicia trabajan con el mayor celo, y la 
vindicta pública queda pronto satisfecha. 

Pero si el despojado es el hijo de un escritor, la 
sociedad contempla impávida el despojo y premia 
acaso al que explota la propiedad ajena; la justicia 
permanece impasible é indiferente y se cumple uno 
de los preceptos de la ley. 

¿Será cierto, como dice Víctor Hug-o, que la justi- 
cia debe dividirse en justicia justa y justicia injusta? 
¿ Será cierto que los escritores somos de otra raza que 
el resto de los mortales? 

El asunto es tan importante que vale la pena de que 
se piense algo en él, y si mi memoria no me engaña 
existe una comisión de cuarenta ó cincuenta diputa- 
dos encargada de estudiarlo. ¿Tendrán las actuales 
Córtes la gloria de extirpar el absurdo? No es fácil 
pronosticarlo todavía. 

De todas maneras , y si no consagran el respeto á 
la propiedad literaria, que coloquen en igualdad de 
circunstancias á todas las propiedades; de esta manera 
podrían nuestros hijos consolarse cuando algún espe- 



LA REPÚBLICA DK LAS LETRAS. 51 

culador explotase las obras de sus padres, repartién- 
dose buenamente la fortuna de Manzanedo. 

Creo, sin embargo, preferible que el art. 2.° de la 
vigente ley de propiedad literaria, que sirve de epí- 
grafe á estas líneas, sea sustituido por el siguiente, 
con el que encabeza D. Mariano Vergara un proyecto 
de ley que formuló por encargo de la Asociación de 
Escritores: 

«La propiedad literaria es absoluta y perpétua, 
como la común, y se regirá por las leyes que regulan 
el ejercicio de esta, en todo cuanto ofrezca dudas en 
la presente ley, ó no esté expresamente previsto en la 
misma ó en su reglamento.» 

¿Quedará en proyecto tan justa reparación? 



UNA SESION ACADÉMICA. 



Soñé, pues, que tenia la desgracia de ser acadé- 
mico. 

Ignoro la clase de libros que para ello habia per- 
petrado; pero el hecho era cierto. Poco tiempo antes 
habia disertado en sesión pública respecto al mérito 
del individuo de número que debia contestarme, y 
este habia leido el elogio, que yo mismo escribiera 
préviamente, de mis merecimientos. 

Queda, pues, establecido que yo era académico y 
que debia ser muy moderno en el salón de la calle de 
Val verde, porque todo cuanto veia y oia excitaba 
profundamente mi atención. 

Hablaba una eminencia y decia á sus compañeros: 

— Deben Vds. tranquilizarse respecto al punto en 
duestion. Me parece que yo sé algo; me parece que 
mi fama es justa: pues bien, yo aseguro á Vds. que 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 53 

nuestra lengua no tiene otras raíces que las latinas, y 
que es una solemne ridiculez seguir creyendo que los 
árabes influyeron en el idioma y que en la composi- 
ción de este interviene la primitiva lengua ibérica. 
¡Miserable Humboldt! ¿Quién le metió á estudiar el 
euskaro, siendo nosotros los encargados únicos de 
fijar, limpiar y dar explendor á la lengua? 

— Ciertamente, le interrumpió un anciano: us- 
ted tiene razón en lo que dice de la lengua ibérica, y 
yo creo mas: que los primeros habitantes de la penín- 
sula no hablaban bien ni mal y se entendían por se- 
ñas; pero en cambio, no estoy de acuerdo con lo que 
dice del árabe. ¿Cómo me explica Yd. , si no, la for- 
mación de los vocablos Guadalajara, alguacil, alfa- 
jor y tantos otros? 

— ¡Guadalajara! ¡Pues si es una palabra completa- 
mente española y á la que el uso há quitado una le- 
tra no mas! Guarda la jara , esto es, conserva la 
maleza, y yo mismo he tenido ocasión de comprobar 
la justicia de la palabra viendo en las inmediaciones 
de aquella capital muchas malezas. 

—¿Y alguacil? 

— ¡Alguacil! Cómo se conoce que no está Yd. fuer- 
te en achaques académicos. Las primeras sílabas al- 
gua, no pueden menos de ser contracción de al agua, 
y aunque la sílaba cil pudiera derivarse de calum, yo 
me inclino á suponer que existe un error ortográfico 
y que cil no puede ser otra cosa que Gril. De este 
modo, la frase A l agua Gil, nos demuestra que nues- 
tros abuelos acostumbraban á tirar á los rios á los re- 
presentantes de la autoridad. 

— Mire Yd., no habia caido en ello; pero ahora 
recuerdo haber leido en una novela del siglo xvn que 
los estudiantes dieron en el rio con un alguacil.... 



54 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

No pude seguir oyendo el diálogo porque llamó 
nii atención una especie de querella sostenida entre 
cuatro ó cinco. 

— ¡Se dice paramentada de pelluzgones la frente! 

— Si no tiene ostugo de pelo 

—Es usted muy matrero , aunque pretenda hacerse 
pasar por morlaco. 

— ¡Ah, gatallon! 

— ¿Pero guindaremos hoy concluir esta página? 
¿Llegaremos al eleucof ¿Volveremos condecabo alas 
andadas? No desedifiquemos á la muchedumbre 

— No seamos tampoco fargallones , ni admitamos 
la des/erra en nuestra corporación. 

Confieso á Yds. que aunque académico, no en- 
tendí una palabra de cuanto decian. Se conoce que 
aun no habia manejado bastante el Diccionario de la 
lengua. 

En un rincón de la sala un vate insigne comuni- 
caba á sus compañeros las primicias de un poema que 
estaba escribiendo. Creo recordar algunos de sus 

versos : 

Truena fugaz la horrísona cohorte ; 
Cadavéricos grupos va formando 
Cual mieses rojas férvido Mavorte, 
Y la victoria al muerto espaldas dando 
Aureas pone coronas en ia frente 
Del nuevo, inmarcesibles, gran Orlando. 

Un aplauso nutrido , arrancado por la admiración 
á sus compañeros, interrumpió al vate, quien siguió 
después leyendo: 

Rampante inspiración mi afán presiente ; 
La lira dadme , que al Parnaso aspiro 
Hasta beber en la Helicona fuente ! 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 55 

Un académico, por lo bajo : ¿Si creerá que la He- 
licona es un abrevadero ? 

Otro: Pero, ¿para qué querrá la lira ese hombre?... 
¡Siempre la está pidiendo y nunca la usa! 

Estos apartes no llegan hasta el vate , á quien sus 
amigos abrazan estrechamente, prodigándole mil elo- 
gios , mientras con tono dogmático dice el académico 
de las etimologías : 

— Declaro lealmente que yo mismo no hubiera es- 
crito tercetos tan valientes é inspirados. Vengan aquí 
los censores del arroyo; los que critican nuestras per- 
sonas y nuestros resultados colectivos; los que han 
sido calificados de folicularios por un compañero emi- 
nentísimo Vengan y juzguen la admirable con- 
creción con que el poeta alude al crecido número de 
las víctimas y hasta al color de su sangre con sus 
versos: 

Cadavéricos grupos va formando 
Cual mieses rojas férvido Mavorte; 

yo hubiera puesto el feroz en lugar de férvido ; pero 
la omisión de todo artículo es mucho mas académica, 
y mas elegante el esdrújulo. ¡Pues y la admirable 
trasposición de 

Aureas pone coronas en la frente 

Del nuevo, inmarcesibles, gran Orlando. 

¡Que le entren moscas al hipérbaton! ¡Pues quién 
duda que por semejante camino se llega, no á beber 
en la Helicona, sino á destronar al mismísimo Apolo! 

Un ilustre académico roncaba en su sillón sin to- 
mar parte en las contiendas de sus compañeros, hasta 
que un mal intencionado le hizo despertar. 

— -Don Críspulo, si ha de dormirse siempre, ¿por 
qué no está en la cama? 



56 LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

— Porque si no concurro á las juntas, no cobro. 
Esta contestación me hizo comprender que tam- 
bién son hombres los académicos , y están por ende 
sujetos á todo género de debilidades; pero aun sin se- 
mejante detalle lo hubiera comprendido, oyendo á 
dos colegas, discutiendo acalorados sobre la robustez 
relativa de dos bailarinas á la moda. 



Afortunadamente, esta academia solo existe en mis 
sueños , pues ni los académicos de carne y hueso se 
atreverian á negar la intervención de las lenguas pri- 
mitiva y arábiga en la formación del idioma, ni usan 
en sus conversaciones las palabras de matrero, mor- 
laco , gatallon y demás que quedan copiadas de su 
Diccionario; ni osarian, por último, escribir tercetos 
análogos á los que produjo mi invención. Hago estas 
salvedades para que no se interprete mi sueño , ni se 
hagan aplicaciones muy distantes de mi intención. 



EL REDACTOR UNIVERSAL. 



No abunda mucho el tipo ; pero asegurar puedo 
que existe , y hasta que subsiste , precisamente por 
existir; esto es, que la industria da, por lo menos, con 
qué alimentarse al que la ejerce. 

Dado el progreso de los tiempos , el periódico ha 
llegado á ser una necesidad , y para que el periódico 
exista no bastan la imprenta , ni el tipógrafo , si falta 
la primera materia , que no es otra que el trabajo po- 
lítico ó literario del escritor. Y dado también el pro- 
greso, ser hoy periodista es casi una necesidad, como 
fumar cigarros del estanco ó tener deudas ; y puede 



58 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

asegurarse que un cincuenta por ciento de las perso- 
nas que aprenden á escribir, lo hacen, desde que salen 
de palotes , con el preconcebido objeto de consagrarse 
al periodismo , dar forma mas ó menos literaria á su s 
pensamientos, y buscar, ya la gloria, ya el provecho, 
ejercitando tan honrosa profesión. 

No trataré, por cierto , de rebajar yo el mérito de 
mis compañeros en ella ; mas aun , si en mi poder es- 
tuviera, habría de mejorar, por caridad y egoísmo, su 
precario estado , y si hoy me permito sacarles á cola- 
ción en letras de molde , es solo para hacer ver una 
de las fases menos comunes; pero no la menos curiosa 
de la familia, generalizando y sonriendo, porque no es 
mi ánimo retratar individualidades ni conmover á los 
lectores. 

El ingreso en el periodismo no suele obedecer hoy 
á la resolución adoptada por el hombre político , de 
defender por medio de la prensa sus opiniones ; esto, 
si acaso, ocurrirá á los hombres importantes al fun- 
dar un diario , pero en manera alguna á los brazos 
auxiliares de que han de servirse. 

El escritor, generalmente joven, aspira á la publi- 
cidad de sus escritos ó á la remuneración de sus tra- 
bajos . y en ambos casos, fija su ideal en ingresar en 
un periódico. Preténdelo obstinadamente, y para ello 
busca por todos los medios cabida en cualquiera de 
ellos , llámese El gorro frigio ó La Inquisición, El 
término medio ó Las castañuelas. 

La despreocupación que muestra es contagiosa, y 
así como él no pregunta por el color del diario , el di- 
rector de este tampoco le pregunta su procedencia. 

Obtenida después de dificultades , cuya enumera- 
ción no entra en mi propósito , la plaza que constituía 
su mayor anhelo , el novel periodista , que hasta en- 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 59 

tonces habia sido educado en los principios religio- 
sos de su madre y en los de orden de su padre , se ve 
precisado á escribir fondos y sueltos furiosamente 
ateos y demagógicos , y á pedir en todos los tonos el 
establecimiento de la guillotina y la liquidación so- 
cial. Pero el periódico que puede llamarse, como antes 
indiqué, El gorro frigio , se ve herido de muerte por 
desprecio público ó la represión gubernativa, y el re- 
dactor , que habia gastado en él su vigor juvenil y 
su entusiasmo literario, se ve nuevamente en el arroyo. 

Pero su situación ha cambiado mucho; ya no es 
el muchacho desconocido y sin historia que mendi- 
gaba una colocación; ya ha efectuado sus pruebas, 
es conocido , procede de otro periódico, es, en una pa- 
labra, hijo de la prensa, y esto facilita mucho su ad- 
misión en otro diario, en La Inquisición, por ejemplo. 

Allí vuelve á lanzarse al trabajo con igual fe que 
en su primer periódico ; es absolutista , defensor de la 
tradición en todas sus manifestaciones , por absurdas 
que sean, y pide la tortura y la hoguera para todo lo 
que trascienda á liberalismo. Su dócil pluma, que tra- 
zó las glorias de la libertad, traza con igual brio las 
de la tiranía ; califica de infames á sus antiguos com- 
pañeros, y desea un inmenso grillete para aplicárselo 
á la humanidad... como medida preventiva. 

Iniciada su carrera periodística bajo tan buenos 
auspicios, nada le detiene ya; y si no logra la fortuna 
de dar en un diario que alcance larga y próspera vida, 
va recorriendo toda la prensa y poniendo su pluma* 
al servicio de todas las causas. 

Esto es triste, muy triste; pero el periodista es 
hombre, necesita comer, tiene acaso familia, y su fal- 
ta encierra por lo mismo caractéres y circunstancias 
atenuantes. 



60 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

¿Puede achacársele, por otra parte, toda la culpa? 
¿ No la tiene , en gran manera y muy superior por 
cierto , el mundo político en que se agita, pobre des- 
heredado y laborioso jornalero, sin mas aspiración 
que comer y contribuyendo al encumbramiento de 
muchos que teniendo peores condiciones morales 
hasta carecen de su inteligencia y de su instrucción? 

Censurable es el periodista que defiende alternati- 
vamente las mas opuestas opiniones; pero también 
tiene disculpa en el carácter colectivo y anónimo de 
los periódicos. 

«Nosotros — escribe — creemos que D. Fulano es un 
bribón;» y en aquel nosotros desaparece la persona 
del redactor y se levanta nada menos que una agrupa- 
ción ó un partido , para llamar bribón á D. Fulano. 

Si la prensa fuera lo que debia ser , y el periodista 
empezara por firmar sus escritos todos, es casi seguro 
que D. Fulano no aparecería como un bribón en un 
artículo de fondo ó que, en el caso de aparecer, ten- 
dría medios de hacer que se depurase perfectamente 
el origen y la justicia ó injusticia del dictado. 

Pero como esto no es así, el periodista se lava las 
manos y sigue diciendo horrores de cosas y personas, 
que ni le son antipáticas ni siquiera conocidas. 

En camino tan llano, frecuentado y cómodo, el pe- 
riodista no se detiene , y si alcanza ocasión de pro- 
miscuar en política, escribe para dos periódicos, sien- 
do por la mañana furibundo demócrata y conservador 
' rabioso por la noche, y vice- versa; extiende el círculo 
de sus relaciones, prodiga sus trabajos, y acaso dirige 
cartas políticas á media docena de periódicos provin- 
ciales, siguiendo media docena de criterios diversos: 
llega á ser una utilidad, como dicen nuestros vecinos 
los franceses, pero con muy poca suya, y se encuen- 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 61 

tra con las mejores disposiciones, para, en el caso de 
encontrarse sin trabajo, poner en La Correspondencia 
un anuncio concebido en estos ó semejantes términos: 
«Don N. N., periodista, que ha puesto su pluma al 
servicio de todas las causas, solicita colocación. Tiene 
periódicos de todos colores que abonen su conducta; 
es una especialidad para las crónicas extranjeras y las 
revistas de toros; hace fondos y gacetillas, confeccio- 
na, arregla y traduce, y se contentará con un peque- 
ño jornal. También recibirá la ropa usada con que 
gusten favorecerle las buenas almas.» 



PERIODISTAS DE PEGA (1). 



Pido la palabra.... para una cuestión personal. 

Hace clias que mi modesto y oscuro nombre viene 
corriendo por las redacciones de los periódicos, á con- 
secuencia de una recomendación circular hecha á los 
mismos para la inserción de una noticia. No trato de 
examinar la importancia de esta, ni tal puede ser mi 
objeto ; pero la carta en que se recomendaba es apó- 
crifa, mi firmaba sido groseramente suplantada, y ca- 
lumniada mi ortografía. 

Ahora bien ; ¿ cuál puede ser el origen de semejan- 
te delito? ¿Existirá en Madrid alg-una sociedad anóni- 
ma que, utilizando malas artes, pueda alcanzar bene- 
ficios positivos á la sombra de la prensa periódica? 

Recordaré algunos antecedentes, por si acaso 
constituyeran el hilo del ovillo. 

Durante muchos años he estado consagrado al pe- 
riodismo , casi siempre de confeccionador, y en tal 
concepto llegaron á fijar mi atención unas noticias 
que periódicamente lleg*aban por el correo acompaña- 
das de su correspondiente carta , en la cual se veia 
un membrete en seco con el título de algún periódico 



(1) Aun cuando este artículo carece hoy de la oportunidad que tenia 
en Abril de 1875, en que fué escrito y publicado, creo que no esté fuera de 
lugar en un libro que se titula La república de las letras . Por otra 
parte, me parece conveniente que los periodistas de verdad no olviden las 
noticias que doy en mis párrafos acerca de los periodistas de pega. 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 63 

de los que no suelen publicar mas que un número. En 
dicha carta , que firmaba como compañero en la pren- 
sa , un ciudadano cualquiera , se recomendaba el pró- 
ximo nombramiento de D. Fulano para determinado 
cargo; el magnífico té dado en sus salones por don 
Mengano; la boda concertada entre doña Zutanita, 
tan conocida en la buena sociedad, con el joven es- 
critor D. Perengano, etc. Alguna vez, tratando de 
examinar la certeza de la noticia , solo averigüé que 
D. Fulano , á quien indirectamente se recomendaba 
para un destino, habia sido privado del suyo por un 
desfalco ; que los salones de D. Mengano se reducian 
á un sotabanco mal esterado con medio rollo de la 
blanca, y que doña Zutanita era tan desconocida en 
la alta sociedad como su novio D. Perengano en el 
campo de las letras. 

Una vez supe , por el mismo anónimo conducto, 
que habia muerto en una aldea un afamadísimo com- 
positor músico , y aun cuando no habia llegado hasta 
mí el eco de las trompetas de su fama — por cuya ra- 
zón no inserté el anuncio — lo vi mas tarde en casi 
todos los diarios de Madrid. 

Andando el tiempo pude averiguar el desinterés 
con que alguna persona ó sociedad se ocupaba en es- 
tos asuntos , pues dirigiendo La Gaceta popular reci- 
bí la noticia de otro fallecimiento ocurrido en un pue- 
blo , á cuya noticia acompañaban 24 rs. en sellos, im- 
porte- - decia el remitente — de la publicación, con 
arreglo á lo que llevaban los periódicos de Madrid. 

Entonces comprendí todo el mérito del maestro 
compositor, de cuyo fallecimiento no habia querido 
yo dar cuenta al respetable público. 

Por la misma época estuvieron también muy en 
boga los volantes timbrados , reclamando números de 



64 LA REPÚBLICA DE L\S LETRAS. 

periódicos. Como en ellos se indicaba ser para otros 
diarios, el espíritu de compañerismo hacia servir se- 
mejantes pedidos , hasta que la insistencia de los peti- 
cionarios, hizo pensar en la posibilidad de un fraude. 

Este, mientras tanto, seguía impunemente su 
marcha; y si los archivos y contadurías de los teatros 
conservasen ciertos documentos, podrían servir de 
mucho para el esclarecimiento de este asunto. 

La procacidad llegó á tal extremo , que al entrar 
una noche en el teatro del Príncipe el revistero de la 
citada Gacela popular , encontró ocupada su butaca, 
y al hacer constar su derecho, le fué disputado breve 
rato por el individuo en cuestión , hasta que , cam- 
biando de dictámen, desapareció en el primer entreac- 
to. El escritor verdadero , preguntó en Contaduría la 
causa de aquella usurpación , y pudo ver , con gran 
asombro , una tarjeta, en que detrás de un nombre, 
que no era suyo, se decia con litográfica sangre fria: 
Revistero dramático de la Gaceta popular. 

Recuerdo también que una mañana entró en el 
despacho del director-propietario de un célebre perió- 
dico ilustrado de Madrid , un honradísimo comercian- 
te, solicitando hablarle, con gran insistencia. 

— ¿En qué puedo servir á ^d...? preguntó el di- 
rector. 

— Mi objeto es muy natural; vengo á que me diga 
usted cuándo piensa publicar mi retrato y biografía. 

— Caballero , como no tengo el honor 

— Es verdad; pero como ya entregué hace seis me- 
ses mi fotografía , pagando los quinientos reales que 
usted me reclamó 

— Caballero, no siga Vd. adelante. Usted ha sido 
indudablemente víctima de una estafa, pues yo no he 
encargado á nadie semejante comisión. 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 65 

—Dispense Vd. la molestia, y mándeme lo que gus- 
te. Soy X..., comerciante de ultramarinos en la calle 
de 

El pobre industrial , que habia pensado sin duda 
pasar á la posteridad, pudo convencerse de que ni si- 
quiera servia para defender su hacienda contra las 
asechanzas de un estafador. 

No sé si los industriales que há poco tiempo saca- 
ban libros de algunos comercios , con la firma falsifi- 
cada del conde de Toreno , podrán relacionarse con 
los autores de las hazañas relatadas ; pero lo que no 
cabe duda es que los seudo -redactores de periódicos 
imaginarios , los que solicitaban bombos y artículos 
necrológicos , los que pedian números de periódicos 
vivos , tomando el nombre de otros muertos , son los 
mismos que han tenido la bondad de fingir cartas 
mias ,. pidiendo en nombre de mi padre político — que 
no existe— la inserción de sueltos relativos á incom- 
patibilidades de funcionarios. 

Yo agradezco en el alma la cortesía con que mu- 
chos periodistas se han apresurado á insertar lo que 
juzgaban recomendado per mí; pero creo del caso ad- 
vertir que en lo sucesivo, y ya que en las redacciones 
no puedan tener un par de guardias civiles en la an- 
tesala para dar el «quién vive» á los falsificadores, 
será muy conveniente que todo^ el que mande un suel- 
to á un periódico le acompañe con la cédula de vecin- 
dad y la firma de alguna casa de comercio. 

Antes de terminar estas líneas debo dirigir dos pa- 
labraá á la celosa autoridad de la provincia: 

Sr. Gobernador: ¿No le parece á V. E. que los que 
tales artes ejercen merecen ser clasificados entre los 
tomadores, enterradores, timadores, espadistas y otros 
industriales análogos? ¿No le parece á V. E. que re- 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 



5 



66 LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

dundaria en beneficio de todos los hombres honrados 
cuanto se hiciera para descubrir y castigar á los que 
así procuran el desprestigio de la prensa? 

El caso concreto que motiva este artículo supone 
muy poco ciertamente; pero el procedimiento se pres- 
ta á mayores y mas trascendentales abusos, y por eso 
me he decidido á darle publicidad. 



HINCHAR A UN HOMBRE. 



— ¿Pensarán vuesas mercedes ahora que es poco 
trabajo hinchar un perro? preguntaba el loco del pró- 
logo de Cervantes. 

¿Les parece á Vds. , añado yo, poco trabajo hin- 
char á un hombre? 

Pues esto, ni mas ni menos, es lo que en nuestra 
patria se repite diariamente, gracias al periodismo, 
en beneficio de unos pocos y á costa del trabajo de 
muchos. 

Llegan á la capital de España un diputado novel, 



68 LA. "REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

un provinciano rico, un aprendiz de poeta ó un actor 
en agraz; y llegan predestinados á la celebridad. Glo- 
bos vacíos, pasan desapercibidos en un principio, es- 
curriéndose entre la multitud que no les sabe apre- 
ciar; pero un amigo imprudente y periodista da la 
primera señal de alarma, el campanillazo de atención, 
con media docena de líneas hábilmente redactadas. 

«Ha llegado á Madrid — escribe— el joven diputa- 
do por Algarrobillo y Majuelar D. N. N. , cuya acta 
llamará notablemente la atención, así por lo nove- 
lesco de la elección como por las noticias que tene- 
mos del arranque oratorio del diputado, á quien sus 
amigos califican de Cas telar con historia.» 

Si el recien venido no es diputado, y sí solo un 
rico de pueblo, el suelto puede redactarse en estos 
términos: 

«La caridad de D. M. , propietario de Retamarejo, 
reclamaba horizontes mas extensos que los de aquel 
pueblo y su comarca, y se ha venido á Madrid. Los 
pobres madrileños están de enhorabuena.» 
Si es un literato, dirán los periódicos: 
«El renacimiento literario de nuestra patria es una 
verdad innegable. Madrid cuenta desde ayer con un 
nuevo poeta repentista, destinado á ser el encanto de 
los salones. Delante de nosotros improvisó anoche un 
poema épico y puso en verso en cinco minutos la 
plana de anuncios de La Correspondencia. Ha prome- 
tido una tragedia á Vico, un drama á Calvo, una co- 
media á Catalina y un saínete á Mario.» 
Si se trata de un actor, dirá la prensa: 
«Romea no ha muerto; Arjona vive; Valero está 
en Madrid. El genio, carácter y aptitud de los tres se 
encuentran unidos hoy en D. X., jóven actor, cuyos 
triunfos en Villagonzalo, Villanueva y Villamanrique, 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 69 

le auguran brillantísimo porvenir. El empresario del 
teatro de España en la Plaza de la Paja, que le lia 
contratado, hará un negocio loco: el nuevo actor eje- 
cutará para su salida el Otelo y el Manolo, en cuyos 
tipos brilla igualmente por lo flexible de su talento.» 

Gracias á los anteriores sueltos, reproducidos por 
todos los periódicos, el público mas indiferente cono- 
ce la existencia del Castelar con historia, del carita- 
tivo capitalista de Retamarejo, del gran improvisador 
y del intérprete del Otelo y del Manolo. 

Puede darse el caso de que el primero haga fiasco 
en el Congreso, el segundo se limite á remediar sus 
propias necesidades, el tercero no estrene obra que no 
caiga al foso, y la fama del cuarto no pase nunca del 
teatro de la Plaza de la Paja; pero ni esto es lo mas 
general, ni es irremediable, y con tal de que el orador 
hable cinco minutos, y los demás predestinados á la 
celebridad obtengan sus primeros éxitos análogos, 
pueden echarse á dormir, seguros de que la amistad 
y la admiración se encargarán de irles hinchando y 
ponerles en aptitud de que el globo empiece su as- 
censión. 

Y si el mérito efectivo les acompaña; si un valor 
real les hace dignos de elogio, entonces quedarán es- 
tereotipados sus nombres en la prensa, y serán repeti- 
dos incesantemente por todos los labios. El público 
será el coro, mientras canten árias el diputado, el ca- 
pitalista, el poeta y el actor; el ambiente se impreg- 
nará con el incienso, resonarán cánticos de alabanza, 
y el globo se irá hinchando, hinchando; ocupará un 
espacio cincuenta veces mayor que el ocupado en un 
principio, y tratará de remontarse en los aires. 

— ¡Qué discurso el de N. N.! ¡Lo menos le vale una 
cartera ministerial ! 



70 LA REPÚBLICA DE LA.S LETRAS. 

— El llamado al ministerio de Hacienda es D. M., el 
rico propietario de Retamarejo. Entonces, sí, que es- 
tarían de enhorabuena las clases pasivas. 

—¿Cómo lo sabe Vd?.... 

— Por su conducta. M. es un hombre que no sale de 
las bohardillas, habitadas por viudas y exclaustrados, 
en todas las cuales va sembrando beneficios. Asmodeo 
habla de su caridad en todas las revistas de La Epoca, 
y últimamente ha referido que M. se ha casado por 
caridad con una pobre vergonzante , que después re- 
sultó que era huérfana de un grande de España. 

— ¡Gran asunto para un drama! 

— Escribiéndolo está Z., el gran poeta improvisador, 
con tres taquígrafos que no le pueden seguir. Es ad- 
mirable el tal Z.; el mes último hizo y ganó la apues- 
ta de estar hablando treinta y dos horas seguidas en 
octavas reales, quintillas y espinelas. 

—¿Y para quién destina su obra"? 

— Para quién ha de ser sino para X.... el único que 
reúne en su persona las condiciones que separadamen- 
te caracterizaron á Romea, Arjona y Valero ? Eso no 
se pregunta. 

— ¿Y dónde la representará, porque X. no tiene 
teatro?... 

— Trata de construirse uno para él en el centro de 
la Puerta del Sol. 

— ¡Lo que es el talento! Cuando llegó á Madrid tra- 
bajó en la Plaza de la Paja.... 

— Cierto; pero el mérito se abre siempre camino, y 
desde aquel teatro pasó á la Infantil, á Martin, Eslava, 
Variedades, Circo, Comedia, Apolo y Español, y no 
lleg-ó á actuar en el Real por intrigas, envidias y cons- 
piraciones. 

— ¿Y quién edificará el nuevo gran teatro? 



LA REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 71 

— Solo hay en Madrid un capitalista capaz de tan 
alta empresa: el marqués de Retamarejo. 

Estas conversaciones, repetidas hasta lo infinito 
con escasas variantes, contribuyen á hinchar á los 
hombres predestinados á volar; nace el axioma de que 
el orador es una eminencia no menos elevada que el 
pico de Teide; que el capitalista lo es mas que Creso; 
el poeta mayor que Calderón, y el actor mejor que 
Maiquez; el público se acostumbra á pronunciar sus 
nombres con asombro y á escribirlos entre dos signos 
de admiración, y el globo, hinchado ya, sube, sube, 
sube.... hasta perderse de vista. 

Y entretanto, el humilde periodista, que ha prepa- 
rado todo el gas para la ascensión , y que sigue co- 
brando con dificultad sus veinticinco ó treinta duros 
mensuales, repetirá alterando la frase de Cervantes: 

— ¿Les parece á Vds. ahora que es poco trabajo hin- 
char á un hombre? 



ESPÍRITU DE LA PRENSA. 



Un político lia llamado á la prensa el civilizóme tro 
de un pais. 

Traduciendo el bárbaro vocablo, suponga que qui- 
so dar á entender que el periódico daba la medida de 
la civilización de un pais. 

Así parece á primera vista; pero también es cierto 
que si fuera á juzgarse en muchos casos del grado de 
ilustración de un pueblo por lo que son, suponen y 
significan algunos de sus periódicos, habría necesidad 
de despojarse las personas de buena fe de sus habi- 
tuales vestidos, pintarse de negro el cuerpo, clavarse 
en el cráneo algunas plumas, y atravesarse la ternilla 
de la nariz para colgar áureas y macizas sortijas. 

Hace pocos dias leíamos en un diario ministerial: 

«....De este modo solo se conseguiría la ruina del 
pais y su total rebajamiento. A esto aspira el actual 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 73 

Gobierno; esto conseguirá indudablemente con el efi- 
caz apoyo de todos los partidos verdaderamente libe- 
rales.» 

Un mes antes se leia en otro diario de oposición: 
«El doctrinarismo es la muerte del principio gene- 
rador de la libertad social, que no se funda en el me- 
noscabo de los derechos inherentes á la personalidad 
humana.» 

El mismo periódico calificaba al progreso de «ve- 
hículo arrastrado por la conciencia humana.» 

Ya ven Vds. si con semejantes muestras podrá ga- 
nar mucho el crédito de una nación. 

Y no quiero hablar de otros pecadillos veniales de 
la prensa periódica, del volvamos en si, dar datos, im- 
poner impuestos, ni tributar un tributo. Todo esto es 
disculpable sabiendo la precipitación con que se re- 
dactan los diarios políticos, y la falta de buenos cor- 
rectores en las imprentas. Por otra parte, no debe per- 
derse de vista que la literatura política permite ciertas 
licencias y determinados modismos, que gramatical- 
mente son inadmisibles. 

¿No vemos un dia y otro que los políticos hacen 
pais, crean atmósfera y presupuestan, con infracción 
manifiesta de todas las leyes divinas y humanas? 

Todo esto en cuanto á la forma; pues si penetráse- 
mos en el fondo de ciertos artículos, no podríamos 
menos de asombrarnos leyendo que se habla de valor, 
de lealtad y de consecuencia por antonomasia; que se 
habla de conquistas cuando estamos á disposición de 
que nos conquiste la república de Andorra; que nos 
destrozamos fraternalmente en prolongadas luchas 
para comprar el derecho de iniciar suscriciones pa- 
trióticas en favor de los heridos.... 

En fin, cuando un periódico ministerial recomen- 



74 LA. REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 

daba últimamente la urgente necesidad de construir 
un edificio inmenso para cuartel de inválidos , sabi- 
do tendría de lo que somos capaces. Aquí, por lo 
visto, no va á quedar español que tenga un hueso 
sano. 

Pero me alejo del asunto, y necesito volver á él. 
Leo para ello en un diario de provincia: 

« De las personas que acompañan á doña Margari- 
ta, unas montan en otras tantas caballerías; otras, 
etc., etc.» 

«El teatro estaba lleno , y á pesar de ello se aplau- 
dió la ejecución.» 
En otro : 

«Es necesario que el Gobierno caduque la con- 
cesión.» 

El ejemplo es tan contagioso , que los anuncian- 
tes han osado entablar la competencia con los perio- 
distas de profesión , y vemos en La Correspondencia 
que hay una joven para doncella ó para todo, aptitud 
algo inmoral aquí para inter nos. Vemos en uno de 
los anuncios del célebre inventor Brea la recomenda- 
ción de una tintura para hacerse lunares, y la obser- 
vación de que , pintándolos junto á la boca , significa 
que esta es desadora. Vemos que se traspasa una 
huerta, sin expresar con qué instrumento. Vemos que 
se solicitan huéspedes para casas que no son de hués- 
pedes. Vemos que un joven estudiante desea colocar- 
se de ayuda de cámara, siempre que pueda seguir sus 
cursos. 

A lo mejor solicita nuestra atención el anuncio de 
un oculista que promete curar todos los males de la 
vista, ya sean crónicos, ya incipientes, y devolver la 
hermosura, ó bien no podemos dejar de contemplar 
admirados otro anuncio (muy repetido), en que su 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 75 

autor, abusando del imperativo dice al respetable 
público : 

« í Oigan los sordos ! » 

Ayer , en un periódico barcelonés , lie leido este 
otro aviso: «Ha desaparecido de la casa paterna (aquí 
las señas, que omito) un joven de unos catorce años 
que deMa examinarse de matemáticas.» 

En mi santo horror á la ciencia del cálculo, com- 
prendo , aunque no disculpo , la desaparición ; pero 
con semejantes señas , no será muy fácil que dé con 
el prófugo la policía. 

En la prensa periódica se encuentran, en compen- 
sación de estos disparates , rasg*os ingeniosos, frases 
intencionadas y atrevidas , períodos verdaderamente 
inspirados y artículos notables por su alcance políti- 
co y social. 

Uno solo de estos rasgos no puede compensarse 
con la humilde retribución del periodista. 



CÓDIGO DE UN MALDICIENTE. 



Mi amigo Estéban, por causas que desconozco, 
profesa á la literatura un odio cordialisimo , y en mas 
de una ocasión he tenido que discutir con él para in- 
tentar convencerle de su injusticia. Debo añadir, en 
honor de su obstinación , que tiene la cabeza bastante 
dura , y que todos mis esfuerzos han sido inútiles; 
pero , por un fenómeno inexplicable , mi amigo Esté- 
ban suele cultivar las letras y con éxito bastante en- 
vidiable. Su trabajo mas reciente es una especie de 
código literario , cuya publicación me permite y que 
sigue á' estas líneas. 

Debo manifestar , no obstante , como advertencia 
prévia, que no estoy conforme con sus exageraciones, 
y que si bien algunas veces pone el dedo en la llaga 
y castiga con justicia determinados vicios , su escrito 
solo puede aceptarse como el desahogo de un maldi- 
ciente, que por otra $arte es inofensivo y simpático. 

Hé aquí ahora el escrito de mi amigo Estéban: 

TÍTULO PRIMERO. 

DE LOS ESCRITORES. 

• Artículo 1.° Para ser escritor públiq^, basta for- 
mar la letra de modo que los cajistas la comprendan, 
aunque sea con trabajo. 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 77 

Art. 2.° Convendrá, pero no será indispensable 
requisito, conocer las cuatro reglas de la aritmética y 
el número de partes que tiene el mundo. 

Art. 3.° Para ser escritor deberá correrse la voz de 
que uno lo es ó piensa serlo ; mandar la noticia redac- 
tada á La Correspondencia , y fingir después asom- 
bro al leerla en letras de molde. 

Art. 4.° Para facilitar la profesión se dividirá esta 
en especialidades , formándose cinco grupos de : pe- 
riodistas, autores dramáticos , poetas líricos , novelis- 
tas y críticos. Los que pertenecen á cualquiera de les 
últimos cuatro grupos , podrán aspirar á un sillón en 
la Academia. 

TÍTULO II. 

DE LOS PERIODISTAS. 

Art. 5.° Son periodistas todos cuantos contribuyen 
á la formación de un periódico , ya escribiendo algún 
artículo , suelto ó gacetilla , ya cortándolos de otros 
periódicos, ya limitándose á ir por noticias redactadas 
á los Ministerios ó Casas de Socorro. 

Art. 6.° Para escribir artículos de fondo, bastará 
coger un libro antiguo y copiar varios párrafos de él, 
procurando alterar su colocación ó cambiar alg-un 
calificativo. Como el articulista puede sostener polé- 
micas , le bastará para ello averiguar el nombre de 
su competidor , saber si es alto ó bajo, feo ó bonito, 
venturoso ó desdichado en su casa , y confundirle pú- 
blicamente , diciendo si su mujer le engaña ó debe al 
sastre cuatro pares de pantalones. 

Art. 7.° Para redactar un suelto basta saber decir 
oportunamente una frase agresiva , formar un juego 



78 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

de palabras ú ocultar la verdad de un suceso, presen- 
tándolo al revés. Como los artículos van cayendo en 
desuso, el suelto político es la literatura del porvenir. 

Art. 8.° El gacetillero debe empezar por vestir con 
elegancia, saber plagiar los versos humorísticos de 
escritores antiguos , asistir á los estrenos dramáticos, 
hacer el juicio de una obra citando los nombres de los 
concurrentes, dominar el vocabulario taurómaco y 
tener un estómago que le permita comer dos ó tres 
veces, si se presenta la ocasión , aplicando el sobrante 
de alimento de unos dias á la falta que sienta en otros. 
Estas trasferencias alimenticias son muy del caso, 
dados los mezquinos rendimientos del empleo. 

Art. 9.° El redactor de tijera debe emplearla sin 
duelo , haciendo que corra fácil é inteligente por las 
columnas de los demás periódicos. En el noble horror 
que debe profesar á la pluma y al tintero , se limitará 
á reproducir lo que no necesite alterar siquiera los 
tiempos de los verbos ó cambiar las fechas. Para ello, 
viendo la Gaceta, cortará la parte dispositiva de los 
decretos ; tomará los sumarios de los periódicos y re- 
vistas y hará que su tijera viaje por las noticias y ga- 
cetillas, convirtiendo el papel en una criba. En la 
prensa de provincias tomará también las secciones 
locales. 

Art. 10. El redactor de la sección extranjera, si 
su periódico es de la mañana , cortará las noticias que 
haya traducido algún diario de la noche , y si es ves- 
pertino, utilizará el trabajo de los de la mañana. Si, 
lo que no es de creer , el incauto traductor hubiese 
comentado la noticia, se dejará el comentario , si es 
favorable á las ideas que defiende, ó se destruirá en 
caso contrario. 

Art. 11. El redactor noticiero debe saber atravesar 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 79 

por las antesalas sin dirigir la palabra á los porteros; 
entrar en las oficinas sin permiso de nadie; escuchar 
detrás de las puertas; coger los papeles de las mesas 
de los ministros, y retener en la memoria los asuntos 
á que se refieren ; convidarse donde no le conviden; 
acudir donde no le llamen; poner buena cara á los que 
le favorezcan, y no ofenderse si le insultan. Si algún 
presidente del Consejo estuviese en la agonía, el noti- 
ciero deberá colocarse en la alcoba , esconderse entre 
las cortinas de la cama, é ir apuntando las fases de la 
enfermedad y los detalles de la agonía. Si acude á un 
incendio y ve á una madre medio loca por la muerte 
de su hijo, presa de las llamas, el noticiero deberá pa- 
rar á dicha mujer y preguntarle su nombre, el de su 
hijo, la edad de ambos , el oficio del marido-, y si es 
posible, algunas noticias del traje que tenia la vícti- 
ma, y todos los detalles de su muerte. Si el noticiero 
ve que un ministro corre, le parará para saber la cau- 
sa. Si delante de él abren una carta procedente de al- 
gún punto en que arda la guerra civil, deberá poner- 
se de puntillas y leer por encima del hombro del des- 
tinatario. Si algún desgraciado atenta en vano contra 
su vida, no dejará que los médicos le hagan la prime- 
ra cura sin que le declare las causas de su desespera- 
do intento. Si ve un cadáver en la calle , le registrará 
los bolsillos para ver de identificar su persona antes 
de que llegue la autoridad judicial. Si ha oido hablar 
de un desafío por cuestiones femeninas, averiguará y 
publicará el nombre de la interesada, con los detalles 
necesarios si se trata de una mujer casada. Finalmen- 
te, si al pasear las calles ve que entra la Extremaun- 
ción en casa de un hombre importante , se apresurará 
á decir que ha muerto, aun cuando una crisis favora- 
ble le haya restituido al enfermo la salud. El cargo 



80 Lf REPÚBLICA. DE LA.S LETRA.S. 

de noticiero requiere muchos piés , mucha lengua y 
mucha osadía; las demás condiciones son fruto de la 
práctica. 

Art. 12. Todo periodista tiene la obligación de in- 
censar á sus amigos, aun cuando sean unos tunantes, 
y de deprimir á sus contrarios, aunque sean unos 
santos. 

Art. 13. El periodista debe saber tirar al sable y 
almorzar en Fornos, declarar ante los tribunales, é 
interrumpir desde una tribuna. Son los deberes que 
tiene que cumplir con mayor frecuencia. 

También debe tener un catre de lona por si le lle- 
van al Saladero, y una maleta de mano y una manta 
de viaje por si le mandan á Fernando Póo. 

Art. 14. Para fundar un periódico político ó litera- 
rio, basta conocer á un impresor y á un almacenista 
de papel, y prometer pagarles su trabajo y mercan- 
cía; promesa que compromete muy poco y que ya es 
costumbre no cumplir. Se reparten prospectos, se rea- 
liza una corta suscricion, y después se contrata con la 
política, con la banca ó el comercio, el carácter de la 
publicación, se buscan subvenciones, se amordaza á 
la conciencia, y se crea el periodista una bonita po- 
sición . 

Art. 15. El periodismo literario ofrece pocos ali- 
cientes, pero debe consagrarse á él todo el que escri- 
ba para el teatro y no logre ver sus obras representa- 
das, todo el que haga versos y se juzgue ser poeta, y 
finalmente, todos cuantos deseen entrar en la cate- 
goría de jóvenes conocidos, cualquiera que sea su 
edad. 

Art. 16. El periodista debe mirar alto, toser recio; 
hablar mucho, estudiar poco y comer gratis. Le pue- 
de ser muy conveniente, si no tiene periódico, tim- 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 81 

brar papel con el título de alguna publicación imagi- 
naria, y escribir cartas á la prensa pidiendo la inser- 
ción de bombos, y á las empresas de teatros recla- 
mando butacas; poner en la cédula de vecindad que 
es de profesión periodista , y hablar frecuentemente 
de Juan Eugenio, Tomás ó Antonio, cuando se refiera 
á los señores Hartzembusch , Rubí ó García Gu- 
tiérrez. 

Art. 17. Quedan derogadas todas las costumbres 
periodísticas que se opongan á lo prescrito en los ar- 
tículos anteriores. 

TÍTULO III. 

DE LOS AUTORES DRAMÁTICOS. 

Art. 18. Para ser autor dramático, será condición 
indispensable disponer del tiempo necesario para pa- 
sar el dia haciendo antesalas y la noche haciendo cor- 
tesías á empresarios, actores, maquinistas y bailarines 
de ambos sexos. 

Art. 19. Será conveniente saber traducir comedias 
ó modernizar las del antiguo teatro español. 

Art. 20. El autor dramático, si no quiere perder el 
producto íntegro de su trabajo, consentirá en vender 
sus producciones á cualquier precio , ó en cobrar lo 
que quieran darle las empresas, haciendo caso omiso 
de las prescripciones de la ley de propiedad literaria. 

Art. 21. Si algún autor dramático lo fuese de ve- 
ras , se guardará mucho de escribir obras siguiendo 
su inspiración. En vez de esto tendrá la previsión de 
estudiar los cuadros de compañías , para que en su 
drama solo luzca el primer acto ó la primera dama, 
consintiendo á lo sumo en que el] gracioso arranque 

LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 6 



82 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

algunas risas , que no perjudiquen á la ovación de su 
protector. En una palabra , hará sus obras d la medi- 
da de los actores, si quiere que los actores ejecuten 
sus obras. 

Art. 22. En las noches de estreno ocupará el pri- 
mer bastidor, para presentarse en escena en cuanto el 
jefe de los alabarderos dé la consigna de «¡Que salga 
el autor!» 

Art. 23. Para los efectos del anterior artículo , se 
entiende por autor de una obra al que dice que lo es. 

Art. 24. El autor dramático que no venda sus 
obras y las ponga en la administración (1) 

Art. 25. Quedan prohibidas las colaboraciones, 
para que cada uno sea hijo de sus obras en vez de 
padre de las ajenas, y se recomienda á los autores 
célebres que alguna vez en el año dejen á los noveles 
la alternativa, para que los jóvenes literatos no sean 
de peor condición que los toreros. 

Art. 26. Las autoridades cuidarán de que en los 
teatros no haya saloncillo ni autores de la casa. 

TÍTULO IV. 

DE LOS POETAS LÍRICOS. 

Art. 27. El ser poeta lírico no constituye ni puede 
constituir profesión; los editores han convenido en 
que los versos no deben pagarse. Y la verdad es que 
la abundancia del género disculpa su menosprecio en 
la plaza. 



(1) En el original de mi amigo Estéban faltaba una cuartilla entera, 
que indudablemente debería referirse por entero á tan importante asun- 
to, pues, salvada la laguna, seguian correlativos los artículos. Es sensi- 
ble semejante falta. 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 83 

Art. 28. Los poetas líricos están autorizados, en 
cambio , para abusar de todas las vulgaridades poé- 
ticas , así de fondo como de forma. Respecto á lo pri- 
mero, nada hay que recomendarles; hace mucho 
tiempo que la poesía es completamente hueca. En 
cuanto á la forma , la irá dando la moda ; ayer escri- 
bían Doloras, después Cantares, hoy Pequeños poe- 
mas : mañana escribirán Poemas microscópicos ó In- 
fusorios Uricos , lo que quiera la extravagancia de 
cualquier hombre eminente. 

Art. 29. El poeta lírico empezará publicando un 
tomo de Ensayos poéticos, de cuya obra venderá tres 
ejemplares en la librería y el resto en una tienda de 
ultramarinos (1); después traducirá á los poetas ale- 
manes , utilizando al efecto sus nociones de lengua 
francesa; manchará todos los albums y abanicos que 
caigan en sus manos , y acabará por abandonar la 
poesía lírica, si quiere no morirse de hambre. Se le 
permite que de vez en cuando vuelva á escribir en 
verso, con tal de que no diga que descuelga su em- 
polvada lira, ñique invoque á las musas, ni hable 
de su inspiración, calumniando á los ausentes. 

Art. 30. Queda prohibido, bajo la pena del ridícu- 
lo , que los poetas líricos vuelvan á usar las conso- 
nantes de alma y calma, padre y cuadre, hija y afli- 
ja , y todos los participios acabados en ado é ido , y 
gerundios en ando y endo. Aunque la medida parece 
severa , no lo es , si se atiende á que por el mundo 
corren impresas redondillas como esta: 



(1) Mi amigo Esteban ha evocado en mi alma penosos recuerdos. Sin 
embargo, el autor de este libro vendió hasta cinco ejemplares de su pri- 
mer tomo de versos en las librerías. ¿Quiénes serian los desdichados que 
los adquirieron? 



;S4 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 



Te diré aunque no te cuadre 
Y aunque el decirlo me aflija, 
Que no puede ser buena hija 
La que asesina á su padre. 

Art. 31. Quedan abolidos para siempre los suspi- 
rillos germánicos de que habla Nuñez de Arce. 

TÍTULO V. 

DE LOS NOVELISTAS. 

Art. 32. Para ser novelistas hay que estudiar á los 
que lo son actualmente, y hacer precisamente lo con- 
trario de lo que estos hacen. 

TÍTULO VI. 

DE LOS CRÍTICOS. 

Art. 33. El crítico tiene la misión de entregar al 
encargado de la imprenta los juicios que de sus pro- 
pias obras escriban los autores. Es la única manera 
de que vivan en paz y no se creen enemigos en la re- 
pública de las letras. 

(Es copia-) 



• 



RECUERDOS PERIODÍSTICOS. 



(la gaceta popular.) 

Un reputado periodista proyecta , seg*un acabo de 
leer, trazar la historia del periodismo español en mo- 
nografías independientes , pero que constituyan , una 
vez unidas , la apología del ingrato trabajo realizado 
por cuantos consagran sus vigilias á la defensa de los 
grandes intereses políticos y sociales , encomendada á 
la prensa periódica. En mi deseo de ser útil al escri- 
tor aludido, no quiero desperdiciar esta ocasión que 
se me presenta de evocar gratos recuerdos, dedicando 
algunos párrafos á un periódico , que si ha sido olvi- 
dado por el público , no debe serlo por quien se honró 
confeccionándolo en un principio y dirigiéndolo des- 
pués; me refiero á La Gaceta popular. Descarte el fu- 
turo historiador todas mis impresiones personales y 
encontrará en los párrafos que sig'uen la triste y ver- 
dadera historia de dicho diario. 

La proclamación de la república en Febrero de 
1873 , habia producido , entre otras funestas conse- 
cuencias , una que personalmente lo era mucho para 
mí; la desaparición del periódico en que escribía y la 
consiguiente disponibilidad de mi persona y de mi 
pluma para todo cuanto pudiera contribuir á cubrir 
mas ó menos mis atenciones. No eran ciertamente 
los tiempos muy favorables para el ejercicio literario, 



86 LA. REPÚBLICA DE LA.S LETRA.S. 

y acaso hubiera tenido que reducirme á imitar la ter- 
rible determinación del conde Ugolino , que nos re- 
fiere Dante en su Infierno , si la Providencia no hu- 
biera acudido prontamente en mi auxilio, permitién- 
dome continuar la vida periodística y relevándome 
por consig-uiente de tener, que comerme á mis hijos, 
como hizo el célebre prisionero de la torre de Pisa. 
Para realizar aquella solución, la Providencia habia 
adoptado la forma de mi amigo Julio Nombela , in- 
cansable fundador de periódicos, y que á la sazón 
verificaba la propaganda del que habia de titularse 
La Gaceta Popular. 

El programa de dicho periódico no podia ser mas 
noble, y ahora que ya no vive, puedo elogiarlo des- 
interesadamente. Abog*ar por el trabajo, por la mo- 
ral y por la familia; ser el centinela avanzado de 
todos los descubrimientos y adelantos que pudie- 
ran realizarse en la industria; defender al verda- 
dero pueblo que trabaja, sufre y calla; seg'uir al dia 
el movimiento literario y artístico en trabajos es- 
peciales; finalmente, publicar tantas noticias como el 
periódico que publicase mas, y revestirlas, siempre 
que fuera posible, de la novedad, enriqueciéndolas 
con el detalle; tales eran los móviles que impulsaban 
á Nombela y que todos acogemos con entusiasmo. 
Poco aficionados al anónimo, rompimos con la cos- 
tumbre establecida y firmamos nuestros escritos; y 
para que el nuevo periódico fuera completamente in- 
dependiente, á ning-uno de sus redactores se pregun- 
tó de dónde procedía, ni cuáles eran las ideas políti- 
cas de su predilección. Si estaba conforme con el pro- 
grama social de la Gaceta, poco importaba que admi- 
rase á Sag-asta ó á Zorrilla, que soñara con D. Carlos 
ó ag-uardase la restauración. Estas aficiones respecti- 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 87 

vas se podían discutir amistosamente en la redacción; 
pero en el momento en que hubieran constado en 
cuartillas, la prévia censura del confeccionador las 
habría anulado en el cesto de los papeles rotos. Debo 
decir, en honor de la verdad, que fueron muy conta- 
das las ocasiones en que ocurrió esto, y que todos 
procedíamos con tal compañerismo, que era muy co- 
mún el olvido de las gerarquías, hasta el punto de 
llamar al orden al director, las pocas veces en que el 
director se escurría. Y todo esto sin una protesta, sin 
un disgusto, sin las eternas y tradicionales suspica- 
cias de la profesión periodística, sin las variaciones 
de personal, tan frecuentes en otros diarios. 

Para que fuera una verdad la completa indepen- 
dencia política del nuevo periódico, habíase rodeado 
Nombela de los elementos mas opuestos, así en la re- 
dacción, como en la colaboración habitual. El direc- 
tor de La Gaceta Popular, no desengañado aun de 
las miserias del bando carlista, juzgaba posible y aca- 
so beneficioso para España el triunfo de D. Carlos; 
José Fernandez Bremon, consecuente á la bandera 
alfonsista, era uno de los redactores mas asiduos, 
participando de sus aspiraciones el notable jurista, 
que ha logrado una sólida reputación literaria para 
el pseudónimo de Lucio Viñas y Deza y acaso 
algunos otros redactores; Francisco Muñoz, no muy 
definido en política, ganaba con creces su suel- 
do, presenciando diariamente ¡infeliz! las peleas par- 
lamentarias, y Conrado Solsona y otros redactores 
noticieros daban un barniz liberal á la publicación 
conservadora. Junto á las firmas anteriores se veian 
frecuentemente algunas tan significadas en el campo 
democrático como las de Luis Vidart, Manuel Mato- 
ses ó Mariano Lerroux, la de Ramón Chico de 



88 LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

man, afiliado entonces en el partido constitucional, y 
las mas ó menos incoloras dentro del campo político, 
de Ricardo Sepúlveda, Modesto Fernandez, Henales, 
Antonio de Trueba, Luis Alvarez Albistur, Juan Bau- 
tista Perales, José del Castillo y Soriano y otros. 

Con elementos tan heterogéneos, no era cierta- 
mente muy sencillo que averiguase el respetable pú- 
blico el color del diario, á que desde un principio dis- 
tinguió notablemente. Así se explica que alguna 
confidencia carlista hiciera sospechar que La Gaceta 
defendía la causa del Pretendiente, y que la prensa 
periódica, ignorante de la cariñosa amistad particular 
que meunia con Nicolás Estévanez, tomara pié de al- 
gunas noticias para calificar á nuestro diario de ór- 
gano del célebre Gobernador de Madrid. 

Un ejemplo bastará para que se comprenda el de- 
seo que á todos nos animaba de destruir injustas in- 
terpretaciones: la guerra civil era por entonces el 
asunto mas difícil de tratar, y para satisfacer á todos 
los gustos, habíamos adoptado una extraña subdivi- 
sión, que comprendía las noticias de origen oficial, las 
de origen liberal y las de origen carlista. Estos previ- 
sores epígrafes no fueron bastantes, sin embargo, 
para impedir que tuviera que sentarme ante un juez, 
y en el banquillo de los acusados, por el delito de ha- 
ber reproducido algunos párrafos que sin correctivo 
alguno se habían publicado en la prensa carlista de 
la noche anterior. Debo añadir, en honra de la judi- 
catura, que el periódico fué absuelto libremente y 
que el asunto no tuvo ulteriores consecuencias. 

Dicha imparcialidad práctica podría comprobarse 
aun con nuevos ejemplos, tales como el de haberse 
encontrado mas de una vez en la redacción un título 
del reino, llamado á ser en lo sucesivo Ministro de 



LA. REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 89 

D. Cárlos, y la célebre guerrillera garibaldina Mina 
Puccinelli, en cuyo loor trabajó la alfonsina pluma 
de Fernandez Bremon; las numerosas cartas en que 
el público nos alentaba simultáneamente á perseverar 
ya en la defensa de los intereses mas retrógrados, ya 
en la propaganda de las teorías mas revolucionarias. 
Finalmente, el mismo Julio Nombela, creyendo que 
su personalidad pudiera prestar color político á la pu- 
blicación, renunció á seguir dirigiéndola, y los pro- 
pietarios de La Gaceta se fijaron en mi humilde nom- 
bre para ponerlo al frente de aquel diario. Aquella 
designación inmerecida constituye una de las distin- 
ciones mas honrosas de mi ya larga vida literaria. 
Permitáseme, pues, la vanagloria de consignarla á 
cuenta de los muchos disgustos que el periodismo oca- 
siona. 

Aun cuando la época á que me vengo refiriendo 
es bien próxima á la actual, no puedo menos de re- 
cordar con verdadero encanto aquel período de acti- 
vidad, de entusiasmo y de juventud, en que unidos 
fraternalmente seis ú ocho escritores de las mas 
opuestas ideas políticas, nos consagrábamos por ente- 
ro á fomentar una publicación que alcanzó en breves 
meses una tirada de seis mil números, y cuyo carác- 
ter de interés general ha sido parodiado mas tarde 
por otros periódicos en secciones especiales. En la re- 
dacción de La Gaceta Popular establecida en un mo- 
desto cuarto principal de la calle del Lobo, se discu- 
tían las tésis mas contradictorias dentro de la políti- 
ca, la filosofía y el arte; discusiones interrumpidas 
muchas veces por el ruido del motín en las calles ó 
por otros sucesos de índole particular, como el feroz 
combate sostenido á tiros en una casa de enfrente en- 
tre un desgraciado aguador y numerosos agentes de 



90 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

la autoridad, durante largas horas. Y al retirarnos 
por la madrugada podíamos con harta frecuencia sa- 
tisfacer nuestro deseo de emociones, ya escuchando 
en la calle de Sevilla el ruido de un célebre combate 
librado en una pastelería, ya viendo á la población 
convertida en un campamento, por si los constitucio- 
nales se habían posesionado ó no de la Plaza de Toros, 
ya observando las cercanías del Congreso converti- 
das en un campo de amapolas, movido por el viento 
de la impaciencia, mientras en el recinto de las leyes 
se discutían las bases de la organización federal, y 
los cuerpos francos daban ejemplo al mundo de mo- 
ralidad y de templanza, con el planteamiento de la teo- 
ría del amor libre. 

Al recordar aquel período, no puedo menos de pre- 
guntar si es completamente cierto, como dijo el poe- 
ta, que 

«cualquiera tiempo pasado 
fué mejor.» 

Si los años , que ya empiezan á pesarme , me mue- 
ven á la afirmativa , las desdichas que en 1873 ago- 
biaban á la patria me impulsan á la negación. De 
todas maneras , compensando los inconvenientes con 
las ventajas, casi estoy por dar la razón al poeta, si- 
quiera por el placer con que actualmente evoco estos 
recuerdos. 

La extraña situación que por entonces atravesaba 
la prensa , constituía una perpétua amenaza para La 
Gaceta JPojmlar , cuyos propietarios habían indicado 
mas de una vez el propósito de darle muerte violenta. 
Poco grato era ciertamente el riesgo de las multas, y 
en una reunión de periodistas , celebrada en el despa- 
cho del Sr. Maisonnave , tuve la audacia de juzgar 



LA REPÚBLICA. DE LA.S LETRAS. 91 

preferible al sistema entonces vigente el del depósito, 
editor responsable y censura prévia, aunque fuere 
ejercida por comisiones militares; opinión que fué 
acogida con grandes protestas, y apoyada solamente, 
según creo recordar, por los directores de La Epoca y 
El Eco de España. Debo, no obstante, decir en obse- 
quio de la verdad , que aquel Gobierno republicano 
utilizó en muy corta escala sus atribuciones , y que si 
bien la ley no garantizaba los derechos del escritor, 
la jurisprudencia establecida era relativamente bené- 
vola. La Gaceta Popular hubiera, pues, podido vivir 
y habría vivido largos años sin el conjunto de circuns- 
tancias , que influyendo sobre sus propietarios , deter- 
minaron la muerte de la misma ; pero aun en sus úl- 
timos momentos , tuvo la suerte de registrar en sus 
columnas la iniciativa de un pensamiento patriótico, 
que si aun no se ha realizado, no es dudoso que con 
el tiempo se logrará. 

Bretón de los Herreros habia muerto, y su cadáver 
acababa de ser entregado á la tierra con modesta sen- 
cillez. Sus admiradores, sus discípulos, cuantos supie- 
ron apreciar lo inmenso de la pérdida que España ha- 
bia sufrido , acompañaron hasta su última morada el 
cuerpo del príncipe de nuestros poetas cómicos ; pero 
los redactores de La Gaceta Popular creímos muy es- 
casa aquella manifestación del duelo nacional , creí- 
mos que era estrecha sepultura para un genio la que 
se le acababa de dar , y que en este pais en que tanto 
abundan los monumentos de hombres políticos, no 
seria excesiva generosidad ni vanagloria levantar un 
modesto túmulo al autor de cien obras admirables; y 
sin consultar mas que nuestro entusiasmo , iniciamos 
en La Gacela la idea de pagar con un modesto monu- 
mento sepulcral al poeta que nos habia legado un 



92 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

teatro, al inimitable escritor que habia formado nues- 
tro gusto ; haciéndonos reir ó llorar , á su capricho, 
pero haciéndonos admirarle siempre (1). Todos los 
amantes de las glorias de España se apresuraron á 
significarnos su adhesión , y al dejar de publicarse La 
Gacela en 20 de Noviembre, pude oficiar á la Asocia- 
ción de Escritores y Artistas, remitiéndole adhesiones 
y ofrecimientos de todas clases, para que en vista de 
ellos procurase llevar á la práctica un pensamiento, 
que nuestro periódico solo, de tener mayor vida, ha- 
bría seguramente realizado. Díjose por entonces, que 
la Sociedad hacia suyo el pensamiento; díjose que una 
comisión especial lo realizaría, pero muy en breve se 
cumplirá el tercer aniversario de la muerte de Bretón, 
y seguirá todo como el primer dia. ¿Habíamos de pres- 
cindir por el autor de Marcela de nuestro carácter? 

Hoy no se encuentran ya ejemplares de muchas de 
sus obras; dentro de algunos años sabremos, solamen- 
te por tradición , que Bretón de los Herreros no fué 
una entidad fabulosa ; pero colección de sus escritos, 
monumento sepulcral.... ¿quién se acuerda de seme- 
jantes pequeñeces? 

Incidentalmente he citado la fecha del 20 de No- 
viembre de 1873. Es precisamente la del dia en que un 
periódico publicaba el suelto que voy á copiar, oración 
fúnebre que piadosamente necesito recoger para cer- 
rar este artículo. 

«No creemos que en la historia del periodismo 
exista ejemplo alguno de la muerte de un periódico 
que haya llegado á tener una tirada de seis mil ejem- 



(1) Las citadas frases son de la carta que en 20 de Noviembre de 1873 
dirigió el autor de este artículo al presidente de la Asociación de Escri- 
tores y Artistas, haciéndole entrega de varios preciosos antecedentes 
para la realización del pensamiento. 



# 

LA. REPÚBLICA DE LA.S LETRAS. 93 

piares á los pocos meses de su publicación, y mucho 
menos cuando el periódico carezca de carácter políti- 
co y no esté obligado, por consiguiente, á sufrir la 
suerte de uno dé los partidos militantes. Esto, sin em- 
bargo, ha ocurrido á La G 'aceta Popular, que tan fa- 
vorable acogida encontraba en todas las clases de la 
sociedad, y muy especialmente entre las personas que, 
enemigas de la política por los males que ocasiona, 
buscan el verdadero progreso y la fortuna verdadera 
del pais por medio del desarrollo de las fuentes de la 
riqueza, tan olvidadas hoy. La Gaceta Popular, du- 
rante los nueve meses de su publicación , ha hecho 
algo, mas que proporcionar una lectura agradable ; ha 
seguido dia por dia el movimiento científico, literario, 
agrícola é industrial, no solo de España, sino de las 
naciones que marchan á la cabeza de la civilización. 
Ha publicado variados y numerosos artículos relati- 
vos á todos los ramos del saber humano; y rompiendo 
con el tradicional anónimo en que se encuentra el 
periodismo, ha exhibido en el terreno neutral en que 
rendia culto al talento y al trabajo, las firmas de las 
señoras Grassi, Sinués de Marco, condesa de Valde- 
flores, Mainat y algunas otras, y las de los señores 
Trueba, Vidart, Fernandez y González (D. Modesto), 
Alvarez Albistur, Juan de Niza, Nombela, Viñas y 
Deza, Juan de Madrid, Santoyo, Llanos y Alcaráz, 
Fernandez Bremon, Sepúlveda, Guerrero, Ramos Car- 
rion, Chico de Guzman, Perales, Muñoz y Ruiz, Ceba- 
llos Quintana, Castillo y Soriano, Cabiedes, Juderías 
Bénder, Solsona, Matoses, Alabern, Lerroux, Castell- 
ví, Ossorio y Bernard, y otros muchos que han hecho 
de La Gaceta Popular una curiosísima enciclopedia. 
El último acto en que ejercitó su iniciativa, fué el de 
elevar á Bretón de los Herreros un monumento sepul- 



94 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

eral digno de su grandeza , idea que cuenta ya con 
numerosas adhesiones y ofrecimientos.» 

Tal fué La Gaceta Popular. ¿Será posible que no 
llegue á publicarse otro diario de condiciones análo- 
gas? ¿Habremos de continuar desgarrando el seno de 
la patria con estériles luchas políticas? 

El porvenir se encargará de dar cumplida respues- 
ta á las dudas que acabo de manifestar. 



LOS SABIOS. 



Hay necesidad de destruir una preocupación, tan 
general como arraigada, y no es otro el objeto que 
en estos párrafos me propongo ; pero como el asunto 
es muy árduo y mis fuerzas muy cortas , me limitaré 
á unas cuantas indicaciones, dejando á plumas me- 
jor fabricadas que la mia el cuidado de dilucidar 
completamente el tema. 

La preocupación no es otra que la vulgaridad de 
suponer que para ser un sabio hay necesidad de estu- 
diar ; cuando solo se requiere sentar plaza de tal y 
encargar á los amigos que corran la voz. 

Sí , apreciables padres de familia , chapados á la 
antigua y que os empeñáis en y para dar estudios á 
vuestros hijos; sí, aplicados jóvenes que os quemáis 
las pestañas y os calentáis la frente, desentrañando 
las afirmaciones científicas. Estáis en el mas craso de 
los errores , é ignoráis completamente lo que es el 
mundo al atacar la ciencia por sus prolegómenos, es- 
tudiar las etimologías de las voces y suponer que la 



96 LA. REPÚBLICA DE LA.S LETRAS. 

prótasis debe preceder á la catástrofe , como sostie- 
nen desde Escalíjero y Marmontel hasta el Don Her- 
mógenes de Moratin. 

Hoy la moda exige un cambio radicalísimo, y fa- 
cilita los medios de hacerlo, sentando plaza de sabio 
en vez de comenzar por estudiante , ocupando la tri- 
buna del maestro en vez del banquillo del discípulo, 
y diciendo uno á voz en grito, que no hay problema 
que se le resista , dificultad que le detenga , escollo 
que le ahogue, ni laberinto en que se pierda. 

¿Cuánto habrían tenido que luchar muchos indivi- 
duos, á quienes conoceréis sin duda, en abrirse paso 
y ser justamente apreciados por sus contemporáneos, 
á no haber sentado plaza de sabios? 

¡Cuántos libros habrían tenido que consultar para 
ello ! i Cuántos estudios que hacer en la naturaleza! 
¡Cuántos ensayos que inutilizar! ¡Cuántos desengaños 
que sufrir y cuán poco dinero que contar! 

En vez de eso , unos han afirmado que conocían el 
sanskrito, otros que sabian leer , como en una carti- 
lla , en los terrenos esquistosos y cuaternarios ; otros 
se han hecho poetas de la política , ó políticos de la 
poesía y los mas se han proclamado filósofos , á lo 
Kant ó á lo Krause , para tener el gusto de que nadie 
les entienda, sin el egoísmo de entenderse á sí propios. 

Y, con efecto , han hecho gemir á las prensas y al 
público ; se han presentado en escena , anunciándose 
préviamente como notabilidades , y han hecho todo el 
ruido posible con los cascabeles eruditos y filosóficos 
que rodean sus cuellos. 

Para los mismos, nada hay aceptable ni digno de 
respeto ; las reputaciones caen por tierra , y los mas 
preclaros poetas son unos usurpadores que tienen em- 
baucada á la muchedumbre. Retratar y corregir las 



LA. REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 97 

costumbres por medio del libro ó del teatro, nada vale, 
nada significa al lado de cualquiera de sus diserta- 
ciones sobre el yo y el no yo; conservar el culto de lo 
grande , de lo noble y de lo bueno , es una hipocresía 
indigna de los verdaderos poetas, cuya misión, según 
los sabios, no es otra que llevar á la rima las palpi- 
taciones del ser, entre lo finito y lo infinito. Predicar 
el trabajo es menos digno que concertar dos apoteg- 
mas ; sembrar los principios del cristianismo es un 
atentado contraía supremacía del ser humano; ser 
buenos es equivalente á ser cursis, en este tiempo de 
conferencias filosóficas sobre todo lo que puede saber- 
se y un poquito mas. 

Para juzgar la importancia de los sectarios es con- 
veniente recordar los primores con que se obsequia- 
ban los jefes de las sectas. 

El filósofo Fichte decia del filósofo Kant, que no se 
entendía d si mismo. 

Hegel decia de Krause que no tenia mas que tres 
cuartas partes de cabeza. 

El filósofo español, D. Julián Sanz del Rio, decia 
también las siguientes nebulosidades: 

«Ante el pensamiento de la muerte la vida entera 
se hace asunto sério , con el pensamiento y mira é in- 
tención igual fijo, constante en este fin, no como el 
acabamiento y anonadamiento del vivir (lo cual, en 
absoluto no es pensable ni cognoscible , ni menos es 
imaginable), pues en sí mismo no es (no es de ser ni 
es de cosa que sea), sino todo al contrario, como el 
mas grande asunto del propio vivir , como el punto 
crítico y deslinde crítico ; y la piedra de toque y de 
prueba decisiva é inmediata además , como cada cual 
(cada muriente ó viviente — cada mortal) consigo so- 
bre si vive real y verdaderamente el mismo en propia 

LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS 7 



98 LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

vida racionalmente , ó si vive , él mismo , como es el 
mismo en razón de la vida en propia vitalidad , si 
vive en la propiedad misma de su vida, lo que y 
como él es y se es de suyo (yo) en la certeza y con- 
ciencia propia de su vida como él es y es cierto de sí 
mismo....» 

Y no hace aun mucho que los Sres. Revilla y Ca- 
nalejas, se propusieron demostrar prácticamente que 
en tocando á materias filosóficas, aquí nadie se en- 
tiende, seg-un la célebre frase de un político. 

Lo mas grave del caso es que el eminente poeta 
Campoamor cayó en el lazo , y discutió , aun cuando 
en broma muchas veces , otras en sério , las doctrinas 
del panenteismo ; siguiendo una polémica con los se- 
ñores citados , y publicando artículos y folletos para 
averiguar si el Sr. Canalejas opina como su maestro 
que « la existencia como la esencia puesta es* en sí un 
»contenido de existencialidades ó modalidades , pues 
»la existencia se distingue en sí, primero como origi- 
nalidad ó primordialidad , y bajo originalidad se dis- 
»tingue como la eternidad (idealidad), por oposición 
ȇ la efectividad (temporalidad, existencia sensible), 
»y otra vez bajo existencia se refiere como la eterni- 
»dad en la efectividad , y la efectividad bajo la eter- 
nidad (la continuidad , la vida).» 

Durante el triste período de la última y sangrien- 
ta guerra civil , los filósofos españoles publicaron en 
pocos meses mas de treinta volúmenes indigestos , y 
si algrm desdichado cultivaba la literatura de la fami- 
lia y del hogar , esa literatura que aconseja seguir el 
bien y evitar el mal , los centros de la filosofía y de 
la ilustración, retumbaban con las carcajadas de los 
sabios ; los consejos de los primeros servían de chaco- 
ta y recreación entre las lucubraciones filosóficas de 



LA. REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 99 

los segundos , y no faltó quien empuñando el látigo 
de la crítica, fustigase á los que suponian que vale 
mas el Catecismo del P. Ripalda, que las obras de to- 
dos los filósofos modernos. 

Cumplido este caritativo deber, volvian á engol- 
farse en sus tareas, para declarar que el yo, punto de 
partida de la ciencia, «no es el yo, en tanto que es es- 
»píritu ó cuerpo, sino el yo indeterminado , la simple 
»int uicion yo, que precede á todas las determinacio- 
nes del yo; el yo no es el ser, sino un ser que, á pe- 
»sar de los límites de su existencia , tiene su esencia 
»una y entera, y puede ser considerado como tal.» 

Acaso no estén conformes todos los sabios con se- 
mejante doctrina, y combatan por ella á su autor Ti- 
bergkien; pero en cambio no podrán menos de acep- 
tar, con el mismo filósofo, que la idea es Dios con los 
aumentos sucesivos. 

Los sabios llegan al arte y sustituyen á Murillo 
con Courbet; entran en la Academia de la Lengua, 
donde garlan y deronc han, hasta proclamar que ^pa- 
tagorrillo es el mas suculento de los manjares; supri- 
men el Génesis de una plumada ; quitan el alma al 
hombre y se la dan á los vegetales ; fundan la medi- 
cina en un absurdo de la razón ó se distraen pacífica- 
mente conversando con los espíritus. 

¡Oh! Sabios dichosos, sabios bienaventurados, sa- 
bios incomparables, que brotáis espontáneamente 
como los hongos, y vivís, como los parásitos, á costa 
de las verdades que combatís ; sabios eminentes, que 
monopolizáis la admiración de los crédulos, tradu- 
ciendo del francés lo que los franceses tradujeron, sin 
entenderlo, de otros idiomas; sabios que llenáis el 
mundo con vuestra fama y la imprenta con vuestros 
escritos; permitid que os celebre en público como os 



100 LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

venero privadamente ; permitid que me convierta en 
vuestro turibulario, como decís vosotros, para que el 
humo del incienso cieg-ue á la muchedumbre y no le 
permita examinar de cerca á los ídolos ; permitid que 
os presente como modelos dignos de imitación á la ju- 
ventud estudiosa , y no cabe duda que esta, tirando 
los libros, se apresurará á sentar plaza en vuestro ba- 
tallón sagrado. Permitid también que en cuanto yo 
domine lo que es el sobrenaturalismo, el misticismo, 
el sentimentalismo, el sensualismo, el conceptualis- 
mo, el racionalismo, el panteísmo, el nihilismo, el pa- 
nenteismo, el ateísmo, el subjetivismo, el criticismo y 
otros cuantos centenares terminados en ismo; permi- 
tid, vuelvo á deciros, que pueda aspirar á que me con- 
cedáis un puesto en vuestras filas. 

De esta manera , y mediante mi honrada propa- 
ganda, si la culta Grecia tuvo siete sabios, en la po- 
bre España abundarán mas que los pepinos de Leg , a- 
nés y las judías de la Granja, y cuando las crónicas 
futuras hablen de lo que fuimos , consignará alg-un 
nuevo Iriarte estas ó parecidas frases: 

Libre España, feliz é independiente, 
inundóse de sabios de repente; 
y olvidando políticos resabios, 
y sus luchas fanáticas é impías , 
vio terminar sus dias; 
pero murió de ple'tora de sabios. 



LOS DEMOLEDORES. 



t — ...Y finalmente, señores, es necesario derribar 
todos los ídolos, desarraigar todas las preocupaciones 
y quitar todas las caretas. 

— Observa, sin embargo , que la sanción del tiem- 
po y la de la opinión pública son muy poderosas. 

— Si tienes escrúpulos de esa índole, no mereces 
formar á nuestro lado. 

— Es que Genaro aspira á ser académico. 

— Está vendido á nuestros adversarios. 

— Trata de imitar al hidalgo manchego , tomando 
á su cargo desfacer entuertos y castigar tropelías. 

— Ni aspiro á la academia , ni me he tasado , ni 
quiero resucitar á D. Quijote. Lo que digo y repito, 
es que vuestro propósito participa de la locura y que 
constituyendo ciertos nombres un título de gloria 
para la patria, me parece antipatriótica la empresa de 
desacreditarlos. 

—Pero la verdad no es mas que una, y si Lope fué 



102 LA REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 

un mala cabeza, es hora ya de que no le reverencie- 
mos como á un santo. 

— Pues ¿y Cervantes? A fe que si hoy viviera, la 
cobranza de sus alcabalas le habria llevado al Sa- 
ladero. 

— ¿ Y á eso llamáis crítica histórica ? Un escritor 
debe juzgarse por sus obras , no por sus hechos. 

— Debe juzgarse por todo ; y nosotros , los repre- 
sentantes de la nueva generación, debemos proclamar 
muy alto , que Colon tropezó con América sin espe- 
rarlo; que la virtud de Isabel I fué tan problemá- 
tica como el ofrecimiento de sus joyas; que Gonzalo 
de Córdoba debió arrastrar un grillete por sus alardes 
de contabilidad; que Pizarro fué un matón de mal ge- 
nero ; que Velazquez tuvo la poca vergüenza de ser 
ayuda de cámara; que las obras de Murillo no son su- 
yas en gran parte, y que Moratin fué un indigno 
afrancesado. 

— i Tiene razón Diego ! 

— Diego delira ; y vosotros que le aplaudís, hipó- 
critas del vicio , no sabéis siquiera lo que es el decoro 
literario. 

— i Que siga el académico ! 

— i Qué siga ! 

— Vosotros, poetas y artistas en embrión, habéis 
llamado inútilmente á las puertas de la gloria y, can- 
sados de esperar, intentáis que se os abran, alborotan- 
do junto á ellas. No tenéis valor para la lucha y re- 
currís al escándalo, poco cuidadosos de alcanzar un 
dictado denigrante, con tal de hacer que suenen vues- 
tros nombres , y sin reparar en cuán triste es la cele- 
bridad á que aspiráis. Tú, Diego, has perseguido du- 
rante un año á todos los actores y empresarios de los 
teatros de Madrid; y cuando te has visto precisado á 



LA. REPÚBLICA DE LA.S LETRA.S. 103 

recoger tus comedias,— no sé si justa ó injustamente 
rechazadas, — los que antes juzgabas artistas. eminen- 
tes son ya para tí cómicos de la legua, y los empresa- 
rios que fueron modelo de caballerosidad, se han 
convertido en mercachifles y usureros sin decoro. 

— Solo el público tenia derecho á juzgar mis obras. 

—Pues haberte convertido en intérprete de ellas, 
alquilando préviamente un teatro. 

— Eso no es posible. 

—Casos se han dado de ello; pero para que juz- 
gues el asunto con pleno conocimiento de causa, te 
diré que en uno solo de nuestros teatros hay presenta- 
das mas de cuatrocientas obras dramáticas. Si todos 
los autores tuvieran iguales exigencias que tú, ¿qué 
actores podrian representarlas? 

— Pero lo que yo niego es el derecho que tiene á 
calificar la mia un mal cómico. 

—¿No calificas tú la obra de tu zapatero? ¿Con 
qué derecho lo haces ? 

— Bueno, no quiero discutir acerca de mí; pero no 
me negarás que Mariano, el tímido é inspirado Maria- 
no , es un poeta de primer orden. Pues, sin embargo, 
ni de valde le publican sus versos. 

— Mariano sigue también un camino equivocado. 
Cierto que tiene talento 

— ¡Marianito, abajo el sombrero! Gracias á Dios 
que te hacen justicia.... 

— Cierto que tiene talento; pero no lo utiliza. Sus 
interminables poesías se consagran sin excepción á 
manifestarnos sus impresiones amorosas; la ingrati- 
tud de la mujer á quien ama; sus terribles celos; sus 
fatídicos presentimientos y sus caprichosos rencores. 
¿Qué le importa al lector que tenga envidia del cefiri- 
11o blando que acaricia la frente de Filis y del sol que 



104 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

penetra en su habitación y del oxígeno que absorbe? 
¿ Acaso la poesía no tiene horizontes mas dilatados? 
¿No puede cantar, por ejemplo, las giorias de la patria? 

— Justo , y vulgarizarse hablándonos de Pelayo y 
del Cid, y de la reconquista.... ocultando por supues- 
to que nuestros padres se aliaban con los moros para 
luchar con otros cristianos 

— O cantar las excelencias de nuestra Religión.... 

—¿Con sus frailes milagreros y sus santos inquisi- 
dores?.... Mariano escribe de amores, porque está ena- 
morado. 

— Y se limitará á recibir vuestros aplausos. 
— Porque los directores de periódicos carecen de 
ilustración. 

— Y de paciencia para leer las resmas que diaria- 
mente les entregan de prosa y verso. 

— En cambio publican atrocidades de otros autores. 

— No lo niego; pero de otros autores que tuvieron 
siquiera el talento de crearse préviamente una repu- 
tación. 

— ¡Usurpada! 

— Todo cuanto queráis; pero cuyos nombres son 
gratos al público. 
— ¡De plagiarios! 

— Que se vean las obras de, cualquiera de los aca- 
démicos.... 

— Robadas, desde la primera letra hasta la última. 

—Yo me comprometo á demostrar que desde el es- 
tablecimiento del Liceo hasta el de la Sociedad de Es- 
critores y Artistas , todos los escritores españoles se 
han limitado á poner en verso las obras francesas en 
prosa y á escribir en prosa las poesías francesas. 

— ¡Valiente trabajo! Yo pienso publicar un ar- 
tículo demostrando que Zorrilla no sabe hacer una 



LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 105 

cuarteta ; que Bretón de los Herreros mantenía á dos 
desgraciados, uno para que le tradujera comedias, y 
otro para que las versificara, y que La Jura en Santa 
Gradea, de Hartzenbusch , es un bvMuelo , indigno de 
ser representado aun en el teatro de Buenavista! 

— Yo me comprometo á demostrar que de los sete- 
cientos individuos que componen la Asociación de 
Escritores, ni uno solo es capaz de presentar un fo- 
lleto de diez y seis páginas , que sea suyo, exclusiva- 
mente suyo. 

— ¡Y hablan, sin embargo, en nombre de los es- 
critores ! 

— ¿Cuándo les hemos autorizado para ello? 

— ¡ Y reciben dinero de los ricos para socorrer á los 
enfermos, enterrar á los muertos y dar educación á los 
huérfanos! ¿Puede darse mas criminal empeño? 

— ¡ Nosotros tenemos dignidad ! 

— ¡Y preferimos morir de hambre, á denigrarnos 
con la limosna ! 
— i Abajo la Asociación de Escritores ! 

— ¡Y la Academia! 

— Y los escritores antiguos y modernos , que no 
pertenezcan á nuestro círculo. 
— ¡ Y Genaro que les defiende! 



La conversación referida se escuchaba no hace 
muchas noches desde todos los rincones de uno de los 
cafés mas concurridos de Madrid. 

Uno de los parroquianos del establecimiento, hom- 
bre entrado ya en años, que habia seguido con curio- 
sidad el debate , tomó un polvo de rapé y exclamó 
con bondadosa sonrisa: ¡ Quién pudiera dentro de vein- 
te años volver á escucharles discutiendo el mismo 
tema! ¡Pobres demoledores! 



LA ASOCIACION DE ESCRITORES. 



— i Ya tengo tres casas propias! Dice en el seno de 
la confianza á varios de sus amigos el honrado y la- 
borioso tendero de aceite y vinagre. 

— En la próxima liquidación, dice el bolsista , aca- 
baré de redondearme y consagraré medio millón á un 
hotel. 

— El porvenir de mis hijos está asegurado, exclama 
el empleado al cumplir los años de servicio necesarios 
para crear derechos pasivos. Ya pueden declararme 
cesante ó jubilarme. 

— En cuanto se recrudezca la persecución del jue- 
g-o, dice un banquero, me retiro con mis g-anancias. 
Los puntos se van escamando y son ya muy pocos los 
que apuntan á un entrés. 

— Así que pueda, dice un cabecilla carlista, me pre- 
sento á indulto : será una necedad exponer la vida 
después de haber aseg-urado una fortuna. 



LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 107 

En suma , todas las clases como todos los indivi- 
duos, sueñan con la riqueza, con el descanso y el 
bienestar. Qué extraño que mi buen amigo Campo y 
Navas, me llamara en la calle dias atrás y radiante de 
entusiasmo me dijera, sin tomar aliento: 

—i Albricias! Ya tenemos dos camas en el Hospital 
general , y es fácil que tengamos otras dos en el de la 
Princesa; varios médicos nos asistirán gratuitamente, 
dos boticarios imitan la generosidad de los médicos y 
La Funeraria nos hace el favor de rebajar sus tarifas 
para cuando nos muramos ! 

Bendita sea la santa Caridad y bendita la limosna, 
pero es triste , muy triste que después de escuchar á 
Campo, tengamos que decir á la entusiasta juventud, 
que emprende hoy la carrera de las letras ó de las 
artes: 

— Hé ahí tu porvenir : la asistencia gratuita , si tie- 
nes casa ; el Hospital , si careces de ella ; La Funera- 
ria rebajando sus tarifas en tu favor, para cuando te 
mueras . 

— Pero , yo soy joven , dirá tal vez alguno; tengo 
fe, tengo bríos para el trabajo , puedo crearme una 
fortuna con mis obras , puedo legárselas mas tarde 
á mis hijos. La producción literaria, ¿no constituye 
propiedad ? 

Sí , ciertamente ; pero la propiedad literaria , por 
un absurdo social , vergonzoso é injusto, no es perma- 
nente: termina algunos años después de la muerte de 
su autor. Si te dedicas á cualquier negocio y adquie- 
res con sus productos una propiedad, podrás dejarla á 
tus herederos ; pero tus obras literarias no habrán de 
ser explotadas por ellos mas que en el concepto de 
españoles. Un editor cualquiera podrá enriquecerse 



108 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

con su explotación, mientras ellos ', — si pertenecen á 
la Asociación y dura esta, — tendrán derecho á lo 
sumo á reclamar una de las camas del Hospital ó los 
beneficios de la rebaja de La Funeraria. 

— Pero eso es inconcebible.... 

— Por lo mismo trata nuestra Asociación de hacer 
que termine, y el Sr. D. Mariano Vergara ha formu- 
lado un excelente proyecto de ley en este sentido. 

— ¿Y lo aceptarán las Cortes? 

— No es posible aventurar una contestación categó- 
rica, aun cuando es de suponer que sí (1). Los escri- 
tores no queremos privilegios, pero sí que nos alcance 
el derecho común; no queremos que nuestra propiedad 
sea preferente ni preferida , pero sí que sea respetable 
y respetada. No queremos, en una palabra, que á los 
pocos años de morir llame la codicia á la puerta de la 
casa que habitamos en vida, y diga á nuestros huér- 
fanos: «Ya no sois dueños de la herencia de vuestros 
padres; una sábia legislación ha dispuesto que mendi- 
guéis acaso el sustento, mientras nosotros, los empre- 
sarios ó editores, nos enriquecemos. Lo mas que po- 
dremos hacer en obsequio vuestro, es anunciar que 
vamos á representar los dramas de vuestros padres ó á 
reimprimir sus libros, añadiendo que es para honrar 
su memoria.» 

— ¿Luego, en la Asociación de Escritores y Artis- 
tas, — preguntará álguien, — se hace algo mas que leer 
versos? Yo creia que esa Sociedad solo se reunía el 23 
de Abril en el Senado. 

— La vida externa de la Sociedad es lo de menos, 
hoy por hoy. Si una vez al año solemniza pública- 



(1) Los diputados Danvila, Carreras y González y otros intentan to- 
mar con gran calor la reforma. 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 109 

mente un aniversario glorioso, otras muchas consagra 
sus tareas á enaltecer la memoria de los grandes hom- 
bres que honran á su patria. Tal vez mas adelante, 
cuando logre su completo desarrollo, señale su exis- 
tencia de otras maneras mas visibles; mientras tanto, 
encerrada en su pobreza y en su modestia, arroja los 
cimientos de lo que puede ser un palacio ó un montón 
de ruinas, segrm sea la conducta de los escritores que 
nos signan. Hoy se reúne su Junta directiva para cono- 
cer la situación financiera y llevar la cuenta del cuar- 
to y del ochavo que forman la riqueza de la colectivi- 
dad; se acude en auxilio del enfermo y del meneste- 
roso, y se trabaja para mejorar el porvenir. Media do- 
cena de hombres de buena voluntad, eminentes los 
unos y modestísimos los otros, fraternizan en una em- 
presa común y benéfica. Ni el presidente tiene cam- 
panilla, ni portero la sala de sesiones, ni se pide la pa- 
labra, ni se abusa de ella. En sus individuos puede 
tener cabida el error, pero no la soberbia, y ala menor 
observación de un compañero se confiesa por cualquie- 
ra la equivocación en que estaba, dándose el caso 
admirable de que todavía no haya habido ejemplo 
de que nadie trate de demostrar que lo blanco es ne- 
gro (1). Si en las sesiones hubiera taquígrafos, no ten- 
drían probablemente que molestarse con las acotacio- 
nes de: ¡Bravo! ¡Silencio! ¡Oid.... oid! ¡Muestras de 
aprobación! ¡Lágrimas de entusiasmo! etc., etc.; pero 
tampoco tendrían que consignar las frases de :Que se es- 
cridan esas palabras, y muchísimas mas que en otras 



(1) Tanto por las frases precedentes, como por las que siguen, el autor 
de este libro se cree en el caso de consignar que el presente artículo fué 
escrito y publicado en Agosto de 1875. 



110 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

sesiones justifican la exclamación del poeta cómico: 

¿....Estamos en el Olimpo 
ó en la Puerta de Toledo? 

La Asociación de Escritores ha producido ya una 
ventaja notoria ; la de que puedan conocerse y apre- 
ciarse muchos individuos , que caminando al mismo 
fin ; no se habian encontrado aun en la senda de la 
vida. Músicos, pintores y publicistas de todos géne- 
ros figuran ya en las listas de la Asociación; pero 
aun faltan muchos de nuestros compañeros de glo- 
rias y fatigas ; unos porque sin duda se hallan muy 
ocupados en el cumplimiento de deberes administra- 
tivos ó en la satisfacción de los caprichos que engendra 
una elevada posición; otros, porque acaso juzgan in- 
compatible con sus costumbres, el mútuo auxilio, el 
ahorro y la beneficencia. Tanto los primeros, como los 
segundos, acudirán mas pronto ó mas tarde, y la 
Asociación les admitirá con los brazos abiertos , sin 
pedirles cuenta de su tardanza, ni tratar de inquirir 
de donde vienen. 

Pero la República de las letras debe ser federal y 
hasta hoy , solo se halla organizado el cantón de Ma- 
drid. Y, sin embargo , en la mayor parte de las pro- 
vincias , palpita el germen de vida artística y litera- 
ria ; una juventud entusiasta y de verdadera valía se 
halla en estado de contribuir al brillo de las letras y 
de las artes , y hoy pierde su vigor , reducida á una 
pequeña localidad y sin atreverse á salvar el horizon- 
te que puede distinguir su vista. 

La Asociación de escritores y artistas no es madri- 
leña sino española , y el dia que tengan representa- 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 111 

cion en ella todas las provincias , habrá realizado una 
de sus mas gratas aspiraciones (1) . 
Dos palabras y termino. 

Hoy es un suceso fausto para la Sociedad, la série 
de noticias del amigo Campo y Navas , referentes á 
médicos , boticas , hospitales y tarifas de La Funera- 
ria ; trabajemos todos de consuno y en la medida de 
nuestras fuerzas para la realización del fin común , y 
tal vez no pase mucho tiempo sin que el mas diligen- 
te de los redactores de La Correspondencia pueda es- 
calonar en ella los siguientes sueltecillos : 

«Durante el año que termina no ha ocupado nin- 
gún escritor ni artista las camas del Hospital.» 

« Ha sido votado por las Cortes el proyecto de ley 
de propiedad literaria, elaborado en el seno de la 
Asociación de escritores.» 

« La Sociedad tiene hoy un activo de cuarenta mil 
duros.» 



(1) Cádiz, Málaga y otras capitales empiezan á establecer análogas 
sociedades. 



GAZAPATON LITERARIO. 



Tengo un amigo escritor , sugeto excelente á car- 
ta cabal ; pero que ha dado en la manía de querer 
huir de la vulgaridad literaria , cayendo por ende en 
el gongorismo mas absurdo que ustedes pueden ima- 
ginar. Todavía no figura en el registro de casa algu- 
na de Orates ; pero los síntomas de su locura son tan 
significados como alarmantes , y no será difícil que 
le veamos perderse para siempre , bien en un sillón 
de la Academia Española , bien en las celdas del ma- 
nicomio de Leganés. 

Padece , como he dicho ó al menos indicado , una 
enfermedad académica , y á fuerza de estudiar el dic- 
cionario , que limpia, fija y da explendor al lengua- 
je , ha conseguido que nadie de su familia le entienda 
y que empiece á no entenderse tampoco. Apenas sale 
a la calle por no desvarar ó resbalarse ; no se arrodi- 



LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 113 

lia en el templo, para no coinquinarse como él dice ó 
mancharse como decimos todos , el pantalón ; no se 
ha casado por no manlevar ó sea contraer obligacio- 
nes que le distraig-an de sus gustos, ni ser elche en 
sus creencias , palabreja con la que él reemplaza la 
de renegado ; finalmente , no va al teatro por no pre- 
senciar las ladomias ó dislates de nuestros primeros 
poetas y el deseos treííimiento, ó llámese desenfreno de 
las bailarinas. 

Fricado, como él dice, ó entregado á sus aficiones 
literarias , empezóse á significar la enfermedad ó ar- 
guello que le mata con un embausamiento ó abstrac- 
ción que ha terminado en embotamiento ó loteza de 
sus sentidos , haciendo que los médicos formulen un 
pronóstico fatal para su vida ó al menos para su 
razón. 

Aun cuando en semejantes enfermedades sea muy 
difícil encontrar el verdadero origen , achácalo su fa- 
milia á haberle sorprendido, durante noches enteras, 
tratando de desentrañar lo que el bueno de D. José 
Antonio González de Salas quiso decir en los siguien- 
tes versos: 

Si no es Tais la dama, ni 
tuerta tampoco ¿ por qué 
has de pensar, Quinto, que 
la coplilla se hizo á tí? 
Pero algo hubo semejante; 
que es la tuya Lais , y Tais 
dije yo. Díme, pues, ¿Lais 
de Hermione es mas distante ? 
Mas tú eres Quinto ; por esto 
será bien demos distinto 
nombre al amante, y pues Quinto 
no ama á Tais , ámela Sexto. 

LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. g 



114 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

Sea de ello lo que quiera , y después de suplicar á 
los lectores me perdonen haber copiado tales versos, 
lo positivo es que mi pobre amigo ha debido pasar 
ratos muy crueles tratando de averiguar el sentido de 
numerosas frases de hombres eminentes en las letras, 
y que se entusiasmaba al lograr traducir las voces de 
dulcedumbre , servicíanos ó cultores, tantas veces 
empleadas por aquellos. Cuando en lugar de voces 
sueltas conseguia un período extenso lleno de traspo- 
siciones, figuras y arabescos , terminando en un infi- 
nitivo á la latina, su contento no reconocia límites , y 
se pasaba las horas muertas leyendo aquello de: 

« mi vista percibió en el horizonte sensible há- 
biles obreros docentes y mi mirada penetrando en el 
sentido de la profundidad y total extensión del hori- 
zonte verdadero, contempló escuchando atenta y cui- 
dadosamente la ilustración de los siglos que fueron, 
de los años que entonces eran y de los dias , evos ó 
ciclos que habían de llegar.» 

O bien: 

«Devotos del arte escogitando entre lo que sumi- 
nistra la experiencia, hemos visto académicos dejando 
caer exiguos relieves de su abastada mesa , para que 
otros recogieran y trataran aquella disquisición.» 

¡Pues, y el contento que hubieron de producirle, 
si llegó á entenderlos, los siguientes parrafillos! 

« Seguid con atenta mirada al fueg'o sagrado 

del espíritu concentrándose , para convertirse en la- 
tente ó escondido en la inteligencia de los siglos , que 
sin llama ostensible ó juguetona siguió en ellas dando 
vida á los tallos del acanto , que pronto se llenarían 
de hoja hasta cubrir trepadores el inmenso capitel 
corintio sobre la frente de la grandiosa estátua tallada 
por las manos y la ciencia inmensa del Creador.» 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 115 

« Hecho evidente, que en nombre del porvenir 

tuve ocasión de demostrar con el libro castellano an- 
tiguo en la mano y nuestra historia de los siglos que 
fueron , recordada esta y presentando aquel en muy 
distintos lugares, unos centro de la inteligencia mas 
ilustrada y otros de los supremos poderes, con triple 
y doble corona cerrada y pineal de la Europa mo- 
derna.» 

Algunas veces toda su abstracción era escasa para 
semejantes acertijos, y hasta hubo de preguntarme lo 
que un sabio académico queria decir al consignar que 
«la espada pasa de las manos del fuego á las del 
guerrero,» ó cómo se compaginaba la afirmación de 
otro escritor , respecto á que « el idioma inglés es mo- 
nosílabo y esdrújulo.» 

Como los lectores comprenderán perfectamente, 
nunca pude satisfacer sus dudas , porque desconozco 
los artificios literarios con que algunas personas se 
han creado grandes reputaciones , é ignoro otro cas- 
tellano que el que se usa desde la Puerta del Sol á la 
Plaza de Lavapiés. 

He creido prudente dejar establecidas las genera- 
lidades anteriores para llegar al objeto principal de 
este artículo, por juzgarlas indispensables para que, 
conociendo los lectores á mi amigo, tengan lástima 
de su estado y no califiquen con excesiva dureza el 
principio de la novela en que se ocupa actualmente, 
novela escrita con la última edición del Diccionario 
de la Academia ante los ojos y que, sin embargo, ha 
de parecer para muchos en griego ó sanskrit. 

El autor, que es muy modesto , la califica de Ga- 
zapatón literario, atrabancado por él, ó sea Disparate 
literario escrito á la ligera. Juzguen por sí mismos los 
lectores, estudiando los párrafos que siguen; mas, 



116 LA REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 

corno es fácil que si pongo solamente el texto origi- 
nal se queden tan á oscuras como yo me quedé al 
leerlos, no lleven á mal ni juzguen ofensivo á su ilus- 
tración , que se los dé también traducidos , ya que he 
realizado semejante empresa con una paciencia digna 
del mismísimo Job. 

Hé aquí el comienzo de la novela de mi amigo: 



En una bayuca del cua- 
drivio de la cal de San Jeró- 
nimo congregábanse al con- 
ticinio, ganosos de garlar, 
disceptar y aun deronchar 
no pocas veces, fúcares, gan- 
forros, ribaldos y galloferos. 

Gazmiábase el hostelero, 
gazmiábase aun el sollastre 
de cuanto les ociaban y cuán 
poco les producían aquellos 
dropes y cutres, limitados á 
la muquicion de arrepápa- 
los y patagorrillo y al zu- 
maque de los cencerrones, 
padre de disceptaciones y za- 
capelas. 

Y no sin causa se rencu- 
raban y atafagaban , viendo 
la honrada bayuca llena de 
mujeres con mas excusalís 
y descubretalles que erubes- 
cencia, bordionas, comble- 
zas, biltroteras, daifas, y 
aun una bacinera,— mas sa- 
ga que santa,— que solían 
despelotarse por disceptar el 



En una taberna de las 
Cuatro calles de la Carrera 
de San Jerónimo, reuníanse 
en la silenciosa noche para 
hablar mucho, disputar y 
aun pelearse no pocas veces, 
ricachos, picaros, bellacos y 
vagabundos. 

Quejábase el hostelero, 
quejábase el mismo pinche 
de cuanto les distraían de 
sus faenas y cuán poco les 
producían aquellos hombres 
despreciables y tacaños, li- 
mitados á la comida de bu- 
ñuelos y guisado de asadura 
y al zumo de los racimos de 
uva, padre de disputas. 

Y no sin causa se quere- 
llaban y aturdían viendo la 
honrada taberna llena de 
mujeres con mas delantales 
y abaniquitos que rubor, 
rameras, mancebas, calleje- 
ras, entretenidas y hasta 
una mujer que pedia en las 
iglesias para el alumbrado, 
— mas bruja que santa, — 



LA REPÚBLICA DE 

favor de un algún salaz 
gambalúa. 

Caia mollina. 

Un nación, asobiado por 
muchachos cual si fuera en 
antruejo , barzoneaba por el 
cuadrivio y notando coitoso 
la bayuca hizo en papel un 
bervete y entró en ella el 
cochite hervite: vestía pan- 
talón de rajeta presada, cha- 
leco rosmarino, ponleví en 
los pies y alcartaz en la ca- 
beza, y conducía bizazas. 



¿Era un guitón? pesguda- 
reis. 

¿Era un bausán? 

El nación era taheño y le 
caracterizaban rojos alada- 
res y terribles columerales. 

— ¿Quiere muquir ? de- 
mandó el sollastre al de los 
pelluzgones. ¿Viene desper- 
nado? Espere; paramentaré 
la mesa. 

El matrero nación callaba 
oteando los ostugos. 

—Huye de la durindaina, 
dijo uno. 
—Que le guinde el borre- 



LAS LETRAS. 117 

que solían agarrarse de los 
pelos por disputar el favor 
de algún larguirucho des- 
garbado y luj urioso. 

Llovía menudito. 

Un extranjero , silbado 
por muchachos cual si fuera 
en carnestolendas, andaba 
vagando por las Cuatro Ca- 
lles, y notando apresurada 
la taberna, hizo una ligera 
apuntación en un papel, y 
entró en ella con celeridad: 
vestía pantalón de paño ver- 
de oscuro, chaleco rojo cla- 
ro, tacones altos en los pies 
y un cucurucho en la cabe- 
za, y conducía alforjas de 
cuero. 

¿Era ün pobre fingido? 
preguntareis. 

¿Era un tonto? 

El extranjero era de bar- 
ba roja, rojos mechones so- 
bre las sienes y terribles col- 
millos . 

— ¿Quiere comer? pregun- 
tó el pinche al de los me- 
chones. ¿Viene cansado? Es- 
pere, cubriré la mesa. 

El astuto extranjero ca- 
llaba, escudriñando los es- 
condites. 

— Huye de la justicia, 
dijo uno. 

—Que le cuelgue el ver- 



118 LA. REPÚBLICA. 

ro del monopastos, añadió 
otro. 

—Manfla, exclamó un ter- 
cero, dale un doblero des- 
cocho. 

- — No quiero peteretes, di- 
jo airado el nación á los dro- 
pes, gatallonesy gofos. Lan- 
to soy, de epulón y piarcón 
me precio, y si buscáis des- 
ferra, daros he una hurgo- 
nada. 

Al decir que era lanto, ro- 
deáronle condecabo las pe- 
rendecas, comblezas y dese- 
guidas ; al verle minaz y 
elato, blandiendo la francis- 
ca , asurados y eletos los 
morlacos, no quisieron ser 
fargallones, ni emborrullar 
acapizándose con el perren- 
gue; fricáronse pidiéndole 
alafia, y la estuosa discepta- 
cion terminó muquiendo do- 
bleros y arrepapalos. 



DE LAS LETRAS. 

dugo de una garrucha, aña- 
dió otro. 

—Querida , exclamó un 
tercero, dale un panecillo en 
forma de rosca, y bien co- 
cido. 

—No quiero golosinas, di- 
jo airado el extranjero á los 
despreciables pillastrones y 
necios. Soy rico, me precio 
de bebedor y comedor, y si 
queréis camorra, dareos una 
estocada. 

Al decir que era rico, ro- 
deáronle otra vez las rame- 
ras, mancebas y disolutas; 
al verle amenazador y so- 
berbio, blandiendo la segur, 
inquietos y espantados los 
necios, no quisieron obrar 
atropelladamente, ni reñir 
agarrándose con quien tan 
fácilmente se enojaba; en- 
tregáronse pidiéndole per- 
don, y la ardiente disputa 
terminó comiendo paneci- 
llos y buñuelos. 



Hasta aquí el original del autor y mi traducción. 

Confieso lealmente, que al ver las primeras líneas, 
supuse que aquello fuera un juguete crítico, semejan- 
te al que hace años escribió mi docto y respetable 
amig-o D. Fernando Gómez de Salazar, ó al que tam- 
bién autorizó con su firma Velisla, á pesar de su cua- 
lidad de académico; pero desgraciadamente no es así. 

El autor del Gazapatón literario sig*ue trabajando 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 119 

en el mismo día y noche, y hasta imagino , aunque él 
no lo dice, que trata de presentar su novela optando á 
los premios de la Academia. Si mi sospecha se realiza, 
es de suponer que no se declarará desierto, como tan- 
tas otras veces, el concurso abierto por la primera 
corporación literaria del pais. 



LAS DOS NOBLEZAS SANGRIENTAS. 



Debo hacer al público una penosa confesión : la 
de haber tenido mis aspiraciones de novelista , como 
las he tenido también de poeta lírico y de autor dra- 
mático. 

Por fortuna para los habituales abonados al género 
de literatura á que me refiero , el crimen no llegó á 
consumarse ; hubo premeditación por mi parte ; pero 
no alevosía , ni ensañamiento. No quiero que se me 
confunda con otros escritores. 

Dos capítulos que escribí bastaron para hacerme 
desistir de mi pretensión. Un amig'o despiadado me 
advirtió de que eran una sarta de disparates, y renun- 
cié, como he dicho, á surtir á los modernos editores, 
á razón de veinte duros tomo. 

Hoy que mi arrepentimiento es completo , ofrezco 
al público los dos mencionados capítulos, tanto como 
penitencia de mi culpa, cuanto para evitar que la pos- 
teridad se vuelva loca indagando el autor de un fo- 
lletín publicado por un periódico de Madrid el dia de 
los Santos Inocentes en uno de los últimos años. 

La novela habia de titularse Las dos noblezas san- 
grientas, y los capítulos , prescindiendo de algunos 
párrafos, inútiles hoy, eran los que copio á conti- 
nuación. 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 



121 



I. 

El marqués del Scopolo era un hombre de aspecto 
ordinario y que frisaba en los cincuenta años. 

Afiliado desde muy joven al partido liberal , habia 
combatido en las barricadas de Madrid en 1 854 ; du- 
rante el bienio habia desempeñado las funciones de 
administrador de rentas en Valdemojados y al ocur- 
rir la contrarevolucion de 1856, quedó cesante. En- 
tonces recordó que tenia un oficio y volvió á ejer- 
cerlo; su taller de carpintería encerró sus ensue- 
ños ambiciosos ; y en él se dieron cita casi todos sus 
correligionarios para trabajar contra el ministerio 
O'Donnell. Juan García, que así se llamaba nuestro 
protagonista, habia avanzado mucho en sus ideas, y, 
republicano de corazón, se negó á construir una mesa 
que le habían encargado para las cocinas de Palacio. 

Pocos dias después , viendo pasar el coche de la 
Reina, Juan García se puso en primera fila, para ha- 
cer alarde de que no se quitaba la g-orra. 

El carpintero y la monarquía Borbónica fueron 
desde entonces incompatibles. 

El carpintero y la dinastía emprendieron también 
desde entonces una lucha airada y cuyo término no 
era fácil preveer. En 1866 , Juan García seguía cons- 
pirando desde el presidio de Alcalá; dos años mar tar- 
de, el destronamiento de los Borbones era un hecho. 

El presidiario de Alcalá se convirtió en el jefe de 
Hacienda de una provincia ; los habitantes de la ca- 
pital , ya por simpatías , ya por alejarle de ella , que 
en esto no están de acuerdo sus biógrafos , le votaron 
para diputado á Córtes. Vuelto á Madrid, fundó tres 
periódicos simultáneamente para defender tres candi- 



122 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

daturas para el Trono de España, y cuando fué este 
ocupado por un Rey democrático, Juan García, á 
quien todos sus amigos conocian por el mote de Es- 
copio (aludiendo á su primer oficio), se vió convertido 
en marqués del Scopolo , título italianísimo y que al 
propio tiempo recordaba á sus conocimientos que el 
nuevo marqués no era otro que el acogido en Alcalá. 

No hay que decir que apenas triunfó una dé las 
soluciones monárquicas, Juan García mató los dos 
periódicos defensores de otras candidaturas y se con- 
sagró por entero al que habia tenido la suerte de acer- 
tar en su defensa. 

Pero el marqués de Scopolo no era feliz. 

Comprendió que su título necesitaba ascendientes 
y descendientes. Para lo primero, le sacó del paso un 
pintor heráldico , fabricándole un árbol genealógico 
entroncado con las primeras casas de Italia y España. 
Uno de sus abuelos, por la línea materna, habia cor- 
tado la cabeza á un francés herido mortalmente en la 
batalla de Pavía; otro de sus antepasados, habia abier- 
to con un escoplo las puertas de Oran, delante del 
Cardenal Cisneros. 

En cuanto á los descendientes, el pintor no se 
atrevió á inventarlos ; pero el marqués creyó que una 
boda podría ser el medio mejor para tenerlos. Aunque 
García no era insensible al amor , su odio á todo lo 
eclesiástico le habia impedido encender la antorcha 
de Himeneo , durante el reinado de la tiranía ; pero el 
establecimiento del matrimonio civil le allanaba la 
dificultad. Resolvió por lo tanto tener una nueva es- 
posa — pues, como los lectores recordarán, el marqués 
habia tenido otras en el presidio de Alcalá, — y para 
ello, g-uiado por su ambición, desdeñó varios partidos 
democráticos y soñó con la vieja aristocracia. 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 123 

La fortuna, que en todo le sonreía, le hizo cono- 
cer por entonces , á la bella vizcondesa de Montesig- 
notos , cuando esta tomaba el fresco y un merengue 
en uno de los aguaduchos del Prado. Un lacayo ne- 
gro y un perro blanco acompañaban á la vizcondesa. 

El marqués del Scopolo estuvo largo rato obser- 
vando aquel grupo de familia y vió que la vizconde- 
sa partia el merengue con el perro , y que oprimién- 
dole después contra su pecho le besaba repetidamente 
en el hocico. Aquellos besos fueron para el marqués 
un rayo de luz. Llamó á un granuja , que á la sazón 
trataba de robarle el pañuelo , y enseñándole una pe- 
seta provisional , de las que figuran á España espe-* 
rando un buen gobierno, le dijo : 
— Tuya será , si me haces un favor. 
—¿Cuál es? 

— Traerme ese perro blanco , cuando su dueña se 
descuide. 

El granuja miró á la peseta y al perro ; se rascó la 
oreja y contestó al marqués: 
— Ese perro es mió. 
—¿Tuyo? 

— Sí tal: es mió y esta noche irá al depósito en 
que paga el Ayuntamiento una peseta por cada perro 
que llevan á él. 

— Pues, entonces, dámelo á mí y te ahorras el 
viaje. 

— Ese perro , vale 10 rs. 
— Tuyos serán... 
—Y el cordel otros 10. 
— Consiento en todo... 

— Y como yo he de ganarme algo sobre su valor, 
no lo cederé por menos de 40 rs. 
— Cuenta con ellos. 



124 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

— Pues espéreme V. junto á la fuente. No tardaré 
diez minutos. 




Aquella noche la vizcondesa de Montesignotos lle- 
gaba á su casa derramando copiosas lágrimas y el 
lacayo negro , abandonando su servicio , se dedicaba 
á poner, negras como su cara , las botas de los veci- 
nos de Madrid. 

Al dia siguiente se leia en el Diario oficial de 
Avisos: 

«PÉRDIDA. 

« Se ha extraviado un perrito blanco con siete pe- 
los negros en el rabo y un poco de merengne junto al 
ojo izquierdo. Responde al nombre de Nelusko y me- 
nea las orejas de una manera convulsiva en cuanto 
ve á otros animales de su especie , especialmente si 
son del contrario sexo. La persona que le haya en- 
contrado puede presentarse en la calle de las Maldo- 
nadas , núm. 7, casa de la señora vizcondesa de Mon- 
tesignotos , donde recibirán las gracias y una onza 
de oro por el hallazg-o.» 



LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 125 

El marqués leyó el anuncio, y poniéndose de frac y 
corbata blanca, subió en>u carretela y se dispuso á 
vender caro el depósito; el corazón y la mano de 
la vizcondesa eran el término final de sus aspira- 
ciones. 

Pero, el enamorado suele olvidarse muchas veces 
de los detalles mas esenciales. Scopolo habia olvidado 
que la posesión de aquel perro era fruto de un cri- 
men; que en aquel crimen habia tenido un cómplice, 
y que su cómplice seguía jadeante á la carretela con 
dos agentes de órden público. De repente, notó que el 
carruaje suspendía su marcha , vió abrirse la porte- 
zuela y escuchó que decia uno de los ag*entes : 

—Caballero, ese perro no es de Vd.... 

— ¡Cómo! exclamó indignado. 

— Ese perro es de este niño , criado de la señora 
vizcondesa de Montesignotos y que ha tenido la des- 
gracia de perderlo , como se desprende del anuncio 
que nos ha enseñado. 

El marqués miró á su cómplice ; pero este fingía 
llorar amargamente y limpiarse los ojos con el Diario 
de Avisos. 

Entonces comprendió todo, y sobreponiéndose á la 
situación, contestó sin inmutarse, á pesar del lastime- 
ro ladrido que dejó escapar el perro: 

— Yo soy el marqués del Scopolo, y una de las per- 
sonas de mayor influencia en Palacio: ese granuja es 
un ratero que anteanoche me robó dos duros en el Prado 
y en cuanto á este perro, es mió, exclusivamente mió. 

—Sin embargo, el anuncio.... objetó uno de los 
guardias. 

—El anuncio se referirá á otro perro. 

— Si Vd. nos permitiera confrontar.... 

— Llevo mi bondad hasta ese extremo. 



125 LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS» 

El guardia, que habia tomado por su cuenta el 
asunto, cogió el diario y dijo: 
— ¡Nelusko! 

El perro levantó la cabeza ; pero no dijo esta boca 
es mia. 

— ¿VeVd. cómo no contesta? Añadió el marqués 
con aire triunfal. 
— Sí, pero mira.... 
— Como que no es ciego. 
— Intentemos otra prueba. 

El agente cogió al perro que habia á la puerta de 
una tienda y se lo presentó á Nelusko. Este le olió; 
pero sus orejas permanecieron inmóviles. 
— Veamos las señas personales, dijo el agente. 
El ojo izquierdo de Nelusko estaba limpio: el me- 
rengue del aguaducho no manchaba ya su rostro in- 
teligente. 

— i El rabo ! i el rabo! gritó el granuja, asiéndose á 
aquella última esperanza. 

El rabo de Nelusko era completamente blanco: los 
siete pelos característicos le habían sido arrancados 
por el marqués, haciéndole dar un lastimero ladrido 
conforme dijimos anteriormente. 

El marqués estaba radiante: los agentes, confusos: 
en cuanto al granuja.... estaba muy lejos de allí. 

— Ahora, dijo Scopolo, voy á dar parte al goberna- 
dor de la provincia de todo lo ocurrido. El título I de 
la Constitución democrática, consigna que ningún es- 
pañol podrá ser detenido sin auto del juez competen- 
te, y como Vds. han faltado á su deber, irán á un 
presidio. 

Los dos agentes se quedaron mas fríos que la nie- 
ve, y de entre el grupo de curiosos que se habia for- 
mado junto al coche durante la escena anterior, sa- 



LA REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 127 

lieron varías voces de ¡ Canallas ! ¡ Matarles \ ¡Ni en 
tiempos de González Bravo ! 

El marqués no tenia mal fondo, y viendo propicia 
ocasión para aumentar su popularidad, siguió di- 
ciendo: 

— Pero quiero ser generoso: pueden ustedes mar- 
char á su puesto y que sirva de lección y escarmien- 
to lo sucedido. 

El coche volvió á rodar majestuosamente en direc- 
ción á la calle de las Maldonadas; paró delante del 
número 7, y el afortunado marqués se hacia anun- 
ciar poco después á la vizcondesa. 

En la antesala habia 53 personas con otros tantos 
perros blancos, que por un fenómeno inexplicable 
eran iguales: todos tenian algunos pelos negros en el 
rabo; todos tenian una mancha de merengue junto al 
ojo izquierdo; algunos ladraban, cuando sus dueños 
decian: JVelusko. 

II. 

La entrevista de la vizcondesa con el marqués fué 
brevísima. El perro se desprendió de los brazos de 
este y se subió sobre la falda de su ama haciéndola 
mil halagos. 

El marqués guardaba silencio y miraba á la viz- 
condesa. 

—Caballero, dijo esta, después de besar al perro 
durante media hora: Mi gratitud para con Vd. es in- 
mensa, y como comprendo por su tarjeta, que se ne- 
gará Vd. á recibir gratificación alguna, reclamo que 
me indique la manera de satisfacer mi deuda. 

— Señorita — contestó el marqués, — ese perro ha re- 
cibido hospitalidad en mi casa durante una noche: 
si él pudiera hablar, expresarla mucho mejor que 



128 LA REPÚBLICA. DE LA.S LETRAS. 

yo mis pensamientos. Aun resuenan en sus oidos 
mis suspiros ; aun están calientes sus orejas por mis 
besos.... ¡Oh, señorita! no crea Vd. que mis traspor- 
tes eran por él, sino por Vd. Por Vd., á quien amo 
frenéticamente desde hace medio siglo. 

—Caballero , hace medio siglo no habia nacido mi 
madre. 

— Dispense Vd., el amor me vuelve estúpido. 

— ¿Por qué calumnia Vd. al amor? 

— Es verdad, no sé lo que me digo: mi pasión, mi 
cruel pasión tiene la culpa.... 

La vizcondesa dió en esto un grito: se levantó in- 
dignada, como una simple mortal, y exclamó con 
acento febril: 

— Caballero: ¡Es Vd. un impostor! Este perro no 
es mi perro. 

—¿Qué dice Vd'.? 

— ¡No tiene pelos negros en el rabo! 
— ¡Pueden ponérselos! 

— ¡ Qué infamia ! ¡Lo mismo han hecho ya otras cien 
personas! Es ¡Vd. un miserable.... ¡Perteneee Vd. á 
la nobleza haitiana y yo á la española ! ¡ Somos in- 
compatibles ! 

— ¡Señora! El enojo la ciega á Vd.; pero desde el 
momento que este perro es mió, voy á tirarle por el 
balcón. 

Y uniendo la acción á la palabra se dispuso á rea- 
lizar su amenaza. 

Otro grito de la vizcondesa se lo impidió. Habia 
visto que el rabo presentaba señales inequívocas de 
haber sido pelado recientemente. Ya no cabia duda: 
era Nelusko. 

El marqués habia logrado cogerlo y la vizcondesa 
imploraba á su vez compasión. 



LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 129 

La escena que siguió es indescriptible: 
— i Piedad para Nelusko y para mí ! 
— i Somos incompatibles ! 
— ¡ Yo estaba loca l 
— ¡Yo era un estúpido! 
— Piedad, marqués.... 




— ¿Se apiadó Vd. antes de mí? 

— ¡ Toda mi fortuna por mi perro ! 

— Yo soy rico, dijo el despiadado Scopolo abriendo 
el balcón y agarrando al perro de las orejas para lan- 
zarlo á la calle de las Maldonadas. 

— ¡ Mi amor por Nelusko! exclamó frenética la viz- 
condesa, lanzándose al cuello del marqués 



Tal fué la primera entrevista de Elena de Quiño- 
nes Fuertes Tormentas de Santoyo, vizcondesa de 



L V REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 







130 LA REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 

Montesignotos y de Juan García, marqués de Scopolo. 

La boda había quedado concertada en ella. 

La fatalidad y el perro Nelusko habían unido sus 
destinos.» 



Autorizo al que lo desee para continuar la novela 
y para traducir lo escrito de ella á todos . los idiomas 
del mundo. 



TAPAS Y MEDIAS SUELAS. 



Muchas veces me he preguntado si el hacer un par 
de botas era mas fácil ó mas difícil que remendarlas., 
y francamente , esta es la hora en que no he logrado 
resolver problema de semejante trascendencia. 

La general opinión se inclina en favor del zapatero 
de nuevo, y hasta le suele aplicar el dictado de artis- 
ta , después de extasiarse contemplando la breve pun- 
tada , el inconcebible tacón y las labores de la suela; 
pero sin que trate yo de amenguar el mérito de los 
zapateros , ni de negarles títulos para que delante de 
su nombre pongan un Don mas grande que una casa, 
creo que algún respeto merece el infeliz qtfe se avie- 
ne con llevar el Don detrás, esto es, con ser un sim- 
ple zapatero remendón. 

Un par de botas, después de servir al rico, á su la- 



132 LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

cayo y á un arenero , y de mostrar por toda su piel 
agujeros y cosidos, hasta el punto de yacer en el 
arroyo, despreciadas durante dos horas por los tran- 
seúntes, puede á veces volver á figurar, si no en los 
escaparates de Reinaldo, en las ambulantes zapaterías 
del Rastro , sin que nadie pueda figurarse las penali- 
dades de su larga vida. Es seguro que habrá perdido 
su primitiva elegancia ; que sus tacones serán menos 
altos y mas obesos, que el pespunte habrá sido cu- 
bierto por el mas democrático betún, y que la cruel 
cuchilla habrá raspado señales de ancianidad en el 
cuerpo viejo, al propio tiempo que los diseminados 
clavos de las suelas dominarán triunfalmente á sus 
primeras labores. Pero ¿quién será capaz de aventu- 
rar la atrevida afirmación de que aquel par de botas 
es el mismo que ocupó el centro del arroyo , despre- 
ciado por un -arenero? Y es que entre ambas fases de 
su vida , se oculta modestamente una figura sublime; 
la del humilde zapatero que , ajeno al orgullo , ni si- 
quiera se cuidó, al terminar la metamorfósis , de gra- 
bar un Crispinfecit, en algún rincón poco visible de 
la suela. 

Héroe desconocido del trabajo , no pudo , sin em- 
bargo , alcanzar resultado semejante sin una série de 
estudios profundos: él combinó los tacones de una 
docena de botas; cubrió con media suela vieja la gas- 
tada del par favorecido; machacó, claveteó, cosió, 
llenó de cerote los huecos; macizó en unas partes y 
aligeró de material otras; estudió siete remiendos, 
consiguió hacer desaparecer sus toscas puntadas bajo 
un engrudo especial, y después encomendó al cepillo 
y al betún el resto de la trasformacion. 

¡Y todo por un pedazo de pan, ó por la esperanza 
de conseguirlo! 



LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 133 

¿Cuánto mas no le hubiera valido el dedicarse á la 
literatura? 

Pero ¿y la inventiva?— me objetará alguno— y el 
genio creador , y esa inspiración ineludible para for- 
mar una obra literaria? 

A las anteriores preguntas responderé con otras. 
¿Acaso en el Parnaso no se trabaja de viejo? ¿No hay 
Reinaldos y Crispines en la literatura? 

Pues qué , ¿ no estamos acostumbrados á aplaudir 
en el teatro obras — que pudieran figurar en la mesa 
del zapatero del Rastro, — cuyos costurones saltan á la 
vista , y cuyos tacones y medias suelas descubren ser 
postizos aun á los mas profanos? 

Yo no censuro al que realiza el trabajo literario; 
pero creo un deber de justicia defender al zapatero 
remendón. 

¡ Qué hace sino imitarle el autor que penetra por el 
florido campo de nuestra literatura del siglo xvn, y 
apoderándose de una comedia — como si la hubiera 
desechado un arenero— se encierra con ella en su casa, 
y la hace salir de sus manos original y conquista con 
ella mas tarde honra y provecho! 

Que la obra tenia cinco jornadas.... pues se reduce 
á tres actos ; que intervenían en su acción veinte per- 
sonajes.... pues con matar la mitad, estamos al cabo 
de la calle; que era muy elevada.... se le cortan los 
tacones; que está el asunto gastado.... se le clavetean 
unas medias suelas á la moderna. 

Muchas veces , dos obras viejas contribuyen á una 
nueva, como de los dos pares de botas suele hacerse 
uno solo; otras, donde el dramático difunto hizo unos 
zapatos, encuentra el remendón material bastante para 
unas botas de montar. 

Todo es cuestión de material y de tiempo , de cor- 



13-1 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

te, remiendo y cosido : después el charol de una repu- 
tación tapa las puntadas. 

Verdad es que en el dia del Juicio por la tarde, es- . 
critores que hoy blasonan acaso de haber dado á la 
escena centenares de obras, se encontrarán despoja- 
dos de todas ellas, pues quién tirará de un acto, quién 
desclavará unos tacones, quién descoserá un remien- 
do, y el autor reservará á lo sumo.... el hilo con que 
juntaba los ajenos frag-mentos. 

El cosido es tan perfecto en algunos maestros, que 
tal vez se dará el caso de que nadie reclame sus ma- 
teriales; pero ellos mismos, si en aquel dia tienen con- 
ciencia, destrozarán sus obras é irán devolviendo, ya 
un efecto al gran trágico inglés, ya un tipo á Moliére, 
ya una escena entera á Lope. Esto sin contar con los 
que andarán como locos preguntando á todo el mun- 
do: ¿Quién sabe cómo se llama un escritor que en tal 
fecha entreg-ó una obra al actor Fulano? Aquí se la 
traig-o con un acto menos y alg-unos chistes mas, que 
pude ir recogiendo por el café. 

Yo conozco, entre otras composturas , novelas his- 
tóricas españolas, que fueron también novelas históri- 
cas francesas, y que perdieron su nacionalidad sin sa- 
ber cómo ni cuándo ; yo he visto en las librerías el 
Quijote, simplificado y reducido á un tomito en 8.°, 
muy propio para los niños; he visto refundiciones del 
teatro antig*uo , en que la seda del material se veia 
manchada en muchos trozos, y cosida en todos con 
bramante ordinario ; he leido el anuncio de obras de 
espectáculo, refundidas para los cuatro actores de un 
café; he presenciado la representación de loas y apo- 
teósis, clavadas con tachuelas á obras de primer ór- 
den; he tenido que estudiar, cuando muchacho, un 
Catecismo de la Doctrina cristiana explicado en dos 



LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 135 

volúmenes de infinitas páginas ; lie visto novelas re- 
ducidas á cuentos; comedias convertidas en novelas y 
novelas convertidas en comedias, y hasta he aplaudi- 
do comedias que Bretón escribió en verso y han vuelto 
á servirse en prosa al público. 

Pero, dije y repito, que no censuro este trabajo de 
obra prima, sino que se hag-a subrepticiamente. Mas 
franco y mas admisible seria que los Crispines de la 
literatura se sentaran en un taburete, donde los tran- 
seúntes pudieran verles, para que el empresario de 
teatros, el editor de novelas ó cualquier otro indus- 
trial, se acercase á ellos con un lío de papeles, impre- 
sos ó manuscritos, antiguos ó modernos, franceses ó 
españoles, y les dijeran sin escrúpulos ni rodeos: 

— Maestro, ¿podría Vd. echar para mañana unas me- 
dias suelas? 



PLAN DE UN DRAMA. 



Mi amigo N., escritor dramático hasta cierto pun- 
to, y tipo completísimo de la cigarra, acaba de aperci- 
birse de la llegada del invierno, gracias á los carteles 
con que exhiben los teatros, en listas mas ó menos al- 
fabéticas, sus respectivas compañías. 

Pero N. ha pasado el verano hablando del calor, y 
es de temer que pase el invierno hablando del frió, si 
una determinación valerosa no le hace buscar los me- 
dios de reemplazar su levita por mas confortables 
prendas. 

— Supongo, le dije en nuestra última entrevista, que 
ya tendrás en cartera media docena de obras; el año 
se presenta á pedir de boca, y juzgando por el número 
de teatros, los autores dramáticos vais á ser buscadí- 
simos. 

— No tal, me contestó con una entonación de voz 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 137 

que revelaba todo el remordimiento que puede abri- 
gar un miembro de la bohemia literaria. Nada tenga 
preparado. ¿Qué querías que hubiera hecho con tanto 
calor? 

— Luego has dejado pasar el verano.... 

— Durmiendo por el dia para combatir el calor, y 
paseando por la noche para combatir el aburrimiento.. 
Solo trabajan en verano los presidiarios. 

— Pero al menos, tratarás de recuperar el tiempo 
perdido. 

— A eso aspiro; pero hay meses en que no está uno 
para nada, y el de Setiembre es terrible para mí. Por 
otra parte, ¿para qué teatro he de escribir? 

— Hombre, el de la Comedia promete verse muy 
concurrido. 

— No sirvo para el género cómico. 

— Haz un drama para el Circo. 

— No me gusta hacer dramas de dos personajes. 

— Pues acude á Catalina. 

— Estamos torcidos. 

— Haz una zarzuela. 

— La zarzuela no es ya posible después de La Vuelta 
al mundo, 

— Trabaja entonces para Apolo; haz un drama ro- 
mántico. 

— Eso habia pensado; pero escribir para el teatro de 
Apolo, es escribir para los acomodadores. 

— Pues, así y todo, creo que debías intentarlo. 

— ¿Y asunto? ¿ Quién tropieza hoy con asunto que 
tenga una novedad relativa? 

— No me parece tan difícil; y yo mismo, que no me 
consagro al teatro, me atrevería á darte un plan. 

Mi amigo N. sonrió desdeñosamente; pero miró á 
su levita de verano y se resignó á escucharme. 



13S LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

— Venga ese plan, me dijo. 
Entonces yo , tomando lina actitud protectora y 
docente — como diria un académico de la lengua — 
me recogí breves instantes dentro de mí mismo, y le 
enjareté el siguiente discurso: 

— Tu drama debe tener un fin eminentemente mo- 
ral: el de que la culpa lleva en sí misma el castigo. 
Para desarrollar la fábula, cuenta, en primer lugar, 
con un tipo nuevo en nuestro teatro: un hombre que 
lleve el escándalo consigo, que sea una verdadera 
avalancha contra toda virtud, que atropelle toda clase 
de respetos divinos y humanos. Como ha de matar 
mucha gente, convendrá que gaste espada, para lo 
cual colocarás la acción, por ejemplo , en tiempos de 
Felipe IV, que es una época muy poco tratada por no- 
velistas y poetas. Esto facilita también la exposición, 
pues nunca está de sobra un escudero bellaco y socar- 
ron que hable á Dios de tú, y que constituya el ele- 
mento cómico, tan necesario en tu asunto, por lo mis- 
mo que al cabo de la fiesta ha de resultar trágico. 
Llamemos á nuestro héroe D. Pedro, y á su criado 
Carrascosa, nombres altamente significativos. 

La presentación de D. Pedro es muy fácil; la época 
la da de sí. Entran en escena doscientos alguaciles 
huyendo atropelladamente, y cuando se han ocultado 
de nuevo, aparece D. Pedro con la espada desnuda, y 
exclama: 

«Ya llevan algún porrazo 
y en las ropas varios sietes; 
• bien castigué á los corchetes. ...» 

Aquí encaja la presentación de Carrascosa, que 
viene muy tranquilo y descansado, y que lanza su pri- 
mera gracia en este verso: 

«¡Gracias á mi fuerte brazo!» 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 139 

El público, que está en el secreto de que todos los 
escuderos son cobardes y graciosos, celebra la feliz 
ocurrencia de Carrascosa, y acaso te llama á la esce- 
na, á la cual no saldrás porque deseas guardar el in- 
cógnito. Una vez envainado por D. Pedro su formida- 
ble acero, Carrascosa debe decirle que cuándo acabará 
de ser loco, y recordarle de paso que tiene cincuenta 
años, y á su edad no pegan ciertas diabluras; pero su 
amo, que rabiaba por contar al público su vida y mi- 
lagros, aprovecha la coyuntura, y dice que ha sedu- 
cido de trescientas quince á trescientas veinte donce- 
llas, entre ellas medio ciento de monjas; que ha lleva- 
do la desunión á cosa de ochocientos matrimonios, y 
que en una especie de registro civil que lleva de los 
hombres muertos por él en desafío, figuran ya medio 
millar y no pequeño pico. 

¿Pero qué es lo que interrumpe la narración de sus 
hazañas? 

¡Ah! sí. La presentación en escena de una tapada 
que tiene un manto muy bello, única cosa que se la 
ve. D. Pedro y Carrascosa se ocultan, y entonces la 
dama, que marcha á la iglesia seguida por una dueña, 
creyendo estar sola, apoya el pié en el escalón de la 
«asa de que ha salido, y se ata una liga, dejando ver 
una media de rayas azules que enamora locamente á 
D. Pedro. Este quiere adelantarse, pero un nuevo in- 
cidente le detiene: un embozado misterioso se acerca 
á la dama, y dice: 

«Envidioso el mundo entero 

puede estar ya de Sevilla , 

de esa faz porque me muero, 

y esa enorme pantorrilla. 

— ¡Pues desnudad el acero!» 

Esta interrupción , como comprenderás , no puede 



140 LA REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 

partir mas quede D. Pedro , y una vez lanzada, la 
escena que motiva es de patrón. Los galanes se baten: 
el desconocido cae atravesado de parte á parte , y apa- 
rece una ronda de alcalde, alguaciles, etc. La dama 
ha llamado á su casa, y el marido abre la puerta: don 
Pedro no sabe qué hacer ; pero el citado marido quiere 
mostrarle su gratitud, y le acoge en su casa, cerrando 
en seguida la puerta. Llega la justicia, ve al muerto, 
coge á Carrascosa y cae el telón. 

El primer acto no puede menos de haber interesa- 
do fuertemente al público. Confieso que el segundo 
es mas débil ; pero esto no importa , porque el drama 
se levanta en el tercero, que es lo principal. Y digo 
que el segundo es mas débil, así porque en él no pue- 
des disponer de Carrascosa , como porque la lucha en 
él es solo de pasiones. 

D. Pedro, como es natural , quiere corresponder á 
la merced que le ha hecho el marido , sacrificando la 
virtud de la mujer; pero esta se defiende heroica- 
mente. Entonces D. Pedro sonríe satisfecho : ha en- 
contrado un recurso admirable. En la casa de enfren- 
te vive una bruja que tiene fama de hacer ganar vo- 
luntades y encender viciosos apetitos , y acude á ella 
ofreciéndola un bolsón lleno de oro. Ya tengo pensa- 
do el final de este acto: D. Pedro saca el susodicho 
bolsón y entrega una cuarta parte de su contenido á 
la bruja, después de explicarle su deseo. Esta coge el 
dinero y contesta: ¡Imposible! D. Pedro entrega otra 
cantidad igual, y ella dice: — Es muy difícil. El ga- 
lán aumenta la dósis, y la bruja dice: — Probaremos; 
y últimamente D. Pedro entrega cuanto le queda , el 
talego inclusive, y la Celestina dice lacónicamente: — 
Triunfarás. Este triunfarás, dicho por una buena 
característica, no tiene precio. 



LA. REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 141 

Y llego con esto al acto dramático por excelencia. 
El marido sorprende á la bruja en su casa, recela de 
sus intenciones y la despide ; pero como es un poco 
escamón , observa á su mujer y á su huésped : cree 
que su honor peligra, y da una puñalada á su esposa, 
persuadido de su inocencia , pero para preservarla de 
la seducción. D. Pedro se pone hecho un tigre, y mata 
al marido, que está hecho un toro, al mismo tiempo 
que Carrascosa entra muy ufano. 

— Señor, le dice, traigo grandes noticias. 

— ¿Buenas ó malas? 

— De todo, como en botica. 

— Habla pronto. 

— Pues bien : el hombre á quien diste ayer muerte 
en la calle, era tu hermano D. Lino. 
— ¡ Qué horror ! 

— Pero consuélate, porque en cambio he sabido que 
aquella hija que tuviste en Madrid, está en Sevilla. 
¿No se llamaba Clara? 

D. Pedro adivina en este momento que Clara , su 
hija, no es otra que la que le enamoró, y acaba de 
morir. 

— Pero aun hay mas , añade Carrascosa: el hijo que 
tuviste de aquella mora en Constantinopla, vive, está 
casado y habita en Sevilla con el nombre de D. Gil 
Pérez. 

Nuevo asombro y nueva desesperación de D. Pe- 
dro, porque su hijo Gil Pérez es el mismo á quien 
acaba de matar, porque este habia asesinado á su her- 
mana y esposa Clara. 

Ya comprendes que esta situación se presta ; pero 
el calavera empedernido necesita castigo mayor. Ve 
entrar en el cuarto á la bruja cuyos servicios utilizó, 
y arrojándose sobre ella la ahoga con sus propias ma- 



142 LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

nos. Al apartarse horrorizado, repara que lleva adhe- 
rido entre sus dedos un collar, del cual pende un me- 
dallón con un retrato ; lo mira D. Pedro , exclama: — 
¡Era mi madre! y cae muerto de repente. 

Yo habia pensado matar también á Carrascosa, 
pero me parece mejor perdonarle la vida , para que 
pueda decir, adelantándose hasta la concha del apun- 
tador: — Señoras y caballeros: si les gustó la obrita, 
hagan la mas ligera indicación, y saldrá á recibir los 
aplausos el autor , que me escucha desde el primer 
bastidor de la izquierda. Si , por el contrario , quedan 
ustedes disgustados, recuerden, antes de silbarnos, 
que han aplaudido alguna obra de muy parecidas 
condiciones á las del drama que hemos tenido el ho- 
nor de interpretar. 



APUNTES TEATRALES. 



t 

LOS AUTORES. 

En nuestros tiempos el autor dramático no cons- 
tituye un tipo; pero, en cambio, todos los tipos pue- 
den ser autores dramáticos. 

El cargo es compatible con todos los cargos , con 
todas las naturalezas, en fin.... hasta con las mate- 
máticas. 

Los padres que no querian , siguiendo rancias y 
rutinarias preocupaciones, dejar á sus hijos hacer 
versos, temiendo que estos no pudieran simultanearse 
con el estudio del latin ó la aritmética , han abjurado 
paladinamente de sus errores al aplaudir con entu- 
siasmo las lucubraciones dramátipas de Echegaray, 
eminente poeta y célebre matemático. 

Los diplomáticos, los ministros, los generales, los 
abogados, todos saben hacer comedias; y entiéndase 
que aludo á las que se representan en el Español ó en 
Apolo , á las que figuran en los carteles y se ejecutan 
con ayuda del apuntador, no á otras clases de come- 
dias , mas ó menos dignas de aplauso , que diaria- 
mente vemos representar. 

Escribir comedias no es una profesión : es un de- 
talle que no imprime carácter , un mérito de que cual- 



144 LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

quiera puede vanagloriarse, aunque pocos lo hagan 
con justicia. 

Y todos son autores dramáticos. El que concibe 
una idea que puede servir— ¿y cuál no sirve?— de 
base á una obra; el que da un consejo cuando está 
escribiéndose ; el que le pone un cantable , — original 
de un huésped ó amigo que lo tararea mientras se 
afeita; el que corrije una falta de ortografía del co- 
piante ; el que por encargo de otro compró un libreto 
francés en casa de Durán; el que asiste á la primera 
lectura; el que la alaba ó la critica de oficio; el actor 
que añade una gracia; la actriz que estrena un ves- 
tido ó inventa un nuevo ademan; el empresario que 
forma su barato repertorio, rechazando todas las obras 
que se presentan en su teatro , no sin haber pasado 
antes por mano de los encargados de desfigurarlas á 
jornal , y hasta el público que muchas veces toma 
parte en las representaciones introduciendo apostro- 
fes de gran efecto, todos pueden pasar, todos pasan 
por conocidos autores dramáticos. 

No hace aun muchos dias, uno que escribe come- 
dias,— esto es, que las copia, — solo por este concep- 
to se creyó con suficientes títulos para solicitar su in- 
greso en la Asociación de Escritores y Artistas. 

Y la verdad es que , gracias á la fecundidad de los 
ingenios franceses , nada mas fácil para los españo- 
les que obtener un puesto en la literatura dramática 
nacional. 

Con una peseta para comprar una producción tras- 
pirenáica, cuatro frases intercaladas en el texto lite- 
ralmente traducido, un empresario amigo, dos noti- 
cieros faltos de noticias y un público de confianza ó, 
mejor dicho, de familia, pronto se conquista fama de 
. distinguido autor. 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 145 

En estos tiempos han aparecido en la escena espa- 
ñola obras notabilísimas , obras que constituyen un 
nuevo timbre de gloria para el arte nacional ; pero 
cuyos autores han pasado por la esfera de la literatu- 
ra dramática como brillantes meteoros, sin detenerse 
mas que el tiempo necesario para producir la admi- 
ración de un instante. 

Nuestros principales escritores dramáticos no lo 
son tampoco por profesión. 

Son , como he dicho antes , ministros , matemáti- 
cos, militares, políticos ó empleados , que, en sus ra- 
tos de ocio , escriben comedias , como pudieran hacer 
rosarios ó ratoneras. 

Si otra cosa fuera, i cuánto lo agradecería elpais! 

Los autores , en general , aparte de los que tienen 
méritos propios, suficientes para clasificarse por sí 
mismos se clasifican por razón de los teatros en que 
se representan sus obras. 

Hay, por consiguiente, autores de primera, de 
segunda clase y de pacotilla. 

Sentar plaza en la última categoría y subir luego 
á la primera es mas difícil que ascender en un minis- 
terio , sin influencias , aunque se tengan suficientes 
méritos propios y muchos años de servicio. 

Para los proveedores de la Infantil ó Capellanes 
suelen cerrarse perpétuamente las puertas del teatro 
de Apolo ó el Español. 

La cuestión es empezar por arriba, que luego ya 
sobrarán tiempo y motivos para ir bajando. Este mo- 
vimiento de descenso es tan frecuente como natural. 

Y no hablo de las cuestiones económicas relacio- 
nadas con los autores, porque yo, que he tenido la de- 
bilidad de escribir para el teatro, recuerdo ciertos, 
detalles que me ruborizan. 

LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 10 



146 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

Para el autor dramático todos son deberes. Tiene 
el deber de escribir bien , de agradar al público , de 
asistir á los ensayos, de dar gusto á todos los actores 
de la compañía, etc. i Ah! ¡Se me olvidaba! ¡Pero en 
cambio tiene el derecho de escribir comunicados en 
los periódicos y acudir á los tribunales, al ver que se 
le niega el legítimo importe de su trabajo ó se que- 
da entre las manos de empresarios y [administra- 
dores! 

Aunque existe una ley que fija la parte del nego- 
cio teatral, que en cada caso corresponde á los auto- 
res , la ley no se cumple , sin duda por no alterar la 
regla general, y se ven establecidas por la arbitrarie- 
dad de las empresas las mas extrañas y curiosas ta- 
rifas. 

Quince , veinte , treinta reales por la representa- 
ción de cada acto. Hé aquí los tipos mas usuales en 
los teatros de último órden y aun en los de orden su- 
perior: cinco duros por la propiedad perpétua y la to- 
lerancia para el autor que consume algunas copas, 
tal es la tarifa de ciertos cafés. El tanto por ciento del 
importe de la entrada, por lo general, no lo alcanzan 
mas que algunos afortunados autores en coliseos de 
órden primisimo. 

Las tarifas lian bajado, pues, notablemente desde 
principios del siglo , aunque otra cosa se diga. Por 
Moratin sabemos que el autor de una obra dramática 
tenia que contentarse en su época con los quince do- 
blones que le daban los cómicos si la comedia gusta- 
ba (y muchas gracias) en tiempo de verano, y con 
veinticinco en invierno , porque las comedias y los 
besugos aumentaban su valor en empezando á helar. 
Sabemos también que, así y todo , habia autores que 
se hubieran ajustado de buena gana para hacer por 



LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 147 

dichos precios todas las funciones que necesitase la 
compañía; pero las envidias, el favoritismo y otras 
circunstancias impedían esto , cuando no se daba el 
caso de presentarse un estudiante gallego con unas 
alforjas llenas de comedias , follas , zarzuelas , dra- 
mas, melodramas , loas y saínetes , ofreciendo todo su 
surtido á trescientos reales unas obras con otras. 

Hoy , el autor mas notable envidia en ocasiones al 
gallego de Moratin. 

¡Pobres autores! Todo lo sufren con paciencia, por- 
que como son individualidades aisladas , como no for- 
man una colectividad, un cuerpo determinado con 
aspiraciones comunes , nada pueden intentar con éxi- 
to, limitándose á quejas aisladas , reclamaciones ver- 
gonzantes y demandas vergonzosas. La voluntad de 
los empresarios y la modestia de los que escriben para 
el teatro han sancionado prácticas y costumbres, 
que aunque no se oponen á la ley la derogan implíci- 
tamente. 

Hay hombre que escribe una comedia representa- 
ble por un café ó un vaso de vino ó un panecillo. 

Hay otros á quienes la miseria no arrastra á tales 
extremos; pero el deseo de darse bombo, y figurar en 
los carteles y en los periódicos, les produce tal vértigo 
que llegan á regalar generosamente sus inspiraciones 
dramáticas, y hasta dan dinero encima por verlas 
puestas en escena á la mayor brevedad. 

Con estos elementos todo conato de seria protec- 
ción , todo plan de indudables beneficios para los es- 
critores dramáticos fracasará siempre. 

Las debilidades y las miserias de unos pocos ser- 
rón un valladar insuperable á los deseos de los 
mas. 

No existiendo el tipo que en otros tiempos ha cons- 



148 LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

tituido el autor dramático , ni nada que se le parezca, 
excuso añadir que no existe tampoco ninguna de las 
variantes de dicho tipo. 

La clasificación de los géneros literario-dramáti- 
cos , no ha llegado á introducir en nuestros tiempos 
diferencia alguna entre los autores. 

Como todos sirven para todo , no debe chocar á 
nadie que no representen nada. 

Yo he visto á poetas sentimentales, muy dados á 
la tragedia y el alto drama, á quienes empezaba á se- 
ñalarse como regeneradores del teatro de Lope y Cal- 
derón, desceñirse el coturno y la clámide y arrojando 
lejos de su frente brillantes lauros dramáticos, pre- 
sentarse descaradamente á los ojos del público disfra- 
zados con careta de payaso y traje de cascabeles del 
mas vulgar y ridículo histrión. 

Yo he visto en cambio á escritores bufos que se 
designaban como una especialidad en el género, ofre- 
cer al público ensayos de comedias formales , de tinte 
pudoroso y delicado , viva protesta contra las indig- 
nas prostituciones del arte escénico. 

Yo he visto presentar á un conocido escritor, casi 
al propio tiempo, un drama en Apolo, una comedia en 
el Español , un juguete en la Comedia , una zarzuela 
melodramática en el teatro de la calle de Jovellanos, 
otra eminentemente bufa en el de Arderius y seis pie- 
zas de brocha gorda en Eslava , Capellanes y la In- 
fantil. 

En la misma noche otro autor hizo reir al público 
en la plazuela del Rey y llorar en la calle del Prín- 
cipe. 

Después de esto , clasifique usted á los autores por 
razón de los géneros que cultivan. 

Tengo un amigo que no sabe á cuál de ellos per- 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 149 

tenecerá la obra que escribe hasta que la termina. 

Muchas veces empieza anunciando todos los ter- 
rores de un drama sangriento y concluye con todas 
las delicias de un sainete y, por el contrario, dispara- 
tes cómicos que sin saber cómo se trasforman en es- 
cenas cuya interpretación por parte de la Civili no 
dejaría nada que desear. 

Ya se acabaron aquellos penosos estudios y priva- 
ciones inverosímiles con que inauguraban sus aficio- 
nes los dramáticos de otros tiempos ; ahora, mas prác- 
ticos y menos platónicos, lo primero que procuramos 
es propagar el nombre , aunque sea con el pretexto 
de salir de Madrid para tomar baños , después visitar 
la contaduría de los teatros durante el dia y los cuar- 
tos de los actores por la noche, ponerles bombos ó es- 
perar que otros se los pongan para atribuírselos con 
cierta importancia y no preocuparse con los clásicos, 
que al fin y al cabo serian muy importantes en su 
tiempos; pero hoy, dadas sus aficiones de escuela é 
inquebrantables propósitos, hubieran tenido que re- 
signarse á buscar refugio junto á la fuente de Neptu- 
no ó en la plazuela de Oriente en los inocentes teatros 
Guignol. 

— Para dedicarse usted con fruto al teatro , le decia 
ayer á un joven imberbe, — digno émulo según la 
prensa, de Calderón ; pero que aun tiene en proyec- 
to su primera comedia , — debia usted ir conociendo 
nuestros mejores autores clásicos. 

— Ahora, me contestó, cultivo otros conocimientos 
que me serán positivamente mas provechosos; me he 
hecho amigo de Vico y de Catalina. 

Esta respuesta convence á cualquiera , de que si 
nuestros antepasados fueron mas hombres de arte > 
nosotros somos mas hombres de mundo. 



150 LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

Fenómeno extraño. Faltan autores dramáticos y 
sobran obras dramáticas. 
¿Por qué sobran? 

Indudablemente, porque faltan los primeros. Al 
menos ninguna razón encuentro mas convincente 
para explicarme el fenómeno. 

ii 

LOS ACTORES. 

Quise conocerles personalmente , todo lo mas cer- 
ca posible, y lo conseguí. De esto hace ya unos cuan- 
tos años ; como que todavía puede decirse que habia 
teatro en España. 

A la hora del ensayo fui al escenario, en compa- 
ñía de un íntimo amigo, autor muy aplaudido, que 
se encontraba precisamente en capilla. Quiero decir, 
que aquella noche se estrenaba una obra suya. 

Alrededor de una mesa , sobre la cual ardían con 
tenue luz dos velas , vi unas cuantas personas , cuyo 
sexo apenas permitía descubrir la oscuridad. Me acer- 
qué á ellas , y el director de escena, con ayuda de mi 
compañero, fué presentándomelas una á una. 

La primera que me fué presentada, era la 'primera 
dama, mujer de edad indefinible, mirar desdeñoso, 
semblante adusto y aire enfático. Se conoce que re- 
presentaba dentro y fuera del teatro. 

La segunda , la damita joven , figurita de dulce, 
pero sin dulce , cara de albayalde , ojos húmedos y 
sonrisa que no quiere decir nada,— ni siquiera que se 
sonríe. Conjunto general: no inspiraría nunca recelo 
á los dependientes del resguardo. Detalles : un her- 
manito que le trae y le lleva los papeles y otras cosas 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 151 

que pudieran pasar por papeles y una mamá que se 
pasa la vida durmiendo profundamente y soñando á 
todas horas que su hija se casa con el empresario. Solo 
se despierta , casualmente , por supuesto , cuando se 
trata de tomar café. 

Después le tocó el turno á la actriz cómica , mu- 
chacha de porvenir, pizpereta y revoltosa , gran mo- 
vilidad de facciones , inclusa la nariz. Pasa de una 
silla á otra, repite sin cesar que su papel está equivo- 
cado , confronta con el original , disputa con el apun- 
tador, se burla de todos los funcionarios del teatro, 
inventa gracias que aunque no la teng-an hacen reir 
á todos , por costumbre, y su desenfado y desenvoltu- 
ra rayan en lo inverosímil. 

Después ofrecí mis respetos á la característica, se- 
ñora respetable que se hace un par de medias en cada 
ensayo y levanta en alto á toda la compañía con sus 
murmuraciones y sus punzantes críticas. Ella sabe la 
historia secreta de todos los que se dedican á las ta- 
blas y entretiene las horas de ocio haciendo biogra- 
fías. Por lo que respeta al arte, es un archivo de 
nuestra literatura dramática; conoce perfectamente 
nuestro teatro antig-uo y moderno, y á ella se consul- 
ta cuando es necesario acordarse de alg*un pasaje ó 
completar alg-una relación cuyo final se ha olvidado. 

Lueg*o tuve el g-usto de saludar á una señorita 
modesta que, segrm confesión propia, servia para 
todo. Sin duda por eso le reparten siempre papeles de 
criada. 

Los hombres , confieso ing-enuamente que excita- 
ron menos mi curiosidad; pero no por eso dejé de en- 
terarme de que habia un primer actor que hablaba 
con la g-arg-anta y accionaba á compás como impul- 
sado por un resorte , un. segmndo á quien malas len- 



152 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

guas hacían pasar por tercero de la primera y un ter- 
cero que se quejaba con razón de hallarse postergado, 
atestiguando con su fe de bautismo que él era Segun- 
do ; un gracioso capaz de poner de mal humor al 
hombre mas alegre ; dos galanes jóvenes, uno de cin- 
cuenta años que se gastaba el sueldo en cosmético y 
carmin y otro casado con la hija de un boticario que 
fué de Tembleque , á la que daba por lo menos una 
paliza semanal; y un larla; ¡pero qué barba, con una 
voz de efecto para los sordos y sin un pelo en la cara! 

Hablé breves momentos con aquella pléyade de 
conocidos artistas, adquirí ciertos datos curiosos y 
consolé á mi pobre amigo, cuya desesperación no co- 
nocía límites al ver á todos los actores ocupándose de 
todo menos de su obra maestra ; la que tantos traba- 
jos le había costado , en la que tantas esperanzas fun- 
daba y que iba á juzgar el público dentro de breves 
horas. 

Las situaciones mas culminantes , las frases mas 
salientes, pasaban sin hacerse y sin decirse, indicán- 
dose y balbuceándose. 

Mi amigo se esforzaba en obligarles á comprender 
el espíritu y circunstancias de los pasajes mas impor- 
tantes, tomando á su cargo en algunas ocasiones el 
desempeño de todos los papeles. 

Pero el resultado siempre era el mismo. 
— Comprendido, decía la dama volviendo á su 
asiento. 

— ¡Bueno! contestaba otro sin repetir la escena. 

— Así se hará, exclamaba muy sério el gracioso con 
acento fúnebre y dándose aire de protección. 

Y la conversación seguía girando sobre el mal 
servicio de escena , sobre la desigualdad en el paga 
de sueldos , sobre las exigencias de la empresa y la 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 153 

esplendidez del empresario, y ciertas proposiciones 
ventajosísimas y contratas para Ultramar. 

Y al terminarse el ensayo, al retirarse los actores, 
todavía pude escuchar algunos funestos augurios para 
mi pobre amigo. 

— ¿Estrenas traje? preguntaba una dama á otra. 

— Para qué , si la obra no ha de hacerse mas que 
una noche. 

— Es verdad: El ramo de moletas no puede durar. 
En él no hay asunto ni caractéres 

— Lo que en él pasa, no pasa en el mundo. Com- 
prendes que una mujer ponga de vuelta y media al 
amante porque intenta regalarle un vestido de ter- 
ciopelo?.... 



III. 

TARJETAS AMERICANAS. 

Mi primera y rápida visita al escenario de un tea- 
tro, me ha permitido ofreceros en conjunto algunos 
tipos. Después , examinando y comparando , haciendo 
frecuentes excursiones al teatro y hablando á actores 
y actrices , siendo verdugo unas veces y víctima otras 
de sus pretensiones, he llegado á reunir un álbum 
completísimo de tarjetas americanas , que voy á per- 
mitirme ofrecer á los pacientes lectores. 

Atención. 

La Gómez. — Primera actriz, primera dama, géne- 
ro sério. Fué hija de D. Melchor y de doña Escolás- 
tica; él empleado en el Tribunal de Cuentas durante 
treinta y cinco años con 4,000 rs., y ella mujer de 
pretensiones que hacia cuanto se le antojaba de don 



154 LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

Melchor. Murió este de mal de orina á consecuencia 
de la vida sedentaria que hacia en el Tribunal y doña 
Escolástica entró á desempeñar en todo su esplendor 
el papel que le tenia reservado la Providencia. Puso 




casa de huéspedes, y la Gómez . que entonces se lla- 
maba Carmencita, fué el ángel tutelar de la casa. 

Muy dada al romanticismo, leia con avidez las no- 
velas que le prestaban las vecinitas de enfrente y sa- 
bia cuautas redondillas era necesario recitar, para que 
saliese en su punto un huevo pasado por agua. 

Carmencita se aprendió de memoria El estudiante 
de Salamanca y Don Juan Tenorio y fué mucho al 
teatro con sus amiguitas las de Pérez. Organizada en 
casa de estas una función dramática , se le reservó á 
Carmencita el papel de protagonista. Y lo representó 
con tanto calor y tanta fe, que obtuvo una ovación , y 
los periódicos la llamaron inteligente aficionada y es- 
peranza del arte, y todos los huéspedes de doña Esco- 
lástica, que eran muchos, se convirtieron en otras 



L.V REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 155 

tantas trompetas, trompetones, figles y serpentones 
de la fama de Carmencita. 

Las de Pérez se resintieron porque nadie les dió 
bombo , á pesar de haberlo hecho todo lo mal posible, 
y doña Escolástica se vió precisada á dar funciones 
dramáticas todos los domingos con gran contenta- 
miento de sus parroquianos, que disfrutaron desde en- 
tonces de un espectáculo mas por fin de noche, lo cual 
venia á compensar en parte la falta de principio en la 
comida. 

Carmencita alcanzó nuevos triunfos, y un capitán 
de caballería, que aunque era huésped de ocho reales, 
sin principio , iba con buen fin en ciertas materias, 
pidió la mano de la distinguida actriz , solo por el ca- 
pricho de oir de sus labios y á solas , aquellos versos 
que terminan diciendo: 

arráncame el corazón 

ó ámame, porque te adoro. 

Y se casó con ella y se aprendió sin un punto si- 
quiera los versos del Tenorio , y se cansó de romanti- 
cismo , y de comedias y de matrimonio , marchándose 
á América, donde murió dejando viuda á Carmencita, 
que al poco tiempo casó en segundas nupcias con Gó- 
mez, actor de carácter bastante bueno. 

Desde entonces figura en el mundo del arte la 
Gómez, que empezó su carrera dramática siendo su 
contrata una cláusula indispensable de la contrata de 
su marido. 

Este se enfadaba siempre que no la aplaudían y 
siempre que la aplaudían mas que á él. 

La primera corona de laurel que cayó á los pies de 



156 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

Carmencita, fué verdadera manzana de discordia para 
aquel venturoso matrimonio. 

El artista se sobrepuso al marido , el maestro no 
pudo soportar el verse humillado por su discípula y 
pensó en el divorcio. No realizó, sin embargo, su pro- 
pósito y llegó una temporada en que la contrata del 
marido , fué una cláusula de la contrata de su mujer. 

Gómez pasó por esta última prueba haciendo un 

esfuerzo sobrehumano; pero una noche ¡noche 

cruel! se equivocó tres veces en una misma escena, y 
el público le chicheó : salió bufando del escenario , y 
delirante , fuera de sí, en el colmo de la soberbia ar- 
tística , de la envidia y del despecho , dando rienda 
suelta á todas las malas pasiones que hervían en su 
pecho , corrió á la entrada general 1 , y se puso á silbar 
como un loco á su mujer. 

El público quiso matarle (porque la Gómez estaba 
haciendo sus delicias en aquel instante), y fué condu- 
cido entre guardias á la prevención, y luego abando- 
nó la Península y este mundo, yéndose al otro , al co- 
liseo de Tacón. 

Carmencita solicitó nuevamente la compañía de 
su madre, doña Escolástica, que habia convertido su 
modesta casa de huéspedes en fonda principal, y no 
volvió á saber de su marido. Pasó su época y hoy vive 
preocupada, hecha un vinagre , como dice su madre, 
y pensando en que si á su marido se le ocurriera re- 
gresar de América y volverla á silbar , el público no 
trataría , como antes , de matarle , y quizás seria ella 
la conducida á la prevención. 

Pepita Rodríguez.— Dama joven, diez y ocho años 
según su madre, que dicho sea de paso, en nada se le 
parece. De su padre no dan razón. Fué discípula del 
Conservatorio desde su edad mas tierna ; su afición al 



LA. REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 157 

canto era grande , pero por falta de voz, tuvo que de- 
dicarse ála declamación. 

En unos exámenes llamó la atención , no por sus 
ejercicios, de los que nadie se enteró mas que su 
mamá (que asegura que si liubiera habido mas pre- 
mios la hubieran dado uno), sino por su vestido azul 
de g-lasé y su aire candoroso. 




Un empresario, que asistió á la solemnidad, la con- 
trató para que hiciera en una comedia de mágia el 
papel de ángel custodio y dijera una relación que ha- 
bia necesidad de recorrer en tren exprés. 

Y la dijo sin equivocarse , y el público celebró la 
gracia de la niña haciéndola salir á la escena , no por 
lo de la relación , sino porque estaba muy mona con 
sus alas de papel de plata , su traje de raso azul y su 
pelito rizado y cubierto de polvos de oro. 

Pepita se conquistó desde entonces una reputación 
para los papeles de áng-el y otros análog-os. 

Interpreta á las mil maravillas todas las manifes- 
taciones de la tontería. 



158 LA REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 

Los papeles de niña candorosa los borda. Su come- 
dia favorita es La niña lola. 

Sin esforzarse mucho, consigue ponerse en carác- 
ter, y su bobería natural traspasa los límites de la 
pintada tan magistralmente en aquella obra. 

Las emociones suaves, el amor dulce y tranquilo, 
el no retirar la mano cuando el galán joven se la besa, 
el permanecer impasible, aunque amenace una catás- 
trofe y el público se impaciente, todo eso es del reper- 
torio de Pepita Rodríguez. 

Siempre será lo mismo. No dará un paso mas ni 
atrás, ni adelante.... pero mientras haya polvos de 
arroz y vestiditos azules y guardapelos que ponerse al 
cuello, será indispensable para ciertos desahogos líri- 
cos, comedias sosas y papelitos de Virginia, y sobre 
todo, para hacer de ángel ó espíritu del lien en los 
espectáculos de mágia, y salir por escotillón, ó apare- 
cer allá junto á las bambalinas, rodeada de nubes é 
iluminada por una bengala azul, azul como sus ojos, 
como su vestido, como las venas de su mano, como el 
cielo de sus ideas, y como el juego de thé que la com- 
pró el dia de su santo en La Dalia azul el empresario, 
hombre también muy amigo de lo azul, desde que le 
concedieron á su teatro una crecida subvención en 
época en que un íntimo amigo suyo llegó á ocupar el 
banco azul. 

Actriz cómica. — Frascuela. — Este es su nom- 
bre de batalla; como á todo el mundo pone motes, 
nadie la conoce de carteles adentro mas que por el 
suyo. 

Desde muy niña fué de la piel del demonio. Su tio 
D. Lesmes, única persona que tenia en la tierra, no 
podia hacer carrera de ella. 
La expulsaron del colegio por contestar á la direc- 



LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 159 

tora y tirar un cabá con siete libros dentro á la pa- 
santa. 

En el Prado era la perpétua organizadora de cor- 
ros, y la que daba la órden de cantar fuera burros, 




fuera burros, que aquí no se vende paja.... cuando se 
acercaba algún mozalvete, terror de las niñeras, al 
centro de aquellas vertiginosas vueltas y desaforados 
gritos. 

Tuvo muchos novios, y tanto le agradó el fingi- 
miento, que mostró desde luego vocación decidida por 
el teatro. 

Murió su tio. Hay quien dice que al poco tiempo la 
vió bajar unas cuantas noches por la Carrera de San 
Gerónimo, apoyada en el brazo de un conocido perio- 
dista, de cuyo matrimonio no se habian ocupado sus 
compañeros en la prensa. 

Algo mas tarde debutó en una comedia chispean- 
te, original de un amigo del periodista aludido, que 
con tan fausto motivo, la dió un bombo en el que se 
traslucia cierto interés, no de oficio, que se comentó 



160 LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

■en el café de La Iberia y en la contaduría de los 
teatros. 

Frascuela realizó las esperanzas que en ella funda- 
ba el público, y sigue en el gremio temida por sus 
chistes, respetada porque tiene vara alta en la prensa, 
y admirada por su despreocupación. 

Baila el can-can con mucha gracia , y sabe reco- 
gerse la falda con una sal, con una monería y con un 
chic que en vano quieren imitarla las cancanistas mas 
flamencas. 

Viste con elegancia y sencillez. Tiene un pié como 
una almendra, que en algrmas ocasiones se le comería 
el público, y gasta unas botas que le vienen pequeñas 
al niño del apuntador, que tiene seis años. Verdad es 
que el tal niño está muy desarrollado. 

Cuando la obra lo exige, canta unas malagueñas 
que ya, ya, y toca el piano con la misma soltura que 
Zabalza, sin necesidad de que el director de orquesta 
se sitúe detrás del bastidor á engañar al público con 
otro piano, haciéndole creer que toca la que no toca. 

Hace papeles de hombre, sobre todo de militar, que 
no hay mas que pedir. La casa de carneo y No mas 
muchachos, las ha representado mas de cien veces. 

La dicen Frascuela porque es muy ducha en cues- 
tiones de toreo, y llama al escenario plaza, á la fun- 
ción corrida, á la compañía cuadrilla, á los bastidores 
barreras, al primer actor Lagartijo, al que dice la úl- 
tima palabra de la obra cachetero, y á sufrir una silba 
llevar mulé. 

A los cortes de parlamento, á las equivocaciones y 
á la omisión de relaciones enteras, las distingue con 
los nombres de volapié, cogidas y saltos de garrocha. 

Cuando el público se pone serio, dice á sus com- 
pañeros:— ¡Mucho ojo! parad los piés y trabajad á. 



LA. REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 161 

conciencia, que hoy tenemos ganadería de Miura. 

No será, pues, extraño que el mejor dia la den el 
gran revolcón. 




Doña. Angustias.— Cincuenta años de edad. Viene 
teniéndolos lo menos desde hace otros cincuenta. Ha 
llegado á ser característica sin saber cómo, por una 
cuestión de carácter. Su marido la trataba mal, y ella 
tomaba á risa los malos tratamientos de su marido. 
Desde que existe la clase de maridos, no es posible que 
haya habido otro mas celoso. 

Otello era un niño de teta al lado del marido de 
doña Angustias. 

La encerraba bajo siete llaves, la tapiaba los bal- 
cones. Y sin embargo, siempre que volvia á su casa se 
empeñaba en que olia á cigarro, sin acordarse de que 
él entraba fumando. 

El rasgo característico de nuestra característica, 
fué su amor desde muy niña á los papeles de carácter. 

Recitaba de memoria comedias enteras de su gé- 
nero favorito, y lo hacia con tal propiedad y fíngi- 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 



11 



162 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

miento de voz, que muchas veces su marido, oyéndola 
desde su despacho imitar las frases del galán, se lanzó 
en su gabinete armado de una enorme tranca , bus- 
cando al seductor por debajo de todos los muebles, in- 
clusas las faldas de su mujer. 

— No sé cómo no te contratas en una compañía de 
cómicos de la legua; si Arderius supiera la joya que 
hay en esta casa, no faltarian proposiciones, decia él. 

Y ella lo tomó al pié de la letra, y durante unos 
dias que estuvieron separados, se ajustó por diez re- 
presentaciones en un teatro-café, sentando plaza de 
característica. 

Creció en fama, subió como la espuma, y en pocos 
años adquirió con justicia un buen nombre. 

El marido ha vuelto á reunirse con ella. Sigue tan 
celoso como siempre, y una noche que su mujer bailó 
el zapateao, y el público se entusiasmó gritando ¡mu- 
cho! ¡venga de ahi! y ¡viva la gracia! por poco sale al 
escenario y empieza á tiros con el público. 




Centellas. — Primer galán. En sus tiempos fué 
muy mal estudiante, y mas amigo del billar, el café y 



LA REPUBLICA DE LAS LETRAS. 163 

el tabaco, que de la Universidad, los libros y la Biblio- 
teca nacional. 

En vez de ir á cátedra á oir las explicaciones de 
Coronado, se iba á la Montaña del Príncipe-Pio á leer 
comedias. 

Vendió á un librero de viejo los dos tomos de De- 
recho romano, para comprar una colección de obras 
romántico-sentimentales. 

Ahorcó la carrera, y cuando su padre le creia ha- 
ciendo grandes progresos en el bufete de Cortina, se 
encontró con una carta en que su hijo le comunicaba 
el triunfo que habia obtenido en el Liceo bajo la di- 
rección de Arjona. 

Dice bien, pero no acciona, lo cual no obsta para 
que sig-a pasando como primer actor. 




Gil.— Primer actor. Conviene advertir que en el 
teatro moderno, todos son primeros actores. Su vida 
empieza en el café Imperial. Todos los que le conocen 
aseguran haberle visto allí por primera vez. 

Según dice á todas horas y á cuantos quieren oir- 



164 LA REPUBLICA. DE LAS LETRAS. 

le, él es la única esperanza del arte , no hay mas ac- 
tor que él. 

Pone de relieve los defectos de todos menos los 
suyos. 

Pondera sus méritos y calla los de los demás 

Mientras hay un motivo insignificante para mor- 
der , muerde. 

Su lengua viperina es el terror de las actrices y 
la constante preocupación de los actores. 

Sin moverse de la mesa del café ha hecho toda su 
fortuna. Los mas insociables quieren ser sus amigos, 
y le sirven con eficacia á trueque de ponerse á salvo 
de su crítica mordaz. 

Los empresarios le contratan para que no desacre- 
dite el teatro y pierda á la compañía. 

Por eso trabaja actualmente , es decir, cobra su 
subvención, porque apenas toma parte en las repre- 
sentaciones. 

Se ha metido á editor, es propietario de piezas que 
solo le han costado la módica suma de varios cafés 
con tostada. 

Será rico , respetado y Dios sabe si con el tiempo 
empresario universal de los teatros de Madrid. 

Jiménez.-— Actor. Es el que hace el gasto: trabaja 
mucho , luce poco y gana menos. No crean ustedes 
que el dibujante ha exagerado su tipo. 

Por lo general le reparten papeles antipáticos , lo 
cual unido á su fisonomía repulsiva y á su adocena- 
da figura, contribuye á que de vez en cuando le tien- 
te la ropa el público. 

Es un hombre impasible. Está aclimatado en la 
atmósfera de los silbidos y los chicheos. Lo que aun 
no se ha podido averiguar es el efecto que le hacen 
los aplausos, porque no le han aplaudido nunca. 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. ]65 

Sin embargo , él asegura que le han llamado con 
fuertes palmadas. 




Melendez.— Gracioso. Se llama de nombre Seve- 
ro y fué sacristán en sus mocedades. Se rie de los 
chistes antes de decirlos. 

Es muy amigo de intercalar en su papel frases de 



166 LA REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 

su cosecha, y una noche que estuvo muy infeliz en 
las morcillas— así se llama aquel vicio en la tecnolo- 
gía escénica — por poco muere á manos de un autor 
justamente indignado. 

Suple su falta de gracia con grotescas vestiduras, 
que la primera vez tienen el mérito de la sorpresa y 
después fastidian. 

En ocasiones se presenta en la escena hecho un 
verdadero mamarracho y el público le compadece y 
se echa á reir de lástima. 

A los que están de buen humor consigne ponerlos 
serios, y á los que están de mal temple logra facilitar- 
les el camino al viaducto de la calle de Segwia. 

¡ Dios sabe si será cómplice de alg-un suicidio ! 




Los hermanos Pérez.— Galanes jóvenes. Cincuen- 
ta y cuarenta y cinco años respectivamente. En los 
parlamentos largas están muy bien , en el picadillo 
reg-ularmente y en las sorpresas por parte del padre, 
el tutor ó el marido, son aplaudidos con frecuencia. 

Hacen bien el amor, y cuando este llega al último 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 167 

grado de la imbecilidad, preciso es reconocer que es- 
tán incomparables. 

Ambos hermanos constituyen toda una familia ar- 
tística, así como las familias Castagna ó Melillo. 

En la nómina del teatro figuran en una sola parti- 
da; que dice: Los hermanos Pérez á razón de 50 reales 
diarios cada uno. 

Todo es común entre los dos , las ropas , las espa- 
das, los sombreros, los guantes, los postizos.... hasta 
ios laureles. 

Van siempre juntos , visten lo mismo , beben agua 
á la misma hora y si el uno representa mal, el otro lo 
hace peor por no distinguirse de su hermano. 

Llevan el amor fraternal hasta lo sublime. El me- 
nor pega á su mujer y el mayor después de ocho años 
de feliz matrimonio , se ha creído en el caso de zurrar 
también la badana á la suya, con objeto de no perder 
en lo mas mínimo el parecido. 

i Qué lástima que á ninguno de ellos se le haya 
ocurrido retirarse para siempre de la escena ! 




Fernandez.— Es el barba de la compañía y un 
traidor.... al natural. Se finge muy cariñoso y amable 



168 LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

con sus compañeros y lueg-o da gratis billetes de an- 
fiteatro principal á varios estudiantes de Medicina, 
amig-os de su hermano, á condición de que silben á 
todos y le aplaudan á él. 

En un estreno en que salió sumamente desfigura- 
do con un gran pelucon y enormes bigotazos, los es- 
tudiantes de Medicina se equivocaron, y creyendo que 
era otro, le dieron la gran grita. 

Y es la única vez en que obraron con justicia des- 
de que asistian al teatro. 




Caballero 1.°— Fuera del cartel y de los cinco 
minutos en que sirve de figura decorativa, es un tru- 
hán en toda la extensión de la palabra. 

Un dia cuentan que arrancó los botones de una 
casaca de corte y los vendió en el Rastro. 

Le acumulan la desaparición de una peluca y un 
polisón. 

Todo esto probablemente no pasará de habladurías 
y envidias del que solicitaba su plaza, quien asegnró 
al empresario que era un tomador del dos, enterra- 
dor, espadista y compinche de la Vaquerina. 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 169 

Una yoz. — Tiene su historia. Era traspunte: en 
un momento crítico faltó el actor encargado de lan- 
zar una exclamación dentro de bastidores. El traspun- 
te tuvo una verdadera inspiración y obedeciendo al 
supremo impulso de la necesidad, dió el grito culmi- 
nante del drama. 




Un aplauso unánime resonó en el teatro. 

Jamás se habia dirigido aquel apostrofe con mas 
calor, ni con mas propiedad. 

Desde entonces el traspunte hace algunos papeles 
interiores que se determinan en el reparto con la grá- 
fica frase, de una voz. 

Los vestidos que requiere su papel son de cuenta 
de la empresa. 



Cierro mi álbum fotográfico, ya que se han ente- 
rado ustedes de los rasgos característicos, la vida, mi- 
lagros y méritos de algunos actores, y donde dice al- 
gunos puede leerse también muchos, muchísimos 6 
casi todos. 



170 LA. REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 

¿ No os gustan ? 

A mi tampoco; pero por ahora, salvo rarísimas ex- 
cepciones , no tenemos otra cosa. 

Renuncio á elevarme en filosóficas consideracio- 
nes acerca de esta horrible decadencia y me limito á 
consignar estos ligerísimos apuntes á vuela pluma y 
en tono festivo, que ya dejan entrever algo de lo que 
no digo. 

Concluyo , pues , no porque falte tela, sino por- 
que peor es meneallo. 

IV. 

EL PÚBLICO. 

¿Qué es el público? 

Haced la pregunta á varias personas , y cada una 
os contestará de diferente manera. 

Un quídam, le llamará muchedumbre que va al 

teatro. 

Un matemático, suma de unidades. 

Un actor silbado, conjunto de ignorantes que se 
divierten á costa del prójimo. 

Otro aplaudido, sabio juez que premia el mérito y 
es infalible en sus fallos. 

Una señora de palco, gente que va á los anfitea- 
tros y entrada general. 

Un escritor antiguo, ilustre Senado. 

Otro moderno, populacho vil. 

Un militar, masa indisciplinada. 

Un pobre, reunión de personas que aun tienen una 
peseta de sobra. 

Un guardia de órden público, barullo donde abun- 
dan los alborotadores. 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 17 1 

Una señorita muy vigilada por su papá, pretexto 
para hacer guiños al teniente de húsares que se sitúa 
tras la columna de una galería baja. 

Varios autores dramáticos , monstruo que devora 
sin masticarlos cuantos manjares se le arrojan. 

Otros, colectividad inofensiva de la que se hace lo 
que se quiere, juguete de los caprichos del genio. 

Un revendedor, manantial inagotable de especu- 
laciones; multitud de ciudadanos de buena fe que no 
conocen los billetes falsos, ni los duros de plomo , ni 
las pesetas de hoja de lata, ni los reales de cartulina, ni 
el precio que tienen las localidades de ningún teatro. 

Un Tenorio, barullo apetecible para hacer el amor. 

El gracioso de la compañía, los morenos. 

El apuntador, conjunto de respetables individuos 
á quienes tengo el gusto de volver la espalda todas 
las noches. 

Y en verdad que, entre tantas definiciones, no en- 
cuentro una sola que me satisfaga por completo. To- 
das me parecen vulgares, antiguas, poco expresivas. 
Cierto es que siempre pasa lo mismo cuando se trata 
de compendiar en pocas frases algo incoherente, vago, 
y hasta cierto punto adsoluto. 

¿Cuáles son las circunstancias esenciales y los ca- 
racteres del público? La respuesta tiene forzosamente 
que ser muy varia y poco concreta. 

¿Quién es capaz de averiguar cuál es la flor prefe- 
rida por la mariposa que vuela de una en otra con in- 
cesante revoloteo, haciendo gala de mudable incons- 
tancia? 

¿ Quién se atreve á profetizar con seguridad las va- 
riaciones de un mar inmenso, sin playas ni puertos ni 
límites conocidos, que tan pronto se desliza tranquilo 
y sosegado, rizando apenas la corriente de cristalina 



172 LA REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 

superficie, como se alza impetuoso y soberbio hasta 
rozar el horizonte con los negros penachos de su al- 
tivez? 

He tratado de hacer observaciones detenidas res- 
pecto del particular, y solo he conseguido convencer- 
me de que el público es una cosa indefinible. Cuando 
uno cree que es ateo , le sorprende con un rasgo de 
fanatismo religioso; cuando uno supone que es conser- 
vador, se encuentra con que aplaude frenéticamente 
los arranques de la mas brutal de las demagogias; 
cuando se le tacha de moralista insoportable y austero 
hasta lo inverosímil, suele asomar á sus labios la son- 
risa de la tolerancia, y acoger con muestras de apro- 
bación chistes repugnantes capaces de ruborizar á los 
que leen con avidez ciertos folletines de moda. A ve- 
ces consiente en ver trasformada la representación es- 
cénica en saturnal inmunda , y luego reprueba con 
enérgicas manifestaciones y ardorosas protestas fra- 
ses de alcance dudoso, pero cuya mal sonancia no es 
de las justificadas, y equívocos ligeramente chis- 
peantes. 

En una noche, en una hora , en un momento. la& 
impresiones del público revelan cien caractéres dis- 
tintos. 

El público es el mundo. 

Es la suma de todas las volubilidades, de todas las 
mudanzas, de todas las inverosimilitudes, trasforma- 
ciones y extraños fenómenos de la vida humana. 

Si el hombre varía tan frecuentemente de opinión 
y de gusto; si la mujer es una especie de veleta — mu- 
cho mas movible que la veleta, aunque mucho mas 
espiritual — ¿ qué será el público, donde se agitan y 
confunden en revuelto torbellino tantos hombres y 
tantas mujeres? 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 173 

El público se clasifica en tres grandes grupos, 
compuestos de los sig-uientes individuos: los que van 
á ver la g-ente, que son los mas; los que van á ver la 
función, que son los menos, y los que van por ir, como 
si se tratara de un café ó de un paseo , sin objeto de 
ninguna especie, que son algunos. 

Los primeros acuden tarde al teatro, no miran 
nunca al escenario, y siempre están con los gemelos 
en la mano; los segundos van temprano , no pierden 
ni un detalle de la obra, y todo se vuelven ojos ; los 
terceros leen La Correspondencia, se quejan de que no 
pueda fumarse, miran á todas partes y á ninguna; 
salen con frecuencia á los pasillos, y por lo regular.... 
jse duermen! 

El público se clasifica también por razón de las lo- 
calidades que ocupa. 

Hay público de palcos, butacas, galería baja, anfi- 
teatro y entrada general. 

Los de los palcos son, por lo g-eneral, los repre- 
sentantes de la hig Ufe , la créme de la créme, la fine 
Jleur des pois. Allí no se habla mas que de lo mal que 
se porta el empresario con los abonados del turno, de 
trenes lujosos, de yeguas normandas, del tiro del 
Pichón , de abanicos de medio paso , de los últimos 
inventos y maravillosos progresos del célebre perfu- 
mista Viole t, de las novedades que han llegado á 
casa de Mad. Honorina, de las últimas telas recibidas 
en casa de Montalban y Eguiluz , de la fuga de la 
Duquesa del Relámpago con el Marqués del Trueno, 
de la próxima corrida de toros á beneficio de la Bene- 
ficencia, del casamiento de A. con B., de la quiebra 
de C, de los amores de X., de los disgustos de R. y la 
alegría de jota, con motivo del fallecimiento de su 
tia la generala K., que la instituyó heredera. De todo 



174 LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

se habla , se rie, se bromea , se discute y se hacen co- 
mentarios , y alguna vez , cuando falta materia , has- 
ta de la función. El palco es una habitación de la casa, 
independiente de la misma , aunque en íntima rela- 
ción con ella; es un gabinete de confianza donde 
acuden los que frecuentan la casa y los que quieren 
frecuentarla. El palco es un coche grande, un coche 
parado, un escaparate de la hermosura, la elegancia, 
el lujo, la riqueza; un cuarto reservado del gran 
mundo , un espacio de pocos piés cuadrados , donde 
se representan dramas muy largos , historias trascen- 
dentales é incomprensibles misterios. 

La gente de palco pasa el tiempo que dura la fun- 
ción entretenida en sus conversaciones, mirándose 
mutuamente y mirando á la de las butacas. 

Esos adolescentes que veréis con frecuencia, mue- 
lle y graciosamente apoyados en el antepecho , si por 
cualquier accidente imprevisto cayeran al patio , les 
veríais votar. Como que todos son gomosos. 

Parte de los de las butacas se entretienen en mirar 
á los de los palcos, otros censuran ó elogian, casi 
siempre con apasionamiento y exageración la obra, — 
son los amigos del autor y los representantes de la 
prensa , — y otros pertenecen al gTupo de los que van 
al teatro por ir. 

En la galería baja suele hablarse mucho de amor 
y abundan las parejas de tapadillo y las citas para 
la noche siguiente y las apreturas , hasta el punto de 
ocurrir empeñarse dos en ocupar el sitio de uno. En 
aquellas oscuridades reinan las pasiones , y las esce- 
nas amorosas producen un efecto que suele servir al 
acomodador de causa para echar á alguno á la calle. 
Y son abonados perpétuos á tan misterioso lugar gran 
número de filósofos , cuyas investigaciones en busca 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 175 

de lo desconocido, logran á menudo por todo resulta- 
do un bofetón simple y sonoro ó una regular ración 
de garrotazos. 

El público de los anfiteatros y de la entrada gene- 
ral , que es el que con mas incomodidad ve la fun- 
ción, es también el que no pierde un solo detalle de 
lo que pasa en ella; sigue con la vista todos los mo- 
vimientos de los actores , balbucea sus frases, refle- 
ja en su fisonomía los distintos efectos que va expre- 
sando la del actor que funciona, y con la boca abierta 
y una satisfacción de esas que rebosan por todos los 
poros, se entera de cuanto sucede en la escena y lo 
retiene en su imaginación para contarlo al dia si- 
guiente, ocho ó diez veces, corregido y aumentado. 
Sin embarga , por falta de vista , de oido ó de inteli- 
gencia, ó de las tres cosas á la vez , son muy pocos 
los que comprenden la función tal como es. 

Nunca olvidaré la prueba que hice en la noche del 
estreno de un precioso drama , original de un amigo 
mió. Quise , con la natural impaciencia de un cariño 
verdadero, saber el efecto que habia producido. 

Entré en el palco de la Marquesa de las Cinco Ro- 
sas , y sin necesidad de formular la menor pregunta, 
supe que la primera dama llevaba un aderezo, regalo 
de su amante , y que el Vizconde del Tulipán , acom- - 
pañante perpétuo de la Marquesa, no la habia deja- 
do, con sus graciosas observaciones, enterarse del 
argumento del drama. 

Saludé á varios amigos de las butacas y uno me 
preguntó si sabia quién le comprase un caballo que 
le habia tirado en la Castellana aquella tarde ; otro 
me deshizo la corbata y me desabrochó el chaleco, re- 
firiéndome cierta aventurilla, y varios me aseguraron 
que tenian en su casa el original, francés según unos 



176 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

y alemán según otros, de donde estaba sacada la 
obra que acababa de estrenarse, primicias del talento 
de mi amigo , fruto de un año de laboriosos trabajos 
y jijantes esfuerzos de génio. 

Corrí á refugiarme en las galerías. 

— Yo no he entendido el argumento , decia uno. 

— No habrá salido, contestaba otro, dando por suya 
una gracia que cuenta algunos años de existencia. 

— Es una obra muy enredada; pero me gusta 
mucho. 

—Y á mí... sobre todo el traje que saca la condesa, 
y lo del desafío , cuando empiezan á cuchilladas con 
los conjurados... Aquel chiquitín del chambergo ne- 
gro i qué mandobles repartía ! 

Descorazonado iba también á abandonar aquel si- 
tio, cuando vi en un rincón dos jóvenes que, con 
animado rostro y fácil palabra, analizaban todos los 
incidentes del drama , elogiándolo con cordura y de- 
jándose arrebatar en ocasiones por un entusiasmo que 
hacia rodar por sus pupilas lágrimas del mas sublime 
de los sentimientos. 

— ¿Para quién has escrito tu drama? exclamé en 
mi interior. Para dos criaturas solamente , para dos 
corazones que sienten como tú. ¡Extraños resultados 
del génio! ¡Triste degradación de la humanidad! 
Y abandoné el teatro. 

Al otro dia la prensa colmaba de elogios al público, 
porque juez, como siempre, recto é infalible, había 
recompensado una vez mas el verdadero mérito con 
sus espontáneos y entusiastas aplausos. 

¿Quiénes aplaudieron el mérito de la obra con es- 
pontaneidad y entusiasmo? Los dos jóvenes de la ga- 
lería. El resto de la concurrencia hizo , por punto ge- 
neral, ruido con las manos , impulsado, más que por 



LA. REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 177 

admiración hacia el drama , por ese instintivo don de 
imitación , que es uno de los mas preciosos en los 
hombres y en los monos. 

Siempre sucede igual. Una palmada oportuna pue- 
de ser causa de una ovación ; un silbido, un ¡que lailel 
un ¡fuera! en el momento en que flaquea la obra, se 
cansa el público ó recibe una impresión desagradable, 
ocasiona seguramente un terrible fiasco. 

Antes , siquiera, fuese por moda ó por convicción, 
el público, durante determinadas épocas, marcaba 
sus aficiones y sus deseos , imprimiéndoles carácter 
de escuela. Ahora no hay escuelas, ni aficiones, ni 
mas modas que las de los figurines , ni autores dra- 
máticos, ni actores, i ni público! 

En la esfera teatral aparecen representados unos 
y otros ; pero no hay que hacerse ilusiones. Los dioses 

no se van Se fueron hace ya bastante tiempo, y 

acaso para no volver. 



Í,A REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 



12 




DOLORA DRAMÁTICA. 



I. 

Quien gloria quiera ganar 
y eterna fama adquirir, 
no escriba por escribir: 
escriba para enseñar. 

Si no aspira á nombre eterno 
y ajenas empresas plagia, 
haga comedias de magia 
según el uso moderno. 

Para ello, si en ello piensa, 
procure en primer lugar 
en un mes escalonar 
estos sueltos en la prensa: 
—El poeta D. Juan Ferrer 
una magia está escribiendo: 



LA. REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 

tendrá un éxito estupendo 
Las garras de Lucifer. 
— La comedia de D. Juan 
se dará pronto al teatro: 
tres empresarios ó cuatro 
disputándosela están. 
— Triunfó en la contienda al fin 
el empresario D. N. 
Seguros cien llenos tiene 
el teatro de Moratin. 
— La empresa para poner 
la obra que nos va á encantar, 
diez mil duros va á g-astar. 
¡ Bien por el Sr. Ferrer ! 
— Una rectificación 
nos exig"e la hidalg-uía: 
la obra , el asunto del dia, 
cuesta á la empresa un millón. 
— Las garras está ensayando! 
— Vino un maquinista inglés. 
— El estreno á fin del mes. 
— No van billetes quedando. 
— Setenta decoraciones 
tiene el mágico portento: 
callamos el argumento 
*por numerosas razones. 
—Como saberlo conviene 
y no es secreto de estado , 
diremos que ya ha g-astado 
cuatro millones D. N. 

Del uno al otro confín 
del sistema planetario, 
nadie hay como el empresario 
del teatro de Moratin. 



180 



LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 



II. 

U pS re dd j- Pero ¿ no abren el despacho? 

Yo no sosieg-o hasta ver 
Las garras de Lucifer. 

Otro. — Dicen que es un mamarracho. 

Una mujer. — ¡Insolente! Es el autor 
primo mió. 

El otro. — ¿Y qué me importa. 

Veremos cómo se porta. 

¿Que cómo? Ha de hacer furor. 



Un tercero 
discordia. 



en 



Un enemigo de 
la gramática. 
Un quidam. 
El enemigo. 



Un chico. 
El enemigo. 



Un cualquiera. 
Un alabardero. 

Una persona 
bien informada 



) 

En primer lug-ar , la empresa 
ha hecho cien decoraciones 
y restaurado telones , 
como en el cartel expresa. 

— La luz eléctrica trujo. 

— ¿Se puede creer? 

—Es fijo: 
lo sé porque tengo un hijo 
que hace de seg-undo brujo. 

Y además tendremos fieras 
cuando lleg-ue la ocasión. 
— Pero, serán de cartón. 

— No señor, que son de veras. 

Y lo mas interesante 

es la majestuosa pompa 
con que roba con la trompa 
á la dama el elefante. 
— Habrá luces de Beng-ala. 
— Magnífica es la función. 

j — Sale un hombre de un melón 



LA 

Un pollo. 
Otro. 

Un revendedor. 

Un observador. 
El revendedor. 
El observador. 



REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 181 

al tiempo de hacer la cala. 
— Y el autor es un muchacho.... 
— Pues á ser cierto, promete. 
— Yo doy barato un billete: 
no los hay en el despacho. 
— Pues si no se ha abierto.... 

— ¡Magia!. 
— Me hace gracia la estrategia: 
como la función es regia 
seguro lleno presagia. 



Pasa el tiempo, aumenta el corro, 
y al abrirse el ventanillo 
mas de un prójimo sencillo 
va á la casa de socorro. 

III. 

Al salir de la función: 
— ¿Qué tal es Las garras? 

— ¡Ah! 

— ¿Costólo que dicen? 

— ¡Bah! 

— ; Qué gente! 

— ¡Qué confusión! 
— ¡No vuelvo á estos apretones : 
me han roto las antiparras ! 
— Lo menos dará Las garras 
dos mil representaciones. 
—¿Y es buena? 

—No la he oido: 
está tan lejos el palco.... 
— Muchas luces, mucho talco, 



LA REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 

mucho bombo , mucho ruido. 
—Pero, el libro... 

— Ah , sí , es verdad. 

— ¿Es bueno? 

— De todo tiene: 
quien se ha portado es D. N. 
¡ vaya una suntuosidad ! 
— ¿Y el argumento, aturdido? 
— ¿Argumento? 

— Sí: deseo 

conocer.... 

— ¿Sabéis que creo 
que esta noche no ha salido ? 



IV. 

Si al éxito hay que adorar, 
adoremos á Ferrer 
y á su magia singular: 
que á todas supo eclipsar 
Las garras de Lucifer. 

Mas si el vulgar arrebato 
no os ha contagiado aun 
preferid, y es mas barato, 
obras sin tanto aparato 
y mas sentido común. 



MESA REVUELTA. 



Hé aquí un título que, natural y espontáneamen- 
te, surge del espectáculo de la mesa en que escribo, 
donde difícilmente lie podido tropezar con algunas 
cuartillas en blanco. El admirable y hasta cierto pun- 
to artístico desórden de los libros y papeles, antes con- 
vida á un arreglo que á emborronar papel; pero una y 
otra cosa pueden efectuarse simultáneamente, aunque 
se alboroten los economistas defensores de la división 
del trabajo. Todo desórden supone un mundo de re- 
cuerdos, porque trae á la imaginación la memoria 
de las épocas en que los objetos pudieron estar orde- 
nados. ' 

¿Cómo no recordar, por ejemplo , la pasada noche 
ele trabajo é insomnio en las seis puntas de cigarros 
del estanco, que en la negra ceniza comprueban mi 
valor y hasta el vigor de mis pulmones? 

¿Cómo no consagrar un recuerdo á lo caro que está 
el aceite mineral, examinando la mancha que quedó 
sobre los libros al llenar la lámpara una mano desdi- 
chada? 

La salvadera, invertida, determina el paso junto á 
ella del menor de mis hijos; el libro abierto , las últi- 
mas impresiones que produjo su lectura en mi ánimo; 
el otro volumen, cerrado todavía, una solicitud indi- 
recta de elogio en la prensa; finalmente, hasta la mo- 
neda falsa de veinte reales que tengo á la vista, me 



184 LA REPÚBLICA. DE LAS LETRAS. 

recuerda los tiempos en que tuve algunas de curso- 
legal. 

* 

Empecemos ordenando cartas. 

Sí; esta es de un desgraciado que tiene veinte mil 
duros en papel del Estado.... me pide dos pesetas para 
comprar pan. La siguiente es una invitación para asis- 
tir á la apertura de un colegio.... recuerdo que fui y 
tuve que escuchar un discurso de variaciones sobre el 
tema filosófico de el ser, el no ser y el venir d ser. La 
otra que sigue es de un desengañado de la política, 
que se ha dedicado á la farmacia, y ha hecho bien. 
Otra papeleta, también litografiada, me participa una 
desgracia.... la boda de un amigo. La que sigue tiene 
un filete negro, y denuncia la muerte de otro ami- 
go.... ¡oh! de este no dirían nada los periódicos.... el 
pobre no fundó sociedades de crédito, ni fué siquiera 
gobernador de provincia.... Ha muerto víctima de su 
suegra, bajo la forma patológica de una tifoidea. 

¿Y esto? ¡Ah! ya recuerdo; la poesía que me trajo 
un aprendiz de literato para que la colocase en cual- 
quiera de los periódicos en cuya redacción tomo par- 
te. Y no empieza mal: 

Cóncavo, rojo ruje el firmamento, 
penumbra negra rompe el horizonte; 
rutilante relámpago del monte, 
fragoroso, conmueve hasta el cimiento. 

Lo que sigue es mas flojo; pero la composición tie- 
ne cerca de mil versos. Le aconsejaré á su autor que 
escriba en prosa. 

Cuartillas manuscritas.... Probablemente se habrá 
perdido alguna, dejando el trabajo incompleto.... Es 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 185 

el artículo de fondo para pasado mañana; esto me re- 
cuerda que tengo que mandar un suelto á La Corres- 
pondencia, diciendo que mi periódico va á publicar un 
artículo al que se atribuye gran importancia. Es la úl- 
tima moda establecida por algunos diarios. 



Ordenemos los recortes de periódicos. De estos pri- 
meros no diré nada, pues sé que fueron multados por 
el gobernador de la provincia. ¡Pobres periodistas!... 
A fuerza de pagar multas, van á tener que ir á los 
Asilos del Pardo, cuya piadosa institución se debe á 
otro gobernador, al Sr. Moreno Benitez. ¡Qué coinci- 
dencia ! 

Este otro, por el tipo, debe ser de un periódico se- 
villano, y habla de un D. Francisco Moguer que ha 
inventado el medio de alarg-ar la vida, y ha presenta- 
do una Memoria á la Academia de Medicina de aque- 
lla ciudad. Desde que mi amigo Fernandez Bremon 
escribió su precioso juguete JSl elixir de la vida , des- 
confío de semejantes inventores, inclusos el doctor 
Garrido, y Brea y Moreno. Sin embargo, ahora que se 
trata de publicar un periódico titulado El Suicidio, no 
está demás que haya filántropos que pretendan alar- 
gar la existencia, ni mas ni menos que si fuera de 
goma elástica. 

Una tarjeta de la nueva tiple del Real, recomen- 
dándose á la prensa con este acto de cortesía. La cos- 
tumbre no me parece mal; pero creo que hubiera 
obrado mas prudentemente remitiendo otra tarjeta á 
cada uno de los concurrentes del Paraíso, únicos jue- 
ces inapelables en el teatro de la Plaza de Oriente. 



186 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

—¿Qué es esto? 

— ¡Ah! ya lo recuerdo.... Una carta de mi ilustre 
amigo A. de T. En ella contestaba á una pregunta 
mia referente á un original y útil trabajo del ya di- 
funto académico Sr. Cutanda. Tiene para mí tal en- 
canto todo lo que produce la pluma de mi amigo T., 
que he de leer nuevamente su epístola, fechada hace 
tres años: 

«Amigo mió: Me pide Vd. noticias de una publi- 
cación que tiene entendido se ha hecho en Madrid, no 
ha mucho tiempo, titulada M teatro de los ciegos , y 
tengo el sentimiento de andar á tientas en la contes- 
tación á su estimada y atenta carta. Lo único que sé 
es que el académico de la lengua D. Francisco Cu- 
tanda ha publicado, en la biblioteca titulada La fami- 
lia cristiana, una obra que lleva aquel título, y que, 
según he oido decir, tiene por objeto dar á conocer un 
descubrimiento que el señor académico ha hecho, 
consistente en un nuevo género de literatura dramá- 
tica, cuyas bellezas se aprecien con el entendimiento 
y no con los ojos, por lo cual hasta los topos que no 
los tienen, ó al menos de maldita la cosa les sirven, 
como aquellos de quienes habla la Biblia — tienen ojos 
y no ven, — pueden gozar de todos los encantos del 
teatro. 

Mis muchas ocupaciones no me han permitido exa- 
minar este curioso invento ; pero mas de una noche, 
en mis desvelos, me he dado de calabazadas en la 
cama tratando de adivinar qué será ó qué no será el 
descubrimiento del ilustre académico Teatro de los 
ciegos.... Este nombre se le puede dar con mucha pro- 
piedad á una buena parte del teatro español moder- 
no mas aplaudido, porque los que le han tolerado y 
toleran indudablemente están ciegos. ¿Cómo no lo han 



LA REPÚBLICA DK LAS LETRAS. 187 

de estar los que gustan, por ejemplo, de las zarzuelas 
bufas y de los excesos cancanescos de que viven una 
porción de teatrillos y de autores de tres al cuarto? 
¿Cómo no han de estar cieg-os los espectadores que 
aceptan esa literatura fiambre, que consiste en refun- 
diciones, retraducciones y repeticiones de una misma 
obra, mil veces vista y leida? ¿Cómo no han de estar 
cieg-os los aficionados á la música que no ven plagiar- 
se hasta á sí mismos á los mas eminentes maestros? 

Por lo demás, si el estudio del Sr. Cutanda satisfa- 
ce, como me aseg-uran, á los que no tienen ojos en la 
cara, y á los que los tienen en la cara y el entendi- 
miento, digfo que la Academia Española tiene suerte 
contando entre sus individuos al Sr. Cutanda, y que 
los que extrañaron su elección para aquel cuerpo lite- 
rario, empezarán á convencerse de que no supieron 
ver el mérito del autor de Doña Francisca y otras 
obras muy apreciables. 

Dios conserve á Vd. la vista y no teng-a que utili- 
zar el Teatro de los ciegos.» 

Tiene razón mi amig*o : El asunto es importante y 
merece estudiarse. ¡Lástima que haya muerto su 
ilustrado inventor ! 

Noticias de libros y cuadros nuevos: pasarán á au- 
mentar mi archivo. 

Una carta mia escrita hace dos años y que todavía 
no la he mandado al correo, por no quitar sus ilusio- 
nes al bueno de D. Lúeas Jiménez y Cid , maestro de 
escuela de Retamarejo. Recordaré , leyéndola, el efec- 
to que me produjo su drama: 

«Muy Sr. mió: He leido con el mas justificado inte- 
rés el drama que ha tenido Vd. la bondad de remitir- 
me para que se represente en alg-uno de los teatros de 
Madrid; pero antes de presentarlo, creo que seria muy 



188 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

conveniente que hiciera algunas modificaciones, que 
me voy á tomar la libertad de indicarle. El monólogo 
del barba podria reducirse muy bien á tres ó cuatro 
mil versos , pues para llegar á decir que se ha ena- 
morado de Felisa, no es necesario que nos manifieste 
los trabajos que le ocuparon en sus primeros años, ni 
la parte que tomó en la batalla de Otumba , por muy 
curioso que sea á los eruditos averiguar que fué él y 
no Hernán Cortés quien la ganó, según la vulgar 
creencia. El carácter de Felisa me parece poco acen- 
tuado, pues no se explica bien que, después de su 
enérgica exclamación 

....¡hombres.... para quemarlos! 

caiga en el mismo acto en la debilidad de decir : 

¡Maldición! ¡Maldición! ¡Sorbióme el seso 
la palabra traidora de mi Carlos! 

Por otra parte, ó es, como dice, 

....una paloma pasajera 

que en el nardo sutil bebe el rocío, 

ó debe ser en todo el drama 

la rencorosa, altiva y ronca fiera 
que asesinó á su padre y á su tio. 

Mas grave es, amigo D. Lúeas, que el galán, 
desesperado por los desdenes de Felisa, se marche en 
el primer acto á unirse á D.Pelayo, que ha levanta- 
do en Asturias la bandera de la patria , y que en el 
sétimo descargue los seis tiros de rewolver sobre el 
barba , pues esto es un anacronismo , que no disculpa 
la misma belleza de la agonía de la víctima cuando 
dice: 



LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 



189 



El sexto tiro que en mi sien retumba 

me da claro á entender que me aborreces... 

ya me marcho á la tumba ; 

desde su fondo rezará mil preces 

el vencedor de Jerges en Otumba. 

Existe además en su obra una dificultad insupera- 
ble. Acostumbrado el público á ver en una sola noche 
un drama entero , no creo que aceptaría la innovación 
de asistir durante una semana al teatro , si ha de se- 
guir todas las peripecias de la obra del poeta. Podria 
Vd. quitar quince ó veinte de los actos, y así quedaría 
mas admisible. No se obstine Vd. en ser el Wagner de 
los poetas dramáticos. 

Respecto á que el interés vaya decayendo , ese es 
defecto de poca monta , pues puede corregirse repre- 
sentándola en orden inverso ; esto es , empezando por 
el desenlace , lo cual le daria cierta novedad. Ya sabe 
Vd. que Bretón de los Herreros dijo algo de esto en 
Un tercero en discordia, al escribir: 

Échele Vd. un remiendo, 

los tres actos refundiendo 

y empezando por el último 

En una palabra, haga Vd. la obra de nuevo y mán- 
desela después á Vico , pues me consta que carece de 
obras de tan subida importancia como la que encierra 
El reto de los jigantes. De todas maneras, y si las 
intrigas de teatro imposibilitan su presentación al 
público, le queda á Vd. el recurso de representarla en 
su casa , delante de su amable esposa y de sus tiernos 
hijos, á quienes proporcionará muy buen rato.» 

Unos versos mios, leidos en la Fiesta del trabajo, 



190 LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

que se verificó en el suntuoso palacio de La Corres- 
pondencia. Y al decir leidos, solo me refiero á que lo 
fueron en un gabinete, ocupado por los fumadores, 
pues Santa Ana , que es tan modesto como afortunado, 
me suplicó que no le pusiera colorado en el salón. 

He de incluirlos en alguno de mis libros , sin que 
él lo sepa, tanto porque en ellos hago justicia al in- 
cansable periodista y al héroe del trabajo, como por 
si es tal su modestia que agiota la edición del libro, 
para no ponerse nuevamente colorado ante el público. 

Hé aquí los versos : 

AL SR. D. MANUEL MARÍA DE SANTA ANA. 

(En la fiesta de la paz y el trabajo.) 



Fuera en mí poco cumplido 
dejar sin contestación 
la galante invitación 
que anteayer me has remitido ; 
y á realizar tal deseo 
vengo, y la amistad me abona, 
á traer mi carta en persona.... 
porque le temo al correo. 
Yo, que no incienso al poder, 
que humilde y oscuro vivo, 
que para comer escribo 
y escribo, si he de comer; 
que en mi honrada independencia 
y al trabajo consagrado 
elogios no he tributado 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

al poder ni á la opulencia, 

en la fiesta de este dia 

llevar quiero el incensario.... 

yo, humilde foliculario, 

como no sé quién decia. 

Y á f é que no sin razón 

tu convite aquí nos trajo. 

¿Quién como tú en el trabajo 

funda su mejor blasón? 

¿Quién, nacido en pobre cuna, 

consig-uió por buena suerte 

sujetar con mano fuerte 

la rueda de la fortuna'? 

Yo, que estoy en el secreto 

de su laboriosa esencia, 

miro á La Correspo?idencia 

con cariñoso respeto, 

que en los miles ejemplares 

que por toda España vende 

el fueg-o bendito enciende 

en numerosos hog-ares. 

No sé si está bien escrita; 

sé que su intención es buena, 

y es productora colmena 

donde la honradez se agita. 

Si al saber esta función 

exclama la g-ente extraña : 

«¿Hay quien trabaje en España?» 

« ¡Qué enorme trasformacion !» 

Dig'amos envanecidos 

á la duda contestando : 

Si hemos vivido soñando 

hoy vivimos advertidos. 

Hemos lleg'ado á saber 



192 LA. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. 

que para lograr ventura , 
solo hay una fuente pura 
que nunca quisimos ver.... 
El trabajo : la ley santa 
que el cielo imponernos quiso ; 
lo que trueca en paraíso 
todo erial bajo la planta; 
lo. que la miseria ahuyenta; 
lo que la desdicha trunca; 
lo que no se agota nunca; 
lo que el bienestar aumenta ; 
lo que nos da libertad 
rompiendo nuestras cadenas ; 
lo que mitiga las penas 
y amengua la adversidad: 
el trabajo, del que en pos 
brota siempre un beneficio, 
¡la fuerza que rinde al vicio, 
y nos aproxima á Dios ! 

* 

Estos apuntes son ya viejos y carecen de objeto. 

La creación de una academia femenina en Paris.... 
la orquesta de profesoras de Viena....la llegada de 
una médica á Madrid acompañada de dos practicantes 
hembras.... la matrícula de varias señoritas en el Ins- 
tituto de segunda enseñanza de San Isidro.... la pu- 
blicación de treinta novelas y dos dramas , debidas á 
escritoras españolas.... 

De todas las anteriores noticias , la que mas me 
agrada es la de la Doctora americana. Yo comprendo 
que al ver á una mujer se ponga uno malo; pero no 
'que al ser visto por ella se ponga bueno. Sin embar- 
go, tal preocupación y antipatía me inspiran los mé- 



LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS- 193 

dicos , que no dudo que , en un caso dado , me acos- 
tumbraría á la innovación y me dejaria tomar el pul- 
so y examinar la lengua por una doctora de veinte á 
treinta , aunque al curarme el hígado me hiciera en- 
fermar del corazón. 

No sé el resultado que logrará en España la docto- 
ra ; pero creo que la galantería obligará á enfermar á 
cuantos la traten, siquiera para ser objeto de un reco- 
nocimiento profesional. Y esta es otra de las cosas en 
que las señoras mujeres se han propuesto anular al 
sexo feo, después de haberle quitado todas sus pren- 
das de vestir y casi todas sus costumbres sociales. 
Para lo que no se muestran muy dispuestas es para el 
servicio militar; ni el ejemplo de la Monja-alférez, ni 
el mas reciente de Agustina Zaragoza mueven su en- 
tusiasmo, ni sé de muchacha alguna que haya solici- 
tado entrar en suerte para el reemplazo del ejército. 
Es de esperar que la preponderancia femenina vaya 
en aumento y que á la vuelta de algunos años ten- 
gamos los hombres que reducirnos al punto de calce- 
ta y al crochet, mientras que nuestras esposas hablen 
en los tribunales , discutan á la cabecera del enfer- 
mo , enreden una testamentaría , monten una guar- 
dia, preparen unturas y cocimientos , disputen en las 
cámaras , hagan artículos de fondo , persigan á las 
malhechoras en los caminos ó alcancen triunfos aca- 
démicos. 

¿Es esta la misión de la mujer ? 

¿No logra mayores y mas legítimos triunfos en la- 
oscuridad modesta del hogar? 

No participo de la absurda opinión de la antigüe- 
dad , que suponía á la mujer un animal algo mas bo- 
nito que los otros; creo ridículo el dictámen, aunque 
su procedencia sea respetable , de ser discutible si la 



LA REPÚBLICA DE LAR LETRAS. 



13 



194 la. república de las letras. 

mujer tiene alma racional como el hombre, pues para 
mí basta la Divina figura de la Madre del Redentor 
para saber á qué atenerme. Amo y reverencio á la 
mujer que , como ha dicho el inolvidable Bretón con 
frase tan tierna como cáustica : 

De niños nos amamanta, 

De jóvenes nos adora 

Y de viejos nos aguanta. 

Creo que en el sublime momento de encarnarse el 
Hijo de Dios, la emancipación de la mujer quedó rea- 
lizada, sin que fuera preciso para ello creaciones 
de academias, libertades profesionales, discusiones 
de club, ni discursos incendiarios pronunciados en un 
meeting al aire libre. Para aquella emancipación no 
fueron ciertamente necesarios folletos subrepticios, 
conspiraciones armadas, ni barricas de petróleo; bastó 
la Divina voluntad, y fué realizada. 

En la figura de María se encuentran reunidos los 
dos caractéres que bastan para hacer respetable y dig- 
na á la mujer en la sociedad. Si nuestras compañeras 
durante la vida no pueden tener simultáneamente 
ambas condiciones, con una sola que logren, tienen 
adquiridos el respeto , el amor y la consideración del 
sexo cuyas atribuciones aspiran á suplantar. 

La virginidad y la maternidad solo en la Madre 
del Salvador pudieron encontrarse reunidas, pero aun 
separadas constituyen los timbres mas preciados de 
la mujer. 

* * 

Mas arreglada ya la mesa , examinaré los libros 
que esperan turno en mis revistas bibliográficas, á 



LA REPÚBLICA DE LA tí LETRAS. 195 

riesgo de que mi buen amigo D. Cayetano Rossell 
vuelva á preguntarme , con intencionada sonrisa: 

— ¿Pero se publican efectivamente tantos libros 
buenos , como dice Vd. en sus artículos? 



Para que una producción literaria obtenga en la 
actualidad el favor del público, necesita, en mi opi- 
nión, que sea muy buena ó que sea muy breve. Ya 
que mi libro no pueda tener la cualidad primera, debo 
hacer que no carezca de la segunda. 

Algo he indicado , lector benévolo y caritativo , en 
las páginas que acabas de recorrer , de lo que es hoy 
la república literaria ; pero más , mucho más he omi- 
tido de sus misterios, sus costumbres , sus penalidades 
y sus extravíos. La impaciencia por ofrecerte los cua- 
dros hechos, me ha impedido acabar otros que traigo 
entre manos ; pero todo se andará si la salud no me 
falta ó me desalienta tu desvío , que no lo espero. 

Humilde jornalero de las letras, me acojo á tu 
bondad, esperando que compres el librejo que te ofrez- 
co. Tristísimo seria para mí que te hicieras el sordo á 



198 

mi llamamiento y que llegara á realizarse la capri- 
chosa invención con que un artista me ha obsequiado, 
para que sirva de remate á las festivas páginas de mi 
República de las letras. 




INDICE. 



Págra. 



Introducción v 

El primer periódico 7 

La tertulia de la librería 17 

Un poeta 24 

Poetas de circunstancias , 29 

¡Pobres poetas! 34 

Talleres literarios. . , 38 

La propiedad es un robo 48 

Una sesión académica 52 

El redactor universal.. 57 

Periodistas de pega 62 

Hinchar á un hombre 67 

Espíritu de la prensa 72 

Código de un maldiciente 76 

Recuerdos periodísticos 85 

Los sabios 95 

Los demoledores 101 

La asociación de escritores 106 

Gazapatón literario 112 

Las dos noblezas sangrientas 120 

Tapas y medias suelas 131 

Plan de un drama 136 

Apuntes teatrales 143 

I. — Los autores 143 

II. — Los actores. 150 

III. — Tarjetas americanas 153 

IV. — El público 170 

Dolora dramática 178 

Mesa revuelta 183 

Conclusión 197 



Véndese esta obra ai precio de 8 rs. en las 
principales librerías y en casa del Autor, Ave- 
María, 37-39, principal. • 

Del mismo : 

Moral infantil. Páginas en verso, 8 rs. 
Novísimo diccionario festivo. (Segunda edición.) 
6 reales. 

Viaje crítico alrededor de la Puerta del Sol. (> rs. 
Bocetos y borrones políticos y literarios. 4 rs. 
Carlas á un niño sobre la Economía política. 4 rs.